
¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!

Por Andrés Zorita Calvo / Cirujano vascular
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Quienes peinamos canas y conocemos la medicina de antes recordamos bien el verdadero saturnismo industrial. Lo vimos en los talleres de prensa y en las linotipias de antaño, donde los operarios respiraban el plomo fundido y volátil en espacios cerrados y turnos interminables. Pero la hipérbole regulatoria de la Comisión Europea olvida un detalle aún más cotidiano y universal de aquella época: el del lector habitual de periódicos de papel que se chupaba el dedo una y otra vez para pasar página, ingiriendo de forma directa trazas de las tintas ricas en metales pesados de los años setenta y ochenta.
Si aplicáramos el integrismo del «principio de precaución» con el que Bruselas acaba de ratificar la prohibición del plomo en la cartuchería de escopeta, media España tendría que estar hoy diagnosticada de intoxicación crónica. No ocurrió entonces con una exposición diaria y digital –literalmente, en la yema de los dedos– y no ocurre hoy por consumir de forma estacional carne de caza silvestre, perfectamente limpia y eviscerada. Confundir la toxicología industrial de una fábrica del siglo XIX con el impacto de un perdigón sólido, frío e insoluble depositado en un rastrojo al aire libre no es ciencia: es agenda política vestida de laboratorio.
Los malabarismos de la ECHA: la física balística frente al dogma
Nadie con dos dedos de frente o con un mínimo de rigor científico puede negar a estas alturas la toxicidad real del plomo. Su impacto por vía digestiva está de sobra demostrado en la literatura veterinaria, especialmente en las aves de humedales que ingieren los perdigones confundiéndolos con la arena o las piedras (grit) que necesitan para su molleja, o en las aves depredadoras y carroñeras que absorben el metal al consumir piezas heridas o restos que contienen plomo; un impacto que se mitiga cumpliendo con la estricta ética del cazador de verdad, cuya norma sagrada jamás ha sido dejar animales abatidos en el campo.
Allí, la trituración mecánica extrema de su sistema digestivo y unos ácidos gástricos salvajes (con un pH de entre 1 y 2) pulverizan el metal, formando sales de plomo que el intestino absorbe de forma masiva, provocando un saturnismo fulminante.
«¿Cómo sostiene la ECHA que el plomo susceptible de microfragmentarse en el rifle es tolerable por razones sanitarias, mientras persigue penalizar el perdigón sólido de escopeta que apenas sufre fragmentación y es fácilmente extraíble?»
El ser humano, sin embargo, juega en otra liga fisiológica: carecemos de molleja trituradora y nuestros jugos gástricos son mecánicamente débiles; si un comensal traga por accidente un perdigón entero de escopeta, este no se disuelve significativamente y se expulsa intacto por las heces sin llegar a liberar sales en sangre.
Donde las agencias de seguridad alimentaria europeas (como la EFSA) sí han destapado un peligro real para la salud humana no es en la escopeta, sino en la munición de rifle (caza mayor). Un proyectil de rifle impacta a velocidades brutales (800-1000 m/s), sufriendo un proceso de cavitación e hidrodinámica extrema al chocar contra las estructuras óseas del animal.
El plomo blando estalla en una nube de miles de microfragmentos microscópicos e invisibles que viajan a varios centímetros del canal de la herida, alojándose profundamente en los tejidos limpios. Al cocinar esa carne con ingredientes ácidos –como el vino o el vinagre del escabeche tradicional–, ese polvo microscópico sí se disuelve con extrema facilidad y es absorbido por nuestro organismo.
Y aquí es donde el andamiaje de la ECHA (Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas) y el Comité REACH se desmorona por su propia hipocresía política. Tras años de fundamentalismo burocrático asegurando que el plomo metálico representaba una emergencia sanitaria inasumible para las personas, la ECHA ha terminado firmando una asombrosa contradicción regulatoria: dejar las balas de caza mayor totalmente fuera de la prohibición.
Hemos empezado la casa por el tejado: se protegió antes a los patos de los humedales que la salud de las personas que comen carne de montería.
¿Cómo sostiene la ECHA que el plomo susceptible de microfragmentarse en el rifle es tolerable por razones sanitarias, mientras persigue penalizar el perdigón sólido de escopeta que apenas sufre fragmentación y es fácilmente extraíble? Es una incongruencia médica flagrante que desprovee a la norma de cualquier rigor epidemiológico.
