Mi primer rececho en la Mariña lucense

353 - Rececho Corzo (1)Siempre que me enfrento a escribir sobre las sensaciones de mis jornadas de caza, temo no poder expresar con palabras todo lo que he sentido y vivido. No es fácil transmitir sentimientos ni transportar a las mentes lectoras las vivencias propias, son sólo algunos los privilegiados capaces de hacerlo, lo que me resulta siempre admirable y motivo de sana envidia.

De todas formas, intentaré, al menos, ofrecer unas pinceladas de este mi primer rececho en la Mariña lucense. Debo hacerlo, me siento obligada a ello, entre otras cosas porque se lo debo a este bosque brumoso del norte que tantas satisfacciones me ha prodigado.

Mediado el mes de julio viajamos a Ribadeo, mi marido y yo, donde me disponía a recechar un corzo. Llegamos a media tarde y fuimos recibidos por nuestro buen amigo Luis, presidente del Coto Faisán, que sería también mi guía en esta nueva aventura. Por supuesto que yo no podía ocultar la euforia contenida y toda la ilusión que me embargaba, soñaba con mi corzo, llevaba días haciéndolo.

La climatología impropia de esas fechas no estaba de mi parte y el celo se estaba retrasando más de lo habitual, pues hacía más de quince días que no aparecía sol en la costa del norte de Lugo.

353 - Rececho Corzo (4)Esa misma tarde, en las  horas previas al anochecer, ya fuimos a visitar el bosque y los prados, buscando a mi ansiado duende. Otra vez en el bosque, atrapada y liberada entre sus aromas, el lugar donde no me preocupo de pensar y sólo me ocupo de sentir.

Recorrimos varios lugares, varios prados rodeados de altos eucaliptos, que sabían de las querencias de nuestros corzos. Porque los llegas a sentir tuyos, de alguna manera forman parte de ti mismo, y esto se evidenciaba en la forma en que Luis hablaba de ellos con emoción, mientras nos desplazábamos en su coche de un lugar a otro: los visitaba a diario, los observaba en la distancia, los descubría, conocía bien sus habilidades, sus hábitos, se sorprendía también de sus caprichos y de sus cambios…

Emoción contenida e infructuosa, el tiempo pasaba, Luis no podía ocultar su frustración, ¡no daban la cara!, y no era lo habitual, era como si me presintiesen.

Casi al final de la tarde llegamos a un pequeño valle sembrado de maíz forrajero que tenía una altura que me llegaba a la rodilla, bordeado a un lado por un camino próximo a un eucaliptal y por un río. Me adentré en silencio en el bosque, seguida de mi guía. A veces me volvía a mirarle para seguir sus indicaciones. Todo estaba embarrado, lleno de agua que el suelo no había podido absorber debido a las abundantes lluvias de los últimos días. Luis Jartín se paraba de vez en cuando, se cruzaba de brazos, en una actitud que pareciese que orase… Simplemente, escuchábamos, los dos lo hacíamos, dejábamos que el bosque se adentrase en nosotros. Y es, entonces, cuando la sensación regresa y mis sentidos aletargados parecen despertarse. Recupero instintos que desconocía, me reconozco viva, allí entre la maleza, en el bosque, tan sola y tan acompañada, inmersa en un silencio que no lo es, inmersa en los aromas y en los vientos, donde todo me envuelve y me libera.

353 - Rececho Corzo (2)Regresé al camino, tuve un palpito, un impulso, una premonición que me asaltó impetuosa, dirigí la vista hacia el prado y…¡allí estaba! Al otro lado, en uno de los márgenes, apenas una sombra y una pequeña cabeza saliendo con las últimas luces a ramonear los brotes tiernos de las zarzas. Mi marido ya llevaba unos instantes observándole y me hizo una seña para que me acercase. Parapetados tras un árbol me dispuse a encarar el rifle, un monotiro Blaser, y apuntar, pero no apreciaba bien la cuerna y dudé, apenas un instante, lo suficiente para que mi corzo se ocultase de nuevo en la maleza.

Rodeé a contraviento todo el prado, casi en cuclillas, músculos en tensión, el corazón exaltado retumbaba en mi garganta, tanto que incluso temía que el corzo lo escuchase. Estaba allí, nos sentíamos mutuamente… Como fondo, las últimas luces y sus reflejos, el crepitar del agua, la suave brisa. Me fui acercando lentamente al lugar donde lo había avistado, vi sus huellas frescas en la tierra, los brotes mordisqueados delicadamente… Cada vez más cerca…

La corza me venteó, debía de estar entre el maíz, no la vi, pero escuché su precipitada huida apenas inaudible. Volví sobre mis pasos, dando por rematada la jornada, quedaba muy poco para que atardeciese. Y, entonces, cuando estaba a punto de alcanzar el camino de tierra, justo con la aparición de la luz de la luna reflejada en el prado… fue cuando le oí, escuché a mi duende, impetuoso, magnífico. Un ladrido que retumbó en todo el monte, un sonido grave y fuerte que reverberaba y me hizo estremecer… La llamaba, llamaba a su corza, una y otra vez, se declaraba el rey de aquellos lares. Sentí la vida, la plenitud, la sangre de aquel duende enamorado. Y se fue tras ella, libre…

353 - Rececho Corzo (3)Y yo sentí su libertad como la mía propia. No pude abatirle esa vez, el bosque no me permitió arrebatarle una vida, tributo que la naturaleza debe rendir en pos de su equilibrio, por y para la vida misma, respetándose así las leyes cíclicas del Universo, donde todo vuelve a ser, donde todo se reinicia… Puede que esa sea la repuesta sobre nuestra inmortalidad y la suya, puede…

Con mi agradecimiento a mi buen amigo Luis Jartín y sus compañeros del Coto Faisán, de Ribadeo.

Por María Ángeles Marcos Alonso.

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