El hijo de Belcebú

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El niño no es tan niño. Lo que pasa es que se ha quedado chiquinino de lo malo que es. Está a punto de rondar la pubertad y tiene más maldades en sus treinta y cinco kilos que un demonio viejo con rabo acabado en punta de flecha.

Huele a leña mojada y escarcha. Hace un día de sol, aunque con un poco de aire. Hace un día de montería. El chaval, de ojos azules y cara angelical, deja adivinar algunas pecas que le dan aún más cara de cabrón. Viene vestido como un principito, con sus briches, con los pompones, con la austriaca de botones de asta de ciervo, la corbata elástica… El niño anda como un Cristo con dos pistolas, pero su madre le ha disfrazado para la ocasión y no le ha quedado otra que cerrar el pico y aguantar los pellizcos en los mofletes mientras todo el mundo el coge de la carita mientras suspira: «¡Qué rico el nene!».

El niño es un hijo de Satanás. No tiene una idea buena. Pero tiene afición, de eso no hay duda. Le han dejado una escopetilla del 20 para que ocupe un portillo. Qué nervios, ni se le ocurre hacer una de las suyas, tan sólo quiere asir el metálico tacto de su paralela y dejarse llevar. Es un cabrón, hasta él mismo lo reconoce, pero es aficionado al campo. Le colocan en una gatera orilla del collado de Valtriguero amparado por unos peñones. Su secretario es un viejo mellado de pocas palabras y que viene apestando a vino. El muchacho, al dirigirse junto al octogenario camino de su puesto, le suelta: «¡Abuelo, cómo trabajamos los bares! ¿Eh?». Y el vejete, como no comprendía que el señorito de rizos rubios fuera tan mamón desde tan pequeñajo, ni siquiera contestaba a sus impertinencias.

Viene una carrera trotona al alambre. El muchacho se prepara. Rompe un cochino peludo y negro con las crines erizadas. Lo deja acercarse a la gatera que previamente han tapado con un peñasco. El marrano descubre la emboscada y pega el tornillazo. El jovencito corre la mano recordando sus tiradas de conejos en las orillas del Guadiana y aprieta el gatillo. Todo queda envuelto en unos instantes de confusión. Al poco, un perro ladra de parao y se entabla una batalla bestial a pocos metros del puesto. El vástago de Lucifer quiere rematar el guarro pero su secretario le sujeta y le tranquiliza diciendo que el perrero es su yerno y que acudirá a encargarse de todo.

En la junta todos rodeaban al marrano. El muchacho no entendía por qué nadie le creía y odiaba a su secretario que, en complicidad con su pariente, defendía que el cochino no tenía ni tiro ni nada, ya que lo que el muchachín había disparado no era otra cosa que una gorrina pendeja. El guarro lo han apresado los perros del Caqui y estaba limpio de polvo y paja. De hecho, ha degollado a un podenco campanero y pinchado dos más. El niño estaba mascando un cabreo de colores y hasta pataleaba jurando la posesión de su trofeo. Pero, ¿quién iba a pensar que ese marrano de anchas y oscuras bases era de un mico de pocos años y una rabieta monumental?

El abuelete consiguió doblarse una botella de anís junto con su yerno mientras eran adulados por todos los currantes de la jornada. Finalmente, cogieron el camión de los perros para volverse juntos al pueblo. Pese a que no le había renovado el seguro y que la matrícula se había caído no hicieron por coger el carril que lleva derecho a las traseras del polideportivo, ya que tiene muchos baches. Total, si cogen la carretera no existía mucho trecho. Era aún de día y con la cabeza del marrano en la cabina se dirigieron camino adelante para empalmar con la comarcal que les llevaba al calor del hogar… Iban bebidos y jactándose del engaño con el que habían arrebatado la legítima posesión de un buen verraco a un niñato de pompones y chaqueta de lana. De pronto, un control de la Guardia Civil. Llega el sargento, recién salido de la academia, patilla fina, pelo corto y más chulo que un quinto en las fiestas de su pueblo:

—Buenas tardes. Quiero papeles del camión, documento sanitario de los perros, certificado de microchipado, carné para vehículos de más de 3.500 kg, documento para transportar animales vivos, seguro, certificado veterinario de traslado de trofeos de caza… Y, todo ello, previamente supere el control de alcoholemia…

Ante la cara de suspense de los aludidos, el guardia agota su infinita paciencia, aprendida y trabajada en los muchos meses de instrucción, y resoplando, ante la mala leche que infunde la sola vestimenta del tricornio, les espeta: «Bajen del vehículo en este momento y cojan todos los papeles que tengan».

Entonces, sucedió: el niño cabrón, renegado por la injusticia, vio cómo se aproximaban a un control de la benemérita en el que sus ‘amigos’ habían sido detenidos. Su padre aminoró la velocidad mientras se disponía a adelantar. Lo hizo despacio. El chaval sacó casi todo el cuerpo por la ventanilla, mientras el sol otoñal bañaba su rostro y el aire cierzo meneaban su flequillo. Cuando estaba pasando delante de ellos les miró con una mueca que imitaba una sonrisa, estiró los brazos, giró los pulgares de sus manos hacia sus ingles y, tras un esfuerzo rápido y fugaz que se transmitió a la vez en su cara, empujó la pelvis contra los puños en un golpe frío y seco…

El coche se alejó mientras en su interior el hijo de Belcebú seguía arrancando los brazos de la Nancy de su hermana, recordando satisfecho la cara de angustia, cabreo y resignación de dos hombres que, horas antes, se pusieron de acuerdo para enterrar la verdad sobre las afiladas navajas de un cochino allá por las sierras de Dios… CyS

Por Lolo de Juan

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