¡Chacho!

 

 

033 copiaParecía aquello un entierro, ¡chacho! Estaba el capitán y dueño de la finca dirigiéndose a un altillo desde el que nos daría las imperiosas órdenes. Lo nunca visto. Porque no hubo ni rezo ni buenos días ni gracias por venir. Estamos a ciervas. Sólo ciervas. Si entra una pelota de reses no se tira. Ni varetos malos ni venados cojos ni elefantes con las tripas a rastras. Sólo ciervas. Se notaba al anfitrión más nervioso que un guardia civil en Barakaldo. Sólo ciervas. ¡Chacho, qué trauma tendrá este hombre con el tema…!

Me llevan al puesto. Está pegado a una alambrada que recorre todo el cortadero. Un cierre. Lo mismo vienen alambreando. Me sitúo, me marco con los vecinos y comienza la fiesta. Ya están todos en sus puestos. Siento los camiones que llegan. ¡Chacho, qué nervios! De pronto, un Land Cruiser corto viene a todo lo que da. Es de color crema y en los laterales adivino lo que son unos escudos heráldicos o yo qué sé. Se baja una figura que era todo un gorro de repleto de plumas. Me acerco al fulano. Se trata del puesto número uno que llega tarde. Le saludo, intenta darme conversación y sacar parentesco pero me escabullo cual gineta en un quejigo. Me voy a mi puesto, al dos. Vamos a ver cómo baila Miguel.

Siento temblar el monte a mi derecha. Entran a la monda dos venados de segunda cabeza. Preciosos. Les apunto, recreándome con el momento. Toman linde abajo, en dirección a mi compañero, el de las plumas y pines. Sigo apuntándoles, qué bonita collera… ¡Boom, boom…! ¡Chacho, que se ha jincao la pareja…! ¡Menudo artista! El colega abre los brazos como sorprendido por mi parsimonia ante tan bonitos animales. A mí me han dicho que tire ciervas. A mí. El prójimo puede ser un enchufado, un jefazo del banco, un político corrupto o el que se calza a la señora del propietario. Cada perro que se lama su herida. Y ése se la iba a lamer como si no hubiera un mañana. Miré hacia mi compañero, levanté los brazos, uní las manos haciendo un gesto de victoria y le dediqué: «¡Olé tus huevos!».

Sigue la mañana. Siento otra carrera. Baja un pelotón de reses. Recojo la primera -la jefa- y me lío con la rastra. Vienen traseros dos venados, me pasan como flechas y corren en dirección al lamedor de supuraciones. He soltado tres estacazos, pero no me atrevo a lanzar la última, pues los venados están muy mezclados… A ver qué hace Gari Kasparov. Empieza a soltar trallazos… Dos, tres, cuatro… ¡yo qué sé! Cuando apura el cargador cambia de espingarda y toma un flamante express con agilidad pasmosa. Manda dos condecoraciones para ponerle la guinda a la tarta. ¡Chacho, que se ha jincao otros dos… ! Éste sí que los tiene gordos y no el jamelgo de Espartero. Encima, mi hombre tira bien. De nuevo abre los brazos. De nuevo alzo las manos. Qué compenetración tan cojonuda…

Sigue la mañana, los lances y, honestamente, no sé si el enchufado se ha calzado a toda la familia del anfitrión o sólo a las mujeres. Mi compadre se ha apiloado doce venados. Doce. Como los apóstoles, como los goles de España en el mundial famoso, como las campanadas. Un remolque de carne para mi hombre. Doce pares de pelotas que están mirando a los cielos con los cuernos sobre un cortadero.

Llega un perrero de vuelta a mi puesto. Le entrego una botella de vino para que se refresque. «¿Qué tal los perros? ¿Y el puesto…?». El joven toma contacto con el vidrio mientras espera una respuesta cuando… ¡Chacho!, escupe el vino sobresaltado y alude: «¡Qué esparramera cuernos tiene ese dabajo! ¡Lo menos seis o siete…!».

Acto seguido una cierva corre contra la mano y se lleva los perros. Siento un chasquido. Le marco al podenquero que no se mueva. Salta al cortadero un palmero espectacular. Le miro con el visor a escasos cincuenta metros: «Ese venado, ése, es medalla de oro».

Toma el animal, trotón, cortadero abajo, con la querencia igual que sus difuntos compañeros de berrea. Pasa entre la alambrada y mi puesto a escasos quince metros. Va derecho al sopié de abajo, orgulloso de lucir sus diecinueve candiles y una potencia increíble. Mi amigo susurra en alto: «No tendrá cojones a matarlo…».

Inconscientemente miré a aquel majestuoso ciervo y al majestuoso plantel de barrigas negras que se iba a encontrar. De perdidos al río. Pegué un silbido, de esos que oyes, te detienes y miras… Diecinueve candiles vuelven la vista a dos siluetas que nunca suelen estar ahí… ¡Booom! Dos más para la niña bonita…

Acaba la montería, acaba el holocausto y comienza lo bueno. Bajo al puesto del palomo robón que estaba más hinchado que un avutardo haciendo la rueda.

«Nene, ¿por qué no tiras los venados?», pregunta. «Ya ves, estos rifles americanos que se atrancan… Es lo que tiene ser joven, inexperto y gilipollas…». Y se ríe.

Bajan los puestos. Todos acojonados. El premio nobel se pavonea de haberle levantado los venados al niño De Juan. Y yo le respondo: «Ponte con el palmero, anda. Voy a sacarte una placa». Estaba el fenómeno con su pie derecho sobre los costillares de un soberbio venado. El semblante radiante. La sonrisa más. No le cabe una paja en el culo. Le lanzo la pregunta del millón: «Por cierto, ¿cómo se dice: échame o tírame una foto?». No respondió, pero me consta que pensó una respuesta. Pero, qué más da, con sus trece maravillas patas arriba iba a ser el protagonista inexcusable en un día en que sólo, sólo, se podían tirar ciervas.

 

Por:Lolo de Juan 

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