Ronda

Luna lunera, cascabelera… No sé qué carajos tienes que con sólo mirarte se me activan los sentidos más nocturnos… Luna lunera… Tierna mujer de manos duras y guantes blancos. Y es que se me ha hecho de noche fumigando a los caballos para que los moscones no se los coman, entresacando sus crines, engrasando sus suelos… Y tu brillante presencia me ha guiñado un ojo. Las avenas están claras. Y alambradas para el cervuno. Me doblo un gin tonic al amparo de los últimos rayos de luz. Me doblo otro junto a la chimenea, pues al taparse el sol el frío me entalla. Se me hace tarde. Es media noche… Llego a mi cuarto y tengo en una mano el pijama y en la otra el rifle… Amén.

 

He hecho bien en echar un forro polar. He hecho mejor en cargar con pocas balas. He hecho de maravilla en entrar por la parte baja de las siembras porque la noche está serena y la marea corre sierra abajo. Las avenas están muy altas. Todo está muy calmado. Las ranas y cucos no paran de adornar la estampa de finales de primavera. El sueño me empieza a poder. Porque estoy activo por el instinto, pero aburrido por los acontecimientos. La caza, la amistad o el amor hay que alimentarlo con cada suspiro. Y llevo un par de horas de trasiego y no he visto un rabo… Porque el terreno está más alto que el lomo de un verraco. Bueno, al menos me llevo el paseo bajo las estrellas. Y que vengan bombas.

Voy de vuelta de la ronda. Echo los prismáticos al corte del monte… Y lo vi. Sin dudar. Vi su lomo a casi quinientos metros. Era un cochino en el avenal… Pegué dos caladas a la sierra… Me viene el aire de cara. Se acaba el mundo y empieza la caza. Remiro a mi alrededor para asegurarme de que en mi avance no me sorprenderá ningún intruso. He de llegar a la charca que está entre el cochino y yo. Y sin andar sereno. Va al agua, fijo. Además, en ese barranquete está más amparado. Si quiere bajar al trigo de la parte baja, tomará el camino por el que yo voy a ir en su busca. Encajo una bala en el cerrojo. Respiro profundo. ¡Vámonos, Polvorilla…!

Subo ligero, pero en silencio. Hago pocas paradas. He de llegar al muro de la charca. Por fin arribo. Me aplasto como una liebre cristales a la cara. Examino el terreno: a la derecha hay una piara, los veo aparecer y desaparecer. Hay dos cochinas grandes. Mosqueadas porque a nuestra izquierda está el cochino de porte, serio y desconfiado. No para de moverse. No para quieto. Y veo que comienza a carear hacia ellas, para empujarlas a la charca a investigar el percal. ¡Coño, qué nervios…!

Y a mí esto de la caza cada vez me gusta menos. A mí me gustan los caballos. La caza, ya no. Voy con el rifle porque no tengo edad de llevar garrota… E intento serenarme… Pero ni yo me creo mis mentiras. Están a cien metros. Meto al macho en el canuto. Ni de coña. Hay que aguantarlo más. Me juro y me perjuro que a menos de cincuenta metros le mando una píldora. Tarde lo que tarde.

Parece que ya vienen. Están muy mosqueados. Es un cochino con buen cabezón, negro como las esperanzas de un pobre, cargado de hombros y escurrido de ijares… El clásico verraco serrano, arocho de razas y afilado de defensas. No es que esté mosqueado, es que sabe que, aún saliendo casi a las tres de la madrugada del monte, nunca ha de entregarse. El cochino tiene más enemigos que aliados. Eso siempre… Y el grupo de madres con prole comienzan a arrimarse; el marrano, quieto como la noche, observa los acontecimientos… Quito el seguro de mi compañero de fatigas… Lo que venga, que sea, pues…

Voy camino del hogar, ligero, un poco rendido por el cansancio de la semana, pero espabilado por el curso de los acontecimientos. He echado una ronda de libro, de ésas que necesitas recibir como transfusión de no dejar nunca estas costumbres. De ver cómo la noche es el universo paralelo en el que todo cambia y todo puede ocurrir. Llegué a la casa. Mis dos bracos me saludaron sonrientes y cómplices. Dejé las botas fuera y me metí en el sobre. 

A mí esto de la caza me da igual… Pero no puedo negar que cuando aquel revocón de aire me delató y el cochino, que estaba a un centenar de pasos, salió a todo gas camino del monte, evité disparar a aquella fácil distancia para un rifle con anteojo, pero imposible para una escopeta de perrillos. El lance de ronda ha de sorprender a la pieza, a pocos metros, pues es la regla del juego que todos hemos de acatar. Aunque reconozco, ahora que nadie me oye, que le brindé en alto un par de “aleluyas”, sin olvidar a la puerca que la trajo al mundo, mientras erizado, bufaba y volaba en busca de las entrañas de las benditas sierras de Dios…

 

Ronda… tienes nombre de mujer. Como la Luna…

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