Se nos fue uno de los grandes de la caza

Escribir unas palabras sobre una persona que ha fallecido siempre me resultó fácil; simplemente, recordar de él los buenos momentos y seguir el dictado de tu corazón han sido la guía del pensamiento que he trasmitido al escribir mis recordatorios. Pero ahora me enfrento a algo realmente difícil, porque no encuentro la forma de loar a una persona que, además de ser mi padre, fue alguien que dio todo por la caza y la pesca de este país, con una callada labor y una honradez ejemplar.

 

Hace un momento, mi amigo Ramón Estalella me enviaba un mensaje en el que acertadamente decía: “Siempre pensé que junto a Eduardo Trigo y Alfonso Urquijo fueron el triunvirato de una época gloriosa de la caza en España” y me ha emocionado realmente. Y a esto añadiría, personalmente, a otro de los grandes que sigue en activo, Tony Sánchez-Ariño, con quien profesaba una gran y sincera amistad.

Joaquin España Paya nació el 1920, en Madrid, en el seno de una familia de tradición militar de generaciones, así que pasó su infancia y niñez deambulando por España. Pero siempre recordó con gran cariño sus días de juventud en Segovia.

Sufrió el castigo de la guerra de manera especial al quedar separado de su padre y él haber quedado con el resto de la familia en Madrid. Fue uno de los pocos varones de la familia que escapo a los frecuentes “paseíllos” que en aquellas fechas acababan con la vida de tantos que, por sus ideas o por ser familia, perdieron la vida injustamente.

Acabada la Guerra Civil y en pleno proceso de reactivación de la vida civil, su padre recibe el encargo de organizar la Federación Española de Caza, cosa que realiza con inmediatez y en 1943 queda oficialmente fundada y presidida por él mismo. También funda la revista Caza y Pesca, con su pecunio particular. Y mi padre, que acaba su carrera de Ciencia Naturales, sigue sus pasos y participa en aquel mundo que está renaciendo.

Para no extenderme más, participa de las actividades de la Federación de Caza y de la revista de muchas formas y dedica tiempo para el dibujo y para la escritura, preparando una serie de libros que luego vieron la luz con el paso de los años, algunos clásicos en la literatura cinegética como el famoso Caza de alimañas.

Muchos no lo saben, o se habrán olvidado, pero mi padre, junto con Ochotorena, Huerta y Ramírez, fueron los que prepararon y se trabajaron el que hoy es conocido como Campeonato de España de Caza Menor con Perro. Yo tuve la fortuna de asistir a aquellos primeros campeonatos y conocer desde niño al mítico Rodolfo y otros muchos. También, para refrescar la memoria, participó muy activamente con el que era presidente de la Federación entonces, Jaime de Foxá, en la elaboración de la Ley de Caza del 1970, una ley revolucionaria que propagó la caza y su aprovechamiento de una forma espectacular y sobre la que hoy se basa la mayoría de legislación existente. Y así seguiría escribiendo durante horas.

Pero, quizá su defecto mayor, si es que lo es, es que nunca quiso ser protagonista de nada y prefirió el trabajo duro y constante a la sombra. Prefería ver su obra en marcha y apartarse de las fotos, porque decía que el hombre debe saber en su interior la labor que hace y, que si quiere ser honesto, ha de apartarse de la luz de los flashes que sólo iluminan momentáneamente a los que quieren estar delante de la foto, que por lo general, son los que menos hacen y más necesitan que les reconozcan por su pobreza de espíritu y mediocridad.

Tal vez sea por eso que, a lo largo de su dilatada vida dedicada a la defensa y promoción de la caza y la pesca, sólo recibiera un merecido premio, por parte del Ministerio de Agricultura, que le concedió ser Comendador de la Orden del Mérito Agrícola, y otro, también merecido, que le organizaron sus amigos, capitaneados por Eduardo Trigo, que se lo dieron por… eso, por ser un gran amigo. Después de eso, nadie se acordó más de él, a pesar de que siguió al frente de la defensa de lo nuestro durante muchos más años.

Cuando hubo de cerrar la revista, “su revista”, todos intentamos que continuara y escribiera. Tenía tanto que enseñar, tanto que transmitir, tanto que decir, que andábamos como locos porque, con el tiempo que le sobraba, rellenara esos huecos de historia y esa sabiduría profunda que tenía. Pero una y otra vez se negó, no quiso saber nada más y dedico su tiempo a cazar calladamente en su querida Sierra de Madrid, su adorada Rascaría y pescar en su querido Lozoya, hasta que las fuerzas y la edad le fueron minando y recluyendo a los paseos diarios sin más acompañamiento que sus pensamientos. En verdad se sentía dolido, porque después de toda una vida de lucha en pos de la caza y la pesca, hubiera entrado en el olvido profundo por la desgracia de haber perdido lo que más quería, “su revista”, aunque nunca me lo dijera ni saliera por su boca ni una sola palabra en contra de aquel mundo al que había dedicado su vida por entero.

Fíjense como era, porque era una buena persona, que en una ocasión apareció una revista con un nombre parecido y, después de hablar con la empresa, no cedieron en variar el nombre. Entró en litigio y el juez dio la razón a mi padre y a Caza y Pesca. Entonces se presentó en nuestras oficinas el director de la publicación para que le dijéramos que es lo que debería hacer y que si cambiaba el nombre hacerlo de forma que no tuviera que ir a un nuevo proceso. Mi padre le dijo que sólo quería que se reconociese su derecho y razón, que no pretendía perjudicar a aquella publicación o sacarla del mercado, que siguiera con aquel nombre, pero que cambiara el diseño de la cabecera para que no se pareciera tanto a Caza y Pesca. Con eso creo que queda dicho mucho de la gran persona que era.

No voy a continuar, aunque me faltarían páginas y palabras. Termino diciendo que era un gran padre, un abuelo increíble para sus nietos y biznieto y, como persona, alguien que por su rectitud y honestidad podría dar ejemplo a la mayor parte de nuestra sociedad.

Desde aquí quiero agradecer a todo el mundo la desbordante muestra de afecto y cariño que estamos recibiendo por parte de amigos, conocidos y desconocidos hasta ahora; es abrumador y nos es imposible hacerlo personalmente con cada uno, aunque lo intentaremos, y especialmente a una persona de la Federación de Caza, que sabemos que quería y respetaba a mi padre y por ello no voy a nombrarla, ya que, gracias a ella, ese organismo envió una preciosa corona de flores al velatorio, porque nadie de dicho estamento, al que mi familia le dio tanto, tuvo un momento de su precioso tiempo para acercarse a presentar sus respetos en nombre de la institución.

Te quiero, papá.

Por Joaquín España Aguado

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