La caza, las autonomías y las dichosas licencias

Cada vez que hablo de la licencia única de caza tengo la sensación de que me he dejado llevar por el arte del trilero, y es que amigos, aun sabiendo que nos sumergimos en un mundo utópico del que no vamos a sacar rentabilidad alguna, la ilusión nos mantiene vivos…

En los primeros meses del pasado año se habló de un acuerdo entre ocho comunidades autónomas, que cimentaría las bases de una licencia única en la que nunca se llegó a trabajar seriamente. Hablo de Valencia, Madrid, Cataluña, Aragón, Galicia, Castilla y León, Andalucía y Extremadura; ésta última, casualmente, ha copiado a sus vecinos andaluces en lo que llaman el carnet del cazador, otra traba burocrática para incentivar la práctica de la actividad venatoria en la región.

Hasta el momento nos hemos limitado a engendrar revuelo, pero no hemos sido capaces de derramar una gota de sudor por unificar los dispares requisitos que nos exigen las comunidades autónomas para la obtención de las licencias de caza.

Todos los años adquirimos, entre pitos y flautas, varias licencias de caza, y esto no es sino culpa del Estado de las Autonomías que legitimó el Gobierno central en 1978. Por ello, estoy convencido de que si a fecha de hoy nos paramos a pensar en quién debe recaer el marrón de elaborar una licencia única de caza, la conclusión será soberbiamente fácil: en el Ejecutivo central.

Sí señores, así es. El Gobierno central es el que tiene que coger el toro por los cuernos, escuchar a las diferentes autonomías y, por supuesto, al sector cinegético, y a partir de ahí empezar a trabajar en un proyecto que nos beneficie a todos. Y aunque así parecía que iba a ser cuando hace escasos días el Gobierno de Mariano Rajoy anunciaba que tomaría medidas al respecto, solo se trataba de un despropósito pueril.

Esto no es más que el vaivén de las manos de un trilero, un tan de moda juego de tronos. La licencia única no interesó en los ya históricos años de bonanza y, por supuesto, no va a ser ahora cuando se va a desaprovechar la más mínima oportunidad de restaurar las arcas del estado. Acabamos de ver cómo se recortan dolorosamente los derechos esenciales de muchos ciudadanos, cómo se aumenta el IVA, cómo se recorta la paga de Navidad de muchos trabajadores públicos, y aún así algunos de nosotros hemos sido capaces de creernos semejante blasfemia.

Para que la licencia única tuviese razón de ser, el ingreso por autonomías debería reducirse tanto que los gobernantes regionales se verían obligados a sacar las uñas, cuál gato arrinconado por una jauría, para defender los intereses comunitarios o los suyos propios, cómo ustedes lo quieran llamar. A fin de cuentas, un servidor ha perdido la poca fe que en los gobernantes de este país pudiera tener.
Al final la partida ha terminado como siempre. El trilero ha concluido su trabajo y los pardillos han perdido lo que a través de la ilusión creyeron que iban a obtener.

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