El entreguismo institucional: un abogado defensor que trabaja para el fiscal
Es en este escenario de contrasentidos donde la capacidad de defensa de nuestros propios representantes institucionales queda retratada de forma desconcertante. Recientemente, el presidente de la FACE (Federación Europea para la Caza y la Conservación), Laurens Hoedemaker, ha protagonizado una llamativa intervención mediática.
Basta leer sus declaraciones para intuir un formato de autoentrevista precocinada; un cómodo simulacro donde él mismo parece servirse las preguntas para justificar lo injustificable. Lo que se trasluce ahí no es una batalla dialéctica para exigir que las cosas se hagan bien, sino una claudicación ideológica en toda regla.
Lo que un condenado a muerte espera de su abogado defensor es que se exprima los sesos, que agote hasta el último resquicio legal, que explote las contradicciones del tribunal y que obligue al fiscal a aportar pruebas irrefutables antes de dictar sentencia. Lo que jamás puede hacer un defensor es dar por buenos los hechos de la acusación que precisamente hay que probar en el juicio.
«Las balas de caza mayor no se han salvado por los desvelos de la FACE, sino por el pánico de los Estados miembros de la OTAN a desestabilizar sus arsenales en un escenario internacional fuertemente militarizado»
Y eso es lo que el mundo de la caza le echa en cara a su «abogado» Hoedemaker: que comparezca ante los suyos con el pecho henchido, pretendiendo demostrar que ha hecho un trabajo excelente al aceptar un acuerdo con la Fiscalía que da por buena la culpabilidad del reo. Cuando el letrado se alía con el fiscal de la causa, la escena inevitablemente recuerda al genial chiste de Gila: aquel donde el tipo dudaba si meterse o no en la pelea y acababa presumiendo de que «vaya paliza que le dimos entre los dos» al pobre agredido. Así nos han dejado a los cazadores.
Hoedemaker se atribuye el «éxito» de haber salvado las balas de rifle de forma temporal. Atribuirse esa supuesta victoria es de una alarmante ingenuidad o un burdo engaño que, en la práctica, equivale a decapitar al propio acusado. Al vender esto como un logro propio, entrega al fiscal la mejor prueba de cargo que el mundo de la caza tenía a su favor.
La realidad es que estamos ante un «error forzado» por la geopolítica: la solución técnica para que los rifles no contaminen ni en la caza ni en las guerras existe en el laboratorio mediante el cobre y el latón, pero topa con que no hay cobre suficiente en el planeta para abastecer simultáneamente la transición energética civil y la fabricación de munición a escala global.
Las balas de caza mayor no se han salvado por los desvelos de la FACE, sino por el pánico de los Estados miembros de la OTAN a desestabilizar sus arsenales en un escenario internacional fuertemente militarizado. Mientras la seguridad nacional dependa de reponer los almacenes al menor coste, los ejércitos mantendrán el plomo legal, dejando la transición ecológica exclusivamente para el apaleado sector civil. Al callar esto, la FACE destruye la incongruencia médica flagrante del tribunal (que permite la bala que se microfragmenta y prohíbe el perdigón sólido), desactivando la herramienta jurídica más potente para tumbar la norma completa.
El ambiente militar juega en otra liga regulatoria. Los severos controles a la exportación impuestos por China sobre metales críticos y de uso dual como el antimonio han provocado que su coste se incremente cerca de un 200 %, desabasteciendo el mercado civil junto a la escasez de nitrocelulosa para la pólvora.
Bruselas no ha prohibido las balas porque el plomo es una materia prima de seguridad nacional insustituible; pero, en paralelo, sacrifica el perdigón de la caza menor popular en el sur de Europa mediante una exención cosmética diseñada puramente para acallar el motín de las regiones mediterráneas.
«¿Qué armero con dos dedos de frente en nuestro país va a horadar y manipular cañones antiguos alterando los espesores de acero, sin garantías mecánicas y sin pasar el BOPE, arriesgándose a una tragedia?»
Al aplaudir esa exención parcial como un logro propio, la FACE valida el fondo de una norma sin pies ni cabeza. Ante el drama del parque armero histórico, la respuesta de Hoedemaker evidencia una llamativa falta de empatía técnica e ignorancia de la España rural.
Afirma con ligereza que la solución para las escopetas antiguas es simplemente «agrandar los choques». Cabe preguntarse: ¿qué armero con dos dedos de frente en nuestro país va a horadar y manipular cañones antiguos alterando los espesores de acero, sin garantías mecánicas y sin pasar el BOPE (Banco Oficial de Pruebas de Éibar), arriesgándose a una tragedia y a una demanda penal?
