Oro suizo

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Íbex en los Alpes
Por Enrique Grande

Día 10 de octubre de 2011, son las 06:00 horas.
–Enrique, ¿qué ha dicho Frank? –me preguntó Pedro Hafner.
–No podemos salir a cazar con este tiempo. Me llama otra vez a las nueve. Vamos a desayunar mientras tanto.
Pedro Hafner, mi amigo el Suizo, gran apasionado de la caza de montaña, nacido en Laussanne pero con acento andaluz.
Gracias a Pedro y a sus gestiones pudimos desentrañar la burocracia suiza y solicitar uno de los escasísimos permis de chasse para mi ansiado bouquetin.
Quizá fue cosa del destino conocer a Pedro cazando machos monteses en la almeriense Sierra de Gador y tres años después volver con él a su tierra natal a por otros caprinos.

10 de octubre, 09:30
Sigue lloviendo. He hablado con Frank hace un rato y, con mi francés de preescolar, me ha parecido entender que hoy no cazamos y también algo así como:
–Un amigo te llamará y te explicara el plan.
Nueva llamada de teléfono. +34 en la pantalla. ¿España?
–¿Enrique Grande? Soy Tomeu Blanquer, amigo de Frank.
–¡Encantado Tomeu! Cuéntame.
–Frank me encarga que te diga que hoy no se puede cazar. Es muy peligroso por el hielo que se esta formando arriba.
Tomeu me sigue explicando cosas, aunque una parte de mi mente ya estaba procesando información… Tomeu, Tomeu Blanquer…
De pronto, recuerdo… Una revista de caza, un cazador mallorquín apasionado por las llanuras de Tanzania… difícil de olvidar. ¡Eureka!
–Tomeu, yo te conozco, he leído tu entrevista hace tiempo
–Enrique, yo también te he visto en Caza y Safaris y sé que estás de presidente del SCI  Occidental Andalucía.
–¿Me llamas desde Mallorca?
–No, estoy en Suiza, vivo aquí la mayor parte del año. Voy a acompañaros a cazar el íbex mañana. Nos vemos esta noche para cenar.

10 de octubre, 19:00
Llegan Tomeu y Frank. Presentaciones y calurosos saludos, aunque ya queda poco hielo que romper. Tomeu se mueve como pez en el agua entre el español y el francés y nos comunica, interpreta y traduce a todos con una amabilidad exquisita.
Íbices haberlos haylos, algunos muy buenos (ya empieza la calentura…), estamos obligados a intentar cazar un macho viejo y, por lo que me cuenta Tomeu, superar el metro entra dentro de lo posible, aunque bordeando lo mítico.
11 de octubre, 06:00
Hay estrellas y ni un soplo de aire. Pinta bien. Fresquito lo justo. Es el momento de pertrecharse. Frank y Tomeu llevan taco para reponer fuerzas, yo mi Blaser 8×68 S y ocho balas como ocho puñales con puntas H- Mantel de RWS. Espero que sólo me haga falta una, especialmente con la mira Swarovski del 2,5-10 x 42 aunque no es la ‘flecha’ la que falla… es el ‘indio’.

11 de octubre, 07:00
Frank y Tomeu aparecen en un diminuto Land Rover y nos acomodamos entrando por la puerta de atrás con dificultad.
Empieza, en ese momento, un camino de subida casi directo al cielo. Comprendo ahora el tamaño del vehículo, menos peso, menos dificultad para subir y más corto, menos dificultad para girar en estas curvas tan cerradas que merecen dos maniobras cada vez.
Paramos en un par de curvas y cