In memoriam de Felipe Pardo López

Pasada la primera quincena de septiembre nos dejo sin su presencia para siempre Felipe Pardo López, amigo del alma primero y compañero inseparable después durante el último cuarto de siglo de pasión montera. Siendo muy difícil para mí hablar o escribir sobre la figura irrepetible de este “monstruo“, me dispongo a hacerlo por lo que considero un deber de lealtad hacia su persona, su amistad inquebrantable, su señorío de bien rayano en lo virtuoso y sobre todo por una razón de estricta justicia a quien supo darlo todo, ofrecerlo todo, tragárselo todo, aguantarlo todo, y todo sin pedir ni esperar nada de nada ni de nadie a cambio. Así era por extraño que parezca y aunque pueda considerarse una exageración que en el siglo XXI, después de haber vivido sesenta y ocho años, sin malearse, sin alterar su carácter, sin modificar su norma de comportamiento, haya personas de su perfil.

Podría seguir escribiendo de él en cuanto a su vertiente personal, su bonhomía y  calidad humana hasta llenar innumerables folios pero debido a que este recordatorio está hecho para ser publicado en una revista especializada en el sector de la caza, donde el espacio es corto, intentaré modestamente describirlo en esta su otra vertiente como cazador donde desarrolló todo lo que de calidad, llevaba dentro.

Felipe comenzó a cazar a edad muy temprana , como les suele ocurrir a los que después destacan en algo , con la clásica escopeta de plomillos que le hizo enterarse de que iba eso de las esperas , los aguaderos y sobre todo la paciencia que se necesitaba tener para conseguir algún trofeillo en forma de pajarillo que compensara el tiempo invertido. Según me comentaba esas escopetas monoproyectiles fueron el embrión de su afición al rifle. Después, ya asentado en lo que le gustaba y seguro de que sería la pasión de su vida, pasó al arma de fuego cazando toda clase de especies menores como perdices, conejos, liebres, palomas torcaces, patos, gachonas, sisones, zorzales, tórtolas, etc., que no hicieron más que aumentarle progresivamente su dedicación a esta actividad y consecuentemente sus conocimientos en el mundo de la caza.

Estando dedicado en este tiempo a la caza menor, aunque ya alternaba con continuas salidas a monterías al tener rehala propia, conjuntamente con otros amigos y su hermano Ricardo, alquilaron el aprovechamiento cinegético de la finca “La Palmilla “, situada en el término municipal de Villanueva del Río y Minas, entonces coto de caza menor, donde terminó por fundirse decididamente con el apasionamiento que paseó señorialmente por muchos rincones del mundo. Allí, en la Palmilla, conoció a Eduardo Medina, guarda de la misma, conocido cariñosamente por el “colorao“ dada su condición de pelirrojo, el que sería en lo sucesivo uno de sus amigos más entrañables dentro de esta afición y fuera de ella, así como a su hija Manoli, entonces con cinco o seis añitos y que con el paso de los años se convirtió en su podenquera, llevando su rehala a montear por todas las sierras de la baja España y convirtiéndose de pasada en unas de las muy pocas mujeres perreras de la historia de la montería. Independientemente de su unión por el asunto de la caza, la quería tanto que era su protegida, otra hija más, contando con ella para cualquier manifestación de celebridad que ocurriera a su alrededor, ya fuera personal, familiar, o de otra índole. Me consta que ese cariño desmedido del que escribo, fue mutuo y estos momentos de tristeza que vivimos con su pérdida, la hacen estar totalmente desolada.

Este tiempo que describo de La Palmilla, al ser coto propio y de visita permanente , le hizo contactar de forma directa con la sierra, convirtiéndose desde entonces en un asíduo de ella, cambiando decididamente la caza menor por la mayor, la escopeta por el rifle, los bracos, pointers, bretones, etc. por los podencos de pelo duro, los mastines y los alanos, sumergiéndose hasta el tuétano de sus huesos en los pormenores de la montería, los aguardos y los recechos, ocupando alguna salida esporádica para los ojeos de perdiz y las tiradas de zorzales, que evidentemente, nunca dejó.

