¡Cerrad la perdiz, por favor!

¡Cerrad la perdiz, por favor! Y los que a estas alturas no hayan abierto… mejor que mejor. Es duro, lo sabemos, es triste y doloroso que, tras un siglo de ansiada espera (son tan sólo ocho meses, pero se hacen eternos) a que levanten la veda, tengamos que abrir este número, ya tan de temporada plena, rogando, casi suplicando, que se deje de cazar a la reina de nuestros campos, nuestra emblemática y querida patirroja, pero, como en tantas miles de ocasiones en estos tiempos, la realidad supera a la ficción, y ésta, la ficción, es una auténtica pesadilla.

Hablábamos, días atrás, con nuestro querido amigo Vicente Silvestre, gran cazador, y mejor persona –y campeón de España de Caza Menor con Perro–, y nos comentaba, entre otras lindezas, que se va a celebrar una fase clasificatoria del Campeonato de España en un coto en el que hay ¡cuatro perdices censadas! Algunos de los que se clasifiquen lo van a hacer con el magnífico resultado de ¡cero perdices, bolo! Y no es porque el coto sea malo ni porque los participantes no sean dignos cazadores… ¡Es que no hay ni una!, bueno, cuatro en este caso.

Es desolador. En los últimos paseos por los barbechos, previos al arranque, daban ganas de llorar. Si otros años siempre quedaba la duda, «¡Bueno… puede ser… a ver qué pasa…!», lo de este año te encoge las tripas y te desgarra hasta el alma. Y no estamos exagerando, Dios nos libre, ¡ojalá fuera mentira…! El recorrer kilómetros por los caminos, por las veredas y sendas de las que fueran unas de las mejores tierras perdiceras de este nuestro querido terruño, sin ver ni una sola pareja, ni un triste macho solo, ¡ni una sola volá…!, te pone la piel de gallina y un espelitre (un manchego escalofrío) te recorre la espalda antes de que se te vidrien los ojos…

¡Señores presidentes y miembros de las juntas directivas de las sociedades, por favor, cierren la perdiz! Sabemos que en las barras de los bares les van a poner a caldo. Sabemos que van a tener que enfrentarse a cientos de socios cabreados, hartos, exaltados, pidiendo a gritos dimisiones y ejecuciones públicas en la plaza… Es igual, hay que aguantar el chaparrón con dos… narices, y hacer el casi sobrehumano esfuerzo de sacar pecho y llevar la cara muy alta… porque, en sus manos, está una parte importante (tal vez no la más importante, por desgracia) del futuro de nuestra querida perdiz. Sabemos, también, por descontado, que no es culpa nuestra, por mucho que algunos nos quieran meter el índice en el ojo. Nosotros no somos culpables de las condiciones climatológicas ni de una agricultura antinatura a la que nadie, por mucho que ladren y digan, le pone coto, ni tampoco lo somos de lo del toro del malogrado Manolete (Islero, para más señas), a pesar de tantas injustas acusaciones, pero, insistimos, sí estamos, ahora, en este momento y lugar, en condiciones de demostrar lo que tantas veces decimos que somos.

¡Cerrad la perdiz, por favor! En estos días no nos van a doler prendas repitiéndolo hasta la saciedad. Y, si lo hacéis, tampoco nos vamos a cansar, nunca, de mostrar nuestro más sincero agradecimiento.

No quisiéramos acabar esta bienvenida a este nuestro número del mes de noviembre sin hacer referencia al acontecimiento que esta publicación celebró el pasado 6 de octubre en la localidad toledana, y manchega, de Los Yébenes, la XXVIII Gala de Entrega de los Premios Caracola. Como decimos en las breves líneas que acompañan, en páginas interiores, al extenso reportaje gráfico, dicen que salió bien, genial, dicen otros, aunque nosotros no nos vamos a juzgar, nosotros nos vamos a limitar a seguir trabajando, a seguir echando el resto, para que todo vuelva a salir como dicen que salió. Eso sí, esta pequeña reseña que hacemos en la cabecera de la publicación no es sino para mostrar nuestro más inmenso agradecimiento a un montón, pero un montón de los de paja de antes, gigante, de gente que estuvo a nuestro lado y se volcó para que la Gala resultara con toda la brillantez que dicen que resultó.

En el reportaje gráfico ya nos hemos encargado de nombrarlos uno a uno (al menos de todos los que nos hemos acordado, que eran unos cuantos), pero desde aquí queremos repetirlo muy alto para que se nos escuche bien:
¡Gracias a todos, de corazón, sin vosotros no hubiera sido posible!

Editorial del mes de noviembre de la revista Caza y Safaris

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