Casi 160 cochinos en ‘Lituero Alto’ con Saúl Bravo Servicios Cinegéticos. ¡Estuvimos allí!

CRÓNICA

Lituero Alto es la típica finca de los Montes de Toledo, sierra con monte, a veces montarral, a pesar de ser en gran parte de exposición de solana, con sus risqueras y pedrizas y, a partir del sopié, se extiende la raña y la dehesa.

La organización de Saúl Bravo volvía a montear esta finca después del fabuloso resultado obtenido la pasada temporada.

Antes de sortear, Saúl comentó que había que respetar el cupo (seis cochinos, dos venados y aquellos monteros que quisieran tres ciervas) y que no se podían tirar los muflones, pero sobre todo insistió en el tema de la seguridad: “Señores, prácticamente todos los puestos son de cortadero y aunque están en torretas, hay que extremar las precauciones que hay mucha piedra, y, por supuesto, no tirar en línea, al viso…”.

Se sortearon con rapidez los 25 puestos –repartidos en siete armadas y traviesas– en la casa de cazadores, decorada con mucho gusto con trofeos africanos. Por cierto, ¡cómo estaban de ricas las migas, y no menos rico estaba el cocido de la comida!

También fue muy rápida la colocación de armadas y traviesas, Saúl quería soltar lo antes posible las 14 rehalas que batirían la mancha.

El cronista en esta ocasión se fue a la suelta de la casa, donde se irían soltando escalonadamente cuatro rehalas, pero surgió un imprevisto cuando aún la última recova estaba en el camión. Dos rehalas se volvieron con un guarro a la raña, por lo que hubo que parar a la tercera que ya había soltado, acudir al remate, lo que llevó su tiempo, porque el cochino, que, por cierto, era una hembra, se fue muy lejos hasta que los perros lo acularon. Todo esto retrasó la suelta definitiva en esta zona, pero ciertamente la montería ya era un festival de ladras, carrera y tiros. Aunque este era un inconveniente más grande de lo que parecía, ya que se monteaban ni más ni menos que 700 hectáreas en un terreno no pocas veces áspero y difícil.

Curiosamente, había dos rehalas, Rehalas Hilario de Pozoblanco, que eran en su mayoría de beagles, y los perros que no eran de esa raza eran del mismo tamaño, igual de pequeños para lo que se estila en las zonas clásicas de montería del centro y sur peninsular. Por cierto, trabajaron muy fino y bien, como lo hicieron el resto de rehalas.

Una vez se solucionó lo de la suelta, este cronista se desplazó a una tira grande de monte pegada a la casa, donde no había puestos, pero que era una zona de paso de reses y cochinos de una parte a otra de la mancha.

Nada más llegar tuve que acudir a un agarre, uno que a veces es previsor, y como sabía a dónde iba, llevaba mi cuchillo de remate. No soy para nada valiente, más bien al revés, soy más sincero que valeroso, pero esta es una de esas situaciones en que sale a relucir mi sangre fría, la sangre de rehalero que corre por mis venas, recuerdo, con mucha nostalgia, aquellos años que Luis Apelio García, Jorge Hajduka y mi padre –¡cuánto echo de menos a los tres!– tenían rehalas en Los Yébenes, muy cerquita de Lituero, en la época que te daban un puesto “por llevar la rehala”, y yo, que era un mocoso, me consideraba rehalero antes que montero. El caso es que en un agarre hay que tener mucho sentido común, mucho respeto y decisión, pero nada de miedo. Hay que actuar con frialdad y rápidamente, por el cochino –o el venado, en su caso, que a mí me parece más complicado de rematar–, para que sufra lo menos posible, y, por supuesto, por los perros para no los hiera o mate el guarro. Como no tenía que entrar gritando el consabido “voy al remate” a los compañeros de puesto, ya que estaba solo, entré con la debida precaución –por los gruñidos del marrano pensé, no me digan el porqué, que era un navajero– pero con determinación; el cochino estaba muy bien sujeto, podía entrar perfectamente desde atrás y además enseguida me di cuenta que era una jabalina, hermosa, pero jabalina. Todo quedó resuelto con rapidez, la cochina dejó de sufrir y los valientes y excelentes perros siguieron su quehacer montero en cuanto rematé. ¡Reconciliación con el rehalero que llevo dentro!

En la tira de monte vi, después, seis cochinos más, con una jabalina enorme con unos bermejos ya grandotes, un primalón que casi me arrolla, otros seis venados, con uno muy importante que iba en collera con otro y que al final de la jornada no se cazó, además de varias ciervas.

El monte repetía, una y otra vez, su letanía: ladras, tiros, carreras… que poco a poco iba languideciendo hasta que llegó el típico arreón final… y se acabó. Ante los tiros escuchados, se tenía que haber cazado mucho, pero que mucho. Porque además al final el día acompañó en lo climatológico, a pesar de los negros nubarrones del amanecer.