A partir de este momento, debería correr el año 1.977 y aunque ya éramos amigos y compañeros de viaje en muchas expediciones, me convertí en inseparable para las partidas de caza, de tal forma que cuando nos dividíamos por coincidencia en alguna montería, a él le faltaba algo y a mí mucho, no llegando a disfrutar nunca de la sierra ni de los lances como cuando estábamos juntos, comentando las incidencias, avisándonos las reses, desayunando las migas o tomando las copas de despedida. Era distinto. Esto que él me lo comentaba a diario, con el paso del tiempo y el avanzar de su enfermedad se hizo indispensable para los dos y para mí, además, un honor impagable.

Felipe, era de los pocos propietarios de rehalas que van quedando por nuestras sierras, nunca pudo con él el cambio generacional que afectó tanto al mundo de los perros, monteó todas las fincas de Sierra Morena con su rehala, Sevilla, Huelva, Extremadura, Ciudad Real y allí donde lo llamaran y no tuviera coincidencias, era un enamorado de este arte y cuando esto se vino abajo entrando en este baile las rehalas alquiladas, pagadas a cambio de puestos y por consiguiente la dificultad añadida de asistir a monterías de prestigio, siguió en sus trece, apartando de su mente todo lo que significara quitar los perros, monteando otro tipo de fincas pero asistiendo como hay que ir e intentando siempre dejar la figura del rehalero en el sitio que le correspondía. Para eso como para muchas cosas más, era único.

Cazó todas las sierras de España, desde Los Pirineos a Tarifa y desde Lugo a Almería, obteniendo trofeos importantes y significativos en todas ellas, fue también hay que decirlo para dar la dimensión real de su figura, un cazador internacional, visitando tres continentes, América, Europa y Africa, consiguiendo lo que se proponía siempre, unas veces con más acierto que otras pero volviendo con su colección aumentada y no viajó mas porque el destino no quiso. Tenía en mente nuevas aventuras.

En fin, se fue. Pero fijénse como se fue: Quería cobrar un venado de berrea este año porque tenía un toro muy difícil de lidiar próximamente que no sabía si le iba a dar la oportunidad de hacerlo el año que viene, su hijo Felipe se lo gestiona a través de una orgánica amiga, “Jóvenes Monteros“, a la que nunca le estaré suficientemente agradecido por este gesto, y quedan para viajar en cuanto la berrea esté en su punto álgido ya que se trata de un gran venado. El domingo 16 de Septiembre recibe una llamada del hospital para ingresar el siguiente martes día 18 a las cinco de la tarde para la lidia del toro anunciado. Su hijo se pone manos a la obra y el lunes día 17 comienzan el viaje camino de un pueblo de Badajoz. Por la tarde de ese mismo día lo cazan, celebraciones con la guardería, medición del trofeo en verde y al hotel. Al día siguiente, martes sobre las 14 h. llamadas a los amigos más próximos en Sevilla para enseñarlo, copas de brindis, narración del lance y nueva medición del trofeo a la vista de todos para su alegría personal y el orgullo de los presentes. El trofeo arrojó una medición de 215,86 puntos. A las 15.30 h. lo dejé en su casa para la preparación del ingreso hospitalario previsto, henchido, contento, no cabía en sí de gloria y diciéndome que ya se podía morir tranquilo al haber conseguido el venado de su vida. ¿Era cazador, sentía esto o estaba aquí para lucir modelos de sombrero, botas o camisas?

Deja “rastra “, su hijo Felipe, además de hijo su intimo amigo por raro y difícil que parezca, sigue sus pasos. Enseñado desde pequeño, aficionado hasta la médula y por convicción propia quiere seguir su estela, recordarlo en cada lance, en cada ladra, en cada solana o umbría que pise donde seguro, era el más feliz del mundo. Quiera Dios que lo consiga aunque tenga por delante un camino largo y duro. Colaboración de amigos de ley no le van a faltar . Estoy convencido.

Nada más, decía al principio que nos habíamos quedado sin su presencia para siempre, evidentemente me refería a la física, de la otra, la química no nos quedaremos nunca, estará presente siempre y entre los que lo conocimos y vivimos de cerca regirá  y se propagará como un altavoz su comportamiento mundano y venatorio Descanse en paz quien en el monte fue montero, en el mar fue marinero y en lo de verdad, lo importante, lo de amigo, el primero.

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