Pretender que se disparen cartuchos de alta presión con materiales alternativos ultraduros en cañones modificados artesanalmente es una temeridad. Nadie en España en su sano juicio va a apretar el gatillo de una escopeta vieja un día de media veda en pleno agosto, con el metal fatigado bajo el sol a 40 grados a la sombra. La dilatación térmica extrema y las sobrepresiones convertirían el arma en una bomba de relojería en la cara del cazador.
Pero a Hoedemaker le da igual: su dócil receta para el cazador rural es que revise sus choques y que, si tiene dudas sobre su arma antigua, directamente «la descarte». Mandar al desguace el patrimonio emocional y económico de miles de familias es la receta de quien cobra por defendernos. Definitivamente, tenemos que cambiar de abogado.
Del motor a la cartuchería: la gran falacia de las alternativas
Los cazadores no estamos cerrados al progreso científico ni negamos la mayor sobre el impacto ambiental del plomo. Somos plenamente conscientes del problema del plomo y, como todo el mundo, queremos que las cosas se hagan bien.
Vivimos rodeados de contradicciones tecnológicas inevitables: los plásticos generan microplásticos, pero sostienen la medicina moderna; los combustibles fósiles alteran el clima, pero han impulsado el desarrollo. La humanidad progresa equilibrando el riesgo, el beneficio y la necesidad técnica. Si el plomo debe irse retirando por evolución y seguridad, que se empiece la transición de forma contundente por donde el riesgo es masivo, continuo y diario: las baterías industriales, las aleaciones de soldadores o la fontanería antigua.
Lo que no es de recibo es obligar por decreto ley a una sustitución exprés en la cartuchería sin tener soluciones contrastadas que no causen problemas a la salud ni destrozos peores al medio ambiente. Europa se está ahogando en su propia hiperregulación repitiendo exactamente el mismo fiasco político del automóvil eléctrico.
«Lo que no es de recibo es obligar por decreto ley a una sustitución exprés en la cartuchería sin tener soluciones contrastadas que no causen problemas a la salud ni destrozos peores al medio ambiente»
En lugar de organizar una transición lógica –empezando por exigir coches de combustión ligeros de 500 kg y eléctricos acotados estrictamente a las ciudades hasta resolver el almacenamiento de la energía–, Bruselas prohibió el motor térmico por decreto.
¿El resultado? Hoy tenemos mastodontes eléctricos de 2.500 kg circulando por nuestras carreteras, destrozando el asfalto, desgastando neumáticos a un ritmo frenético y dejando toneladas de microplásticos de caucho en la atmósfera y las vías, todo ello respaldado por una minería de litio a cielo abierto devastadora para el tercer mundo. Pretender dar un salto al vacío en la caza con materiales de laboratorio no evaluados es tropezar con la misma piedra progre.
Las alternativas ecológicas no crecen en los árboles, y su realidad química y metalúrgica destapa una evidente paradoja ambiental.
El bismuto, considerado por la FACE como el sustituto noble para armas antiguas, esconde contradicciones industriales insalvables. Aunque puede hallarse en forma nativa en la naturaleza, es un metal tan sumamente escaso en la corteza terrestre que su extracción directa no es viable de forma rentable. Por ello, la práctica totalidad del bismuto comercial se obtiene estrictamente como subproducto del refinado y la fundición de otros metales pesados, principalmente del propio plomo, el cobre y el zinc. Su obtención purificada consume una notable cantidad de energía química y térmica, lo que eleva significativamente la huella de carbono del supuesto remedio ecológico.
Además, al ser un metal extremadamente quebradizo en estado puro, los fabricantes se ven obligados a combinarlo en aleaciones comerciales –habitualmente con estaño– para otorgarle la maleabilidad necesaria para resistir la deflagración. Si bien el bismuto es biológicamente inerte y seguro dentro del tejido vivo, su verdadera debilidad reside en su menor densidad frente al plomo, lo que penaliza la energía retenida a larga distancia y obliga a asumir costes de producción drásticos por un rendimiento balístico inferior.