Comenzaron a llegar los remolques con la caza abatida al patio habilitado por la propiedad, tanto ésta como la organización, trataban de exponer con el mayor respeto la caza abatida, y esto es algo que se agradece.

Como la llegada de lo cazado se iba a alargar bastante tiempo por muy rápida que fuera, me dio tiempo a arrearme el cocido antes comentado, reconozco que soy un poco bastante tripero, pero a quien inventara la sopa de cocido había que hacerle un monumento.

No dejaban de llegar cochinos y reses. Para no alargar mucho la espera, en el parte veterinario figuraban 159 jabalíes, 34 venados y 26 ciervas. Dirán ustedes y no sin razón, 6 x 25 = 150, y además no todos los puestos hicieron el cupo de jabalíes. ¿De dónde sale este excedente jabalinero? Pues muy sencillo, lógicamente de los agarres de los perros que en este tipo de monterías son habituales, y no sólo guarros, también agarraron algún venado y alguna cierva.

Entre los jabalíes cobrados había 75 machos, de lo que actualmente se dice ‘con boca’ (75 bocas), no soy muy partidario de este término, lo que no implica que esté en contra de su uso, lo he dicho un millón de veces, la jerga de la montería es, además de rica, dinámica, y me parece perfecto quien lo utilice, pero a lo que voy, lo que yo llamo navajero, ese macho que cuando se acula ya hace daño a los perros, con unas buenas defensas, sobre todo las navajas, de esos había 60, que los conté uno a uno. No me hablen en esta ocasión, por favor, de medallas, lo que dicten finalmente los taxidermistas o mejor las comisiones o juntas de homologación, lo digo porque había varios machos que estaban rozando el metal, eso es muy difícil de valorar en verde. Y digo machos porque Saúl lo dijo muy claro antes del sorteo: “Hay muchos machos, pero es muy difícil hacer el cupo sólo de machos”, pero dijo machos, no medallas.

En cuanto a los venados, había un precioso 15 puntas que no hace falta homologar para saber que es bronce, con otra quincena de los que podemos catalogar de buenos de montería para arriba, y uno con las cuernas un tanto raras, aún con borra y sin acabar de desarrollar, seguramente por un golpe testicular o algo similar. También llegaron a la casa dos venados que, desgraciadamente, se habían enganchado las cuernas en berrea no pudiendo desengancharse, sufriendo así una lenta y penosa agonía.

Las armadas donde se completaron más cupos, sobre todo de cochinos, fueron Valhondo, Navajera y el Sopié, aquí, el joven cazador Martín, que no puede ser más majo, y al que su abuelo le dejó jugar gran parte de los lances, se hizo el solo con una cochina muy grande y tres navajeros.

En este momento, amable lector, no puedo evitar echar la vista atrás. Sin ir más lejos, al lado, en Lituero Bajo, cuando era un niño e iba de morralero con mi padre, un vareto literalmente saltó por encima de nosotros cuando asomó al puesto, ¡qué emoción! Pero casi tanta o más emoción teníamos porque nos había entrado algo –aunque no se pudiera tirar– que por lo del salto del vareto. Mirando enfrente de Lituero, al otro lado de la raña, está Ardales, aquel mes de diciembre de 1971, tras levantarse la espesa niebla que inundaba todo el valle, se pudo montear. Mi padre en el sopié cobró cuatro venados, entre 12 y 14 puntas, con dos medalla de bronce, algo inusual e increíble para aquella época que incluso se reflejó en los ‘papeles’.

No eran tiempos mejores, no lo considero así, eran diferentes, porque después de tantísimos años claro que hay cosas que contar, pero lo más normal era pasar un más o menos estupendo día de campo, y ya, con nulo gasto de munición, y hombre, ante esa tesitura, es bastante más divertido, sinceramente, lo que ocurrió el pasado 23 de febrero en Lituero Alto.

Crónica y fotografías: Adolfo Sanz Rueda

DATOS DE LA MONTERÍA

Organización: Saúl Bravo Servicios Cinegéticos

Fecha: 23 de noviembre de 2018

Finca: Lituero Alto Mancha: La Casa

Finca cerrada Hectáreas monteadas: 700

Término: Marjaliza, Toledo

Puestos: 25 / Cupo: 2 venados, 3 ciervas y 6 jabalíes / Rehalas: 14

Venados: 34 (1 bronce)

Jabalíes: 159 (75 machos, 60 navajeros, homologaciones pendientes)

Ciervas: 26

GALERÍA FOTOGRÁFICA EN LA JUNTA

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GALERÍA FOTOGRÁFICA EN EL MONTE

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