‘Corazón’, por M. J. Polvorilla

A mi amigo Kike Morales Fernández-Miranda, que vive la vida con arrojo y con pasión.

Dios castiga sin palo ni piedra… Y escribe textos perfectamente equilibrados usando párrafos torcidos. Que lo que sucede, conviene. Que un gran traspié puede ser el impulso de un gran salto. Que la vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te quedan sin aliento.  

La sierra juzga y sentencia según seamos en nuestro caminar diario. Porque la sierra es prima hermana de la vida y tiene sobre ella la autoridad de hermana mayor, de madre o de abuela. Y es en ella donde se fraguan las peores condenas o los galardones más sinceros. Aunque algunos luzcan grandes trofeos inmerecidos debemos saber que, como en el mundo de los hombres, en la naturaleza también hay corrupción y dobleces. Sólo en los montes que saben a verdad y que se tratan con verdad, se cumplen sentencias verdaderas.

Lo he visto esta berrea. Le hemos llamado Corazón. Tiene unos candiles larguísimos, cerrado en palmas, ancho de envergadura. Es un venado cuajado, mezcla de los antiguos ciervos del Cíjara y los bravíos de las Villuercas. Casta inmejorable, buenas bases y unos lomos que arrastran cinco varas de chorizos. Corazón es un gran venado, de esos de finca abierta que valen cien veces su valor, por lo complicado de alcanzar esa edad en ese terreno. Esos años con ese entorno de furtivos y alimañeros. Esa belleza en un lugar que derrocha belleza por todos sus vientos. Le he cogido cariño.

Estaba haciendo la rueda a sus hembras el día que olvidó sus instintos y soledades, su prudencia y sus candiles. El amor te hace perder la cabeza, la noción del peligro, la cordura y la prudencia. El amor -para ciervo o humano- nos hace saltar más lejos, correr más rápido, dormir menos y soñar más. Somos capaces de morir por amor pero no de vivir sin él.

Corazón tiene hoy el día clave para que algún desalmado lo escabeche. Está tendido en la dehesa, bramando a boca llena, agotado y aspeado. Expuesto a que una bala traicionera le ponga las patas al cielo y la barriga a los cuatro vientos. El viejo guarda no se separa de él, sabiendo que en un par de días habrá terminado la jarana, pues la berrea va decayendo. Pero una tormenta otoñal y una punta de primalas le han avivado los instintos al precioso venado.

Nunca más se supo de él. Desapareció. Sus siete berreas le habían enseñado a ser cauto… pero también teníamos el miedo de que fuera cierto eso que se cocía en los mentideros de todas las villas: Pasos largos, el furtivo del Cíjara, se había hecho con una cabeza muy grande, sin revelar lugar ni detalles, pero asomaban rumores que Corazón podría estar colgado de una alcayata en lugar de bajo una madroña rumiando su amanecer. Qué mal cuerpo se te queda. Y más si le sumas que no me lo crucé en ningún camino, ni en un atardecer luminoso de esos que brilla herido de muerte. El guarda anda mosqueado, los rumores alimentan su angustia. Y dentro de unos días damos la montería y ese venado puede ampliar el éxito de una jornada, o al menos saber que está vivo para seguir admirando su gallardía.

Voy a lomos de Talibán camino de la suelta. Las recovas se comen el monte. Damos larga, perros al monte, a barrer a escoba la solana y la umbría. Reses a patadas. Corre una pelota de ciervas con un macho, galopo a cortarlas pues están a punto de alcanzar el perdedero. Cambio su carrera, me esquivan, se cuelan… Ir a caballo sólo amplifica mis disgustos y mengua mi cansancio. Qué mal se pasa…

Estamos llegando el choque de las recovas. Y cuando chocan aquí estamos casi terminando. Salta un venado pequeño de unas cornicabras, se lleva los perros, queda todo medio en silencio… Calma en la sierra. De pronto, observo cómo Talibán envela seriamente hacia un lentisco y lo veo: camuflado como un mirlo, inmóvil, un gran venado estaba mirándome fijamente, cuernas gruesas y oscuras, centrales y palmas generosas, cerrado en coronas, abierto en los centros… era Corazón. Metí espuelas al caballo entrando como un elefante por una cacharrería, cantando su presencia a lo que los perros acuden a mi empuje.  El venado brinca huyendo sierra abajo, los perros se animan, un puesto lo falla, sigue la ladra como un escándalo que va pegado a él… Se tapa, sigue corriendo, le veo, desaparece… Va camino del perdedero que, si alcanza, salvará su vida… Galopo al compás de dos recovas que me acompañan… oigo el disparo. Se corta el aliento, ahora mismo la moneda está en el aire y todo lo bueno y todo lo malo puede ocurrir…

No pudo existir mejor final para mejor momento… Padre e hijo, separados por trabajo y estudios, unidos por su afición al campo. Progenitor pletórico, primogénito colmado de alegría. El mejor venado de la sierra yacía admirando su entorno por última vez…

La vida te premia o castiga según sean tus actos. Pero la vida no actúa con inmediatez o parsimonia, ejecuta sus veredictos según le dicta la sierra, su hermana campera y solemne.

Algo tendrá el agua cuando le bendicen… Y algo bueno habrás hecho para merecer el regalo de esas umbrías salvajes que a todos acogen pero a pocos abrazan… Enhorabuena, de “Corazón”.

              Por  M. J. “Polvorilla” 

 

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