«Si bien el bismuto es biológicamente inerte y seguro dentro del tejido vivo, su verdadera debilidad reside en su menor densidad frente al plomo, lo que penaliza la energía retenida a larga distancia y obliga a asumir costes de producción drásticos por un rendimiento balístico inferior»
El tungsteno (wolframio) representa un escenario medioambiental y biológico mucho más complejo. Posee una densidad excelente (~19.25 g/cm³), pero su comportamiento en el entorno contradice los mitos sobre su neutralidad. Al contrario que el plomo, que tiende a generar costras de carbonato inerte que ralentizan su dispersión en ciertos entornos, el tungsteno sufre una meteorización química acelerada cuando se expone a la lluvia y a las variaciones de pH de los suelos agrícolas.
El antecedente histórico es inapelable: en el año 2000, el ejército de los EE. UU. implantó munición de tungsteno en la base militar de Camp Edwards (Massachusetts). Solo cinco años después, en 2005, el Pentágono tuvo que decretar la suspensión de emergencia de toda la munición de tungsteno en ese emplazamiento porque el metal se había oxidado en el suelo, transformándose en aniones de tungstato altamente solubles que se filtraron a través del sustrato hasta alcanzar el acuífero subterráneo.
A nivel médico, las investigaciones del Armed Forces Radiobiology Research Institute (AFRRI) arrojaron alarmantes resultados en modelos animales de laboratorio: la implantación experimental de fragmentos de aleaciones de tungsteno-níquel-cobalto en el tejido muscular de ratas y ratones provocó que el 100 % de los sujetos desarrollara rabdomiosarcomas pleomórficos de alto grado –tumores malignos musculares de una agresividad extrema– con una rápida metástasis hacia los pulmones. Los estudios determinaron que esta carcinogenicidad letal en los roedores no se debe al tungsteno puro en sí, sino a la agresiva sinergia tóxica y genotóxica que desata al combinarse con sus aglutinantes de níquel y cobalto, metales catalogados como carcinógenos por la IARC.
A este riesgo biológico se suma una vulnerabilidad geoestratégica crítica: China monopoliza más del 80 % de la producción mundial de wolframio, por lo que la transición hacia este material entrega las llaves de nuestra soberanía técnica al control comercial directo de Pekín.
Conclusión: la alternativa sensata
La toxicología se fundamenta en la dosis y en la vía de exposición, dos conceptos que la Comisión Europea ha erradicado de su discurso. Si el objetivo real de las autoridades fuera reducir de verdad la cantidad de plomo depositada en la naturaleza, y no prohibir la caza por la puerta de atrás, ¿por qué no empezamos por aplicar el sentido común balístico?
Cualquier cazador entiende perfectamente lo que significa volver a cazar con cargas limitadas a 24 o 28 gramos de plomo en lugar de los excesivos cartuchos de 40 gramos actuales. Históricamente, en Europa se cazaba con el equilibrado calibre 16 clásico, hasta que las corrientes comerciales norteamericanas nos impusieron el calibre 12 y su escalada de gramos. Volver a las esencias de cargas reducidas aliviaría de forma inmediata el impacto en el campo, respetaría la balística tradicional y mantendría la seguridad de nuestras armas sin obligar a nadie a achatarrar su patrimonio.
«Si han tenido que excluir las balas de rifle por la pura realidad física de que no hay cobre en los mercados, si no pueden garantizar la seguridad biológica de las alternativas en la tierra ni evitar el envenenamiento de los acuíferos, el dictamen de la ECHA está clínicamente muerto»
Esta ventana temporal de siete años no debe ser una sala de espera para el conformismo timorato de instituciones como la FACE. Debe ser la oportunidad para exigir una auditoría científica formal de la norma. Si han tenido que excluir las balas de rifle por la pura realidad física de que no hay cobre en los mercados, si no pueden garantizar la seguridad biológica de las alternativas en la tierra ni evitar el envenenamiento de los acuíferos, el dictamen de la ECHA está clínicamente muerto.
Ya se lo advertí directamente en su día a Escandell: estos años no son de tregua, son de lucha. Instemos a nuestros europarlamentarios a aprovechar estas costuras abiertas en el Parlamento Europeo. Legislen para el mundo real, echen a los burócratas sumisos de los despachos y dejen de experimentar con la salud de nuestra España rural. Porque pretender borrar nuestra identidad y sustento con trazos de oficina es ignorar la fuerza de la tierra; legislar contra la actividad cinegética en nuestro país es, en términos económicos y culturales, tan absurdo e inviable como pretender decretar el cierre de toda la provincia de Jaén.
«Estos años no son de tregua, son de lucha. Instemos a nuestros europarlamentarios a aprovechar estas costuras abiertas en el Parlamento Europeo»





