Y Charlie cogió su fusil…

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Hoy, es un día triste, uno más… No por la tragedia de París, que también, sino por lo que nos escupe, encima de nuestras maltrechas y prostituidas conciencias, lo que ha pasado en París.

Se pueden preguntar ustedes ¿qué tiene esto que ver esto con la caza…? Yo, con su permiso, se lo explico.

Salvando las, por ahora, distancias, estoy asistiendo, entre atónito y perplejo, entre sorprendido y conmocionado, a un espectáculo, por llamarlo de algún modo, sencillamente trágico y desolador. Un escenario que, sin poder evitarlo, me transporta a lo que fueron los comienzos oscuros de los ‘libertadores’ que hoy, en nombre de cualquiera de los dioses a los que se quieran remitir, matan, y rematan, a tiros a los que no piensan como ellos quieren que piensen.

Veo, escucho y leo el siniestro cariz que está tomando una situación que raya lo kafkiano más absoluto. Me refiero al fanatismo fundamentalista y radical en el que están cayendo una gran parte de los que, de modo prepotente, exclusivista y engañoso se autodenominan como ‘ecologistas’.

La más absoluta de la sinrazón es en la que se amparan quienes, pintarrajeados de un verde podrido por la falacia y el odio, insultan, amenazan y agreden a los que sentimos y vivimos la noble pasión de la caza. Amparados por las leyes, respetuosos con las normas establecidas en el Estado de derecho en el que vivimos, acogidos a las licencias legalmente adquiridas y cumpliendo con las cuotas determinadas por técnicos y científicos serios y respetables, los cazadores cazamos. Cazamos zorzales, palomas, perdices, conejos, guarros, corzos, rebecos, sarrios, muflones, arruís, gamos, venados o lobos, porque se pueden, y se deben, cazar.

Parece una broma macabra que, a estas alturas de nuestro supuesto desarrollo social, cultural y democrático, tengamos aún que estar gritando, más que recordando, que la libertad de cada uno termina donde empieza la del vecino, porque, si no aseguramos estos límites, lo que se impone es la ley de la selva: ¡sálvese quién pueda y que gane el más fuerte!

La polémica –inventada y basada en datos manipulados o directamente falsos– que varios grupos, de cualquier cosa menos naturalistas o científicos, han implantado, a la fuerza, en la mesa de un debate que no tiene razón de ser, está derivando en actos violentos contra la propiedad privada y contra los cazadores, en amenazas de muerte que, bajo ningún concepto que no sea el mafioso o el fascista de sus autores, se puede admitir, en el insulto obsceno y bochornoso o en la descalificación gratuita. Esto no puede continuar como está, de lo contrario, más pronto que tarde, la tragedia estará servida, porque si estos energúmenos piensan que vamos a seguir defendiéndonos de sus ‘kalashnikov’ con flechas de madera, van aviados.

Los vándalos que parapetan su zafia ignorancia y su despreciable fascismo tras la máscara verde de un pretendido ecologismo al que su incultura insulta y su fanatismo pisotea, no se van a salir con la suya, no pueden salirse con la suya.

Estamos en la Europa del siglo XXI, las imposiciones violentas se quedaron en la Edad Media. Hay foros donde discutir, medios para expresarse con libertad, instituciones para velar por la tolerancia y el respeto, leyes para salvaguardar los derechos de todos –de los animales, también–. No hay excusa para pretender impedir, por la fuerza, aquello con lo que no estamos de acuerdo. No hay pretexto para querer prohibir lo que la ley autoriza. No hay razón para emplear la violencia contra quien cumple las normas. A menos, claro, que se trate de yihadistas descerebrados, de etarras enloquecidos, ¿o de ecotalibanes envilecidos…?

No sé si han visto la tremenda, sobrecogedora y fantástica película, Johnny cogió su fusil, si no lo han hecho, les recomiendo que lo hagan, no vaya a ser que la cosa termine como se narra en el celuloide y les coja por sorpresa…

Por Alberto Núñez Seoane

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