‘La tradición y el futuro’, por Patxi Andión

Hay que pensar que el desarrollo humano histórico es una carrera en la que los hechos protagonizados por el hombre se han ido acelerando, de tal forma, que los cambios son cada vez más rápidos, más profundos y más frecuentes.

Las cosas, simplemente, pasan más deprisa, son conocidas y compartidas antes por cada vez más gente que, a su vez, produce una comunicación o feed back que, en absoluto, hace el camino sólo de vuelta hacia la fuente que ha estimulado la respuesta, sino que, además, se extiende por el mundo de internet, que cada vez es más ‘el mundo’, provocando a su vez reacciones desconocidas que engordan de nuevo la bola de nieve. A eso le llamamos el ‘vértigo digital’, esa especie de mareo que se siente al sentirse en medio de esa vorágine cada vez más rápida, más instantánea y… más definitiva.

Las cosas cambian de muy diversos modos. Hay asuntos que cambian constantemente, que tienen gran capacidad de modernización y hay asuntos que les cuesta más cambiar, que parecen más anclados al pasado, puede que porque no tengan capacidad o puede que porque no tengan oportunidad. Estas cosas que se van quedando atrás en el tren de la modernidad se van aislando cada vez más, se van quedando solas y corren el riesgo de convertirse en alopátricas, cosas que se quedan aisladas de sus iguales y terminan evolucionando de manera diferente. Eso no sería demasiado problema si no fuera porque ese camino es sólo de ida. No tiene vuelta. De forma que, si por un casual, en un momento volviera a intentar conectarse con la sociedad que ha avanzado de manera diferente, no podrá incorporarse al tren y cada vez se quedará más y más sola.

Hay culturas, modos y hechos del hombre que se anclan en su pasado remoto y que han llegado hasta aquí, como nosotros, los cazadores. Esa línea directa parece que nos legitima ante los embates de la historia, pero siendo un ancla en el pasado, puede que nos impida conectar con el futuro. Esa es la cuestión: convertir un pasado glorioso en un futuro posible. Posible, pero, al paso que vamos, no probable. Estamos demasiado ensimismados mirando para atrás, enrocados en nuestra pasión, convencidos de que la razón está de nuestra parte y que los ciegos son los otros. Y ésa es mala cosa.

La melancolía está presente en cada acción de nuestra actividad, mientras nos defendemos con uñas y dientes en nuestro particular castillo, resistiendo el asedio de los que no nos quieren, porque, en el fondo, guardamos un cierto complejo de culpa. Pero, sin embargo, objetivamente, nunca estuvimos mejor que ahora, más fundamentados, más cerca de la investigación, más cerca de las grandes organizaciones ecologistas que respetan nuestra acción. Eso sí, parece que no nos queremos dar cuenta. Y de lo que de verdad debemos darnos cuenta es que nos vamos quedando atrás, vamos envejeciendo como colectivo, disminuyendo en número. Vamos a menos.

Estamos en un punto en que nuestra mejor bandera parece convertirse en nuestro peor enemigo: la tradición. Porque no nos deja movernos de nuestras convicciones, enturbiando la visión de la imagen que tenemos de los otros, los que no cazan. Está muy bien que guardemos nuestras cosas, pero también necesitamos deshacernos de aquellas que no nos dejan avanzar.

Necesitamos acercarnos a la sociedad civil, no defendernos de ella. Tenemos que conseguir que nos oigan para que puedan convencerse de que podemos tener un lugar bajo el sol del futuro.

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