Apuntes sobre biología y gestión cinegética de nuestro corzo

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Por Gabinete de Peritación Veterinaria Albéitares

Se ha escrito mucho de nuestro corzo, en especial al tratarse de la especie de caza mayor que mayor incremento ha desarrollado en los últimos años, que sin duda viene determinado por dos aspectos muy importantes. En primer lugar, por el aumento de la superficie de monte y zonas rurales abandonadas en la producción tradicional, siendo colonizadas ambas por los bosques y sus pobladores, y en segundo lugar por el desarrollo de la cinegética como actividad de ocio y, por tanto, generadora de producción.

Adaptación al hábitat y sus condicionantes
Una de las características más sorprendentes del corzo es su alta capacidad adaptativa, que le permite conquistar nuevos espacios. La dispersión hace que el proceso evolutivo genere variedades que con el tiempo desencadenan nuevas características o modificaciones de éstas en una especie. Así, tenemos el caso del corzo situado en latitudes del sur, el denominado corzo morisco, con su menor tamaño y adaptado a los bosques mediterráneos, mientras que su hermano adaptado a las montañas cantábricas y gallegas, deseado por las cuadrillas norteñas, exhibe un mayor volumen y peso.

Inicialmente esta especie de rumiantes desarrolla su centro de vitalidad en las horas crepusculares, pero una vez más su evolutiva le lleva a desarrollar actividades diurnas en aquéllas zonas donde hay escasa presión humana. Esto, unido a sus necesidades de suministro alimenticio, hace que los corzos estén activos en horas donde el experimentado recechista no esperaría encontrar un ejemplar.

¿Cuántos corzos tengo en mi coto?
De todos es sabido su comportamiento territorial y especialmente reseñable su actitud solitaria y escasamente gregaria, a diferencia de la mayor parte de las especies de rumiantes y especialmente de los ungulados; baste recordar la imagen de las pelotas de venados, gamos o muflones. Una de las preguntas y tareas que a menudo nos solicitan a los profesionales es poder calcular la densidad de corzos en nuestro coto, una difícil tarea y aun de mayor complejidad a la hora de dar una respuesta que, sin duda, es generadora de ilusiones venatorias.

Existen muchos trabajos técnicos acerca de la densidad de corzos en los espacios, y a modo de resumen muy genérico podíamos establecer, que en los montes cantábricos la densidad estaría entre 30-35 individuos/100 ha, mientras que en los bosques caduciformes de la meseta central estaríamos en torno a los 15/100 ha, y por lo que respecta a los pinares sureños estaríamos en cifras no superiores a los diez ejemplares por cada 100 hectáreas. No obstante, estos son datos muy genéricos y en nada extrapolables para cada coto, dado que cada espacio tiene sus propias características que pueden variar en gran medida estos datos generales.

Sin duda la principal característica fisiológica que presenta el duende del bosque es su diapausa embrionaria, la cual consiste en que tras el celo y la monta allá en el mes de agosto, y tras la fecundación, el embrión paraliza su crecimiento para entrar en una especie de letargo que alarga el plazo gestacional para lograr que el alumbramiento sea coincidente con la generosa primavera. La media de nacimientos es de dos corcinos, aunque están descritos partos triples.

La importancia de una correcta gestión
Esta circunstancia hace que sea una especie eficaz en el crecimiento y persistencia en una zona cinegética, pero este hecho debe ser sopesado especialmente a la hora de la gestión de su caza.

Hay que tener presentes los riesgos de una gestión orientada al trofeo, ya que ésta lleva a la eliminación de machos excelentes en los periodos inicialmente previos a la monta, lo que provoca que la existencia de individuos selectivos persista y que trasmitan su genética. Por ello la gestión de la especie ha de hacerse en fases de persistencia, seleccionando y preservando los machos mejoradores e iniciar la extracción en primer lugar de los individuos ‘defectuosos’, en segundo término de los representativos, para en último lugar favorecer la eliminación de los machos seleccionados como reproductores, de manera que favorezcamos la trasmisión de una línea genética que ha de haber sido evaluada y en cierta forma contrastada.

Para finalizar, auguramos un próspero futuro, que depende de nuestra responsabilidad como cazadores y especialmente de nuestro papel como gestores. La oportunidad está presente y por ello este futuro esperanzador está, una vez más, en nuestras manos.

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