‘La Casa del Collao’

Este año, como buen heredero de un bisiesto, la temporada de caza pega sus coletazos, dejando un sabor de boca más amargo que dulce. El año agrícola, respondiendo a esa especie de maldición que tienen los años en los que febrero disfruta una prórroga de veinticuatro horas antes de morir en beneficio de marzo, resultó bastante malo y, aunque el agua llegó en abundancia, no lo hizo a tiempo. Fue como si las nubes vinieran en Iberia y les hubieran perdido las maletas. Con un retraso que hizo temer una sequia, regaron los campos en abundancia cuando ya la semilla no era fértil, cuando el fruto había cumplido esos días mágicos en los que engorda como un milagro renovado cada año.

 

La hierba cumplió a poco que el agua caída reclamó su presencia sobre los campos y, donde no estaban esperándola con mochilas cargadas de veneno para eliminar su natural crecimiento, sirvió de alimento y de refresco, pero no vino a reforzar los deseos de procreación de las especies.

Vimos pocas parejas de perdices y la cría resultó mala de descalabro, hasta el punto que desde distintos foros, entre los que incluyo esta columna, hemos reclamado una moratoria para la perdiz, hasta que sus poblaciones se recuperen de forma razonable para volver a cazarlas como siempre lo hemos hecho.

La temporada de reclamo no ha sido tampoco de las mejores que recuerdo, a estas alturas la picadilla todavía no está consolidada y, en algunos sitios como en Jaén, ya se ha cerrado la veda en muchos cotos. Sin embargo, nos quedan las otras oportunidades

Después de tres fines de semana, en los que he ido haciendo puestos y reposteros como el que cumple con un deber apuntalado por los años de afición, he disfrutado escuchando a mis reclamos, pero poco o nada más. Yo no le pego un tiro a una perdiz que acuda al tanto por curiosidad o de paseo. Vengo al campo a buscar esa pelea entre dos pájaros, que es estética y poesía de puro monte. Vengo buscando poner fin a un desafío entre dos combatientes, después de haber asistido a un combate impresionante, de la forma que sólo puede hacerse para cumplir con esta preciosa tradición en la forma de cazar. Si no ha existido el enfrentamiento previo, al terminar saco de la escopeta los mismos cartuchos que puse en la recamara cuando me senté.

Acudo a cada puesto como el que todavía acude esperanzado a la Gala de los Goya, esperando oír hablar de cine y ver profesionales del séptimo arte dándonos su opinión sobre las películas que han visto o sobre las ficciones que ellos han creado. Después, sales defraudado al terminar una gala en la que de cine es de lo que menos se ha hablado, y donde, para colmo de males, has visto cómo un grupo de supuestos actores, que si no hubiera sido por las subvenciones no hubieran llegado nunca más allá del teatrillo ambulante, de feria de pueblo perdido entre los montes, silla de tijera con chinches y charcos en el suelo, utilizan una gala “del cine” para insultar y adoctrinar. ¡Una pena!

La misma decepción he sacado de muchos puestos hechos esta temporada. Debajo del repostero, perdices que también parecían fruto de alguna subvención. Sin ganas, sin instinto de territorialidad, sin deseos de pelea. La climatología y la debilidad provocada por los venenos no dejan a los machos venirse arriba y, a pesar de la gana puesta por los nuestros, nada, no hay deseos de enfrentamiento. Apenas un par de miradillas al repostero y una salida de la plaza, con la vista puesta en el suelo, como avergonzados.

Después de más de media temporada echada por alto y con sólo una perdiz abatida en más de quince puestos, llamé a mi amigo Julio Molina buscando consuelo a mis males. Sobre la marcha me facilitó un teléfono, un nombre y una esperanza: “Habla con Miguel, dile que vas de mi parte, y llévate allí los pájaros porque aquí los estás quemando”.

Gracias a esta gestión, el domingo cacé en la finca ‘La Casa del Collao’. Una preciosidad de finca enclavada en la provincia de Ciudad Real, entre Castellar de Santiago y Torre de Juan Abad, donde se mezclan tierra calma, olivar y monte bajo, con siembras de cereal y viñedos. Un terreno de ensueño para un aficionado al reclamo.

La densidad de perdiz de repoblación es muy alta. A lo largo del día entre lo que vi en los tres puestos que hice y lo que pude contemplar en los desplazamientos a las zonas de caza, conté más de cincuenta perdices. Ahora mismo en la finca conviven poblaciones provenientes de dos repoblaciones, más las autóctonas. Las de la última repoblación todavía permanecen en bandos, las de la primera han desarrollado territorialidad y una picadilla que comparten con las del terreno, lo que provoca que en el puesto te puedas encontrar con ejemplares que vienen de curioseo o con machos que acuden como miuras sueltos.

La finca está gestionada por un buen aficionado al cuco, Miguel Romera Cabrera, que disfruta departiendo con los cazadores durante la espera de entrada y la hora de la comida.

Nos reunimos cazadores provenientes de Córdoba, Almería y Jaén. Yo era el único que no repetía, lo que me hizo concebir buenas sensaciones, ya que en una finca donde se caza pagando la entrada, con un cupo de cinco perdices, está claro que si no te has divertido, no vuelves y, menos aún, gente con el montón de kilómetros que traían encima alguno de los presentes.

No hay sorteo. Miguel asigna los doce cazaderos en función de las particularidades de cada cazador, el vehículo que cada uno lleve y el número de cazadores que viajan por cada coche. Por la tarde se cambian los cazaderos, teniendo en cuenta los resultados alcanzados por la mañana, para compensar a los que les haya ido peor en la jornada matinal.

Yo llevé tres pájaros. Un pollo en el que tenía depositadas grandes esperanzas, me dio una mochuelada de libro. Se calló escuchando campo y mariconeó tomando el sol echado en el culo de la jaula.

Majano se lució abriéndose de capa con unos cantecillos huecos que fue subiendo de tono hasta que encontró contrincante: un macho precioso que acudió seguido de una hembrilla peleona. El macho quedó al pie del repostero y perdonamos a la hembra.

Makoki en el puesto del cura, cumplió como le es propio y le tiré un macho que venía dando de pie desde más allá de cincuenta metros.

Por la tarde repitió y tres ejemplares quedaron a su pies, mereciendo especial mención un macho que tiré después de veinte minutos de pelea. Merecía la pena y se hizo espacio en mi memoria el espectáculo de verle afilándose el pico y el sonido que este gesto producía contra las piedras. ¡Memorable!

Hice mi cupo antes de hora y disfruté haciendo fotos en una finca preciosa y cargada de perdices. Es una forma de disfrutar de nuestra afición, que puede ser alternativa cuando el campo no está y el cierre de veda se nos echa encima amenazando con dejarnos ‘barajando’. Al final de la jornada, la mayoría habían hecho cupo, tres se colaron y pagaron aparte y sólo dos se lamentaron de que sus pájaros no cumplieron y tiraron menos que los demás.

Me gustó el sitio, valoro la gestión de un buen aficionado y el apoyo de su padre, Juan, cuquillero viejo con un buen número de anécdotas para saborear mientras consumes el taco en la casilla de ‘La Casa del Collao’.

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