El rincón de Polvorilla: ‘La cuenta pendiente’

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Ladra el Gafas a parao. Y cuando el Gafas canta no hay duda de que está señalando a uno de cerdas canas. El Gafas tiene imán para los verracos. O los verracos tienen tendencia por él. El caso es que orilla del cortadero, a diez o doce metros, lo cantó. Al momento se hizo silencio de cencerras y jadeos. Unos envelan, otros de orejas arregladas sólo miran, pero todos señalan el lugar del encuentro. Se suman Lunares, Pirata, Temerosa y Gitano. A mi lado está el baviera Polvorilla, loco como un suicida, más valiente que la muerte, más fiel que el mejor de los perros de caza.

Allí que me voy acercando. El baviera ha desaparecido en el monte y hay una jarana de órdago. Lo menos una docena de perros, algunos de peso, pero no se atreven a meterle las uñas al intruso. Un perrero me advierte que el cochino se viene como un miura, y observa el espectáculo desde la seguridad de las cruces de un chaparro. Al lado del lío se ve una torreta que espera que el cochino rompa al cortadero y me incita a entrar a matar o morir. Animo con todas mis ganas. Los perros se crecen. Animo más. Más se crecen. El cochino pega arreones pero siguen sin echarle el diente. No hay manera. Llegan dos perreros más, más ayuda, pero la misma suerte. Pero qué tendrá ese cochino que mis canes no son capaces de atraparlo. El mismísimo lucifer habitaba en sus quijadas ¡Vamos Manué! -Me dice una voz desde el chaparro- a ese hay que entrarle con un capote.

Se acabó el cuento y el baile. Pesco el cuchillo, me arrimo en silencio mientras el perrero anima. Veo las costillas de un cochino de cien kilos, erizado, con la cabeza agachada y quieta, con la boca semiabierta jadeando y serio. Sabe que si juega bien sus cartas puede tener una oportunidad de escapar. Y yo sé que sólo tendré otra de partirle el alma. Al acercarme los perros se crecen. Al acercarme el Gafas y el Sultán saben que no haré el manso. Me arrimo más, a cuatro metros. El Gafas se lanza a una oreja, lo entalla, Sultán hace lo propio, el cochino se centra en ellos ¡¡Ahora!! Me lanzo a la muerte, el cochino se suelta, me tropiezo con una rama de brezo que me hace caer sobre el animal, el verraco da un cabezazo a los aires golpeándome la frente, caigo al suelo a merced de ese demonio poseído por todos los de su casta, intento vanamente atravesarle unos escudos blindados, se gira gruñendo buscando al más débil de todos sus enemigos.
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Saltó el Polvorilla sobre mí, soportando la acometida, me abracé al cochino con toda mi alma, como el boxeador que espera la campana, rezando que los perros le echaran las uñas, porque estaba pasando un apuro de mayúsculas. Su pestilente respiración me llenó los pulmones, sus bufidos me conmocionaron pues sabía que el bicho iba con las mismas intenciones que un servidor, y ahora él tenía dos cuchillos y yo sólo unos brazos con los que aguantar. Me arrastró unos metros, tronchando jaras y aulagas, me arañé la cara, los ojos y el orgullo. Dejó en su huída una estela de perros y de triunfo. Conmocionado por lo apurado del lance me examiné por si tenía algún corte de importancia.
Sólo uno muy profundo en el alma, en la hombría,y en la astucia.

Solté todos los bramidos del mundo, mentando a los cielos a sus habitantes y sus directores, salí corriendo vereda abajo conmocionado, suplicando otra oportunidad de batalla.


Cuando llegué todo era un drama: el escenario era un frío regato lleno de monte arrasado, perros reventados por una batalla sin éxito. Y mi fiel baviera con las tripas en la calle. Hundido. Perdido. Soportó mi acometida, acosó al vencedor de su dueño e intentó inútilmente vengarme. Lo arropé con la chaqueta mientras gritaba a Javi que trajera el botiquín de urgencia. Allí mismo le hicimos las primeras curas.
Se pone el sol un día más en las tierras bravías de Extremadura y La Mancha. Sigue corriendo por el monte, belloteando, cortando rastros en las cuerdas y bufando. Junto a los escudos tiene una marca de un acero que no tuvo la maestría de atravesarle y arrebatarle su salvajismo. Pero juro ante Dios que nos volveremos a ver. Y le rezo todos los días para que nos vuelva a encontrar en el mismo escenario, con mi fiel Baviera al lado, para saldar una cuenta que queda más que pendiente
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 M.J. “Polvorilla”

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