‘La última suelta’, por Manuel de Juan

Puede ser una o ninguna. La primera de todas o la última de las existentes. No puedo con los delantales, me piso el cabestro. No soporto el dolor de cabeza. Estoy agotado. Ni sé ni quiero saber…

Dos envites me ha costado meter el pie en el estribo. Dos más abrigar al caballo con las piernas. Hasta me he sentido torpe al asir las crines, colocar el cuchillo de remate y ordenar las riendas… No es que esté perdiendo facultades… Me convenzo de que nunca las tuve.

Tengo que echar el discurso. Ya no quiero que me oigan ni que me entiendan. Mucho menos que me respeten. Las llagas me abarcan la garganta, el corazón desgajado. No encuentro opciones en el sinsentido que ahora mismo voy a desordenar.

Llego al patio donde Talibán espera paciente a sentir el tacto de la espuela y del castigo. No vacila ni se enfrenta, sabe que vamos a un tema serio donde los manseos se pagan a espolazo de ijares la ración…

Con poca energía –aunque bien disimulada– arribo a los pies de Jorge, mi hermano, que ha colocado todas las rehalas para dar suelta a las mismas en cuanto se disponga. No puede evitar sus nervios, pero se serena sabiendo que su sonrisa es mi sosiego. Saca una botella de vino, no sé si bueno o barato, pero era lo mejor que tenía a mano. Es la última de esta temporada donde sólo los dos sabemos lo que se pena en la trastienda de una gran montería. Descorcha el vidrio, echa un trago, me la tiende y espeta:

–Da la orden, que es la última…

Mis amplias miserias me agolpaban el pecho, los perros de febrero estallan en los camiones dispuestos a devorar un avión al despegue. La sierra estaba más hermosa que todas las sierras hermosas del mundo… volví la mirada a mi amigo Jorge, heredero de las dos recovas que ahora mismo iban a comerse a bocados el infierno de jaras y piedras en el que íbamos a echar los restos. Un buche más, un rezo más y un recuerdo perpetuo al dueño y señor de aquella jauría que estaba viendo la suelta desde la atalaya más alta del cielo…

Jorge no dijo nada, sonrió y me tendió la emisora…

Todos estaban listos. Solté la orden con más emoción de lo corriente:

–Señores, vamos a por la última. Esta va por don Rafael García-Morales… ¡¡Perros al monte!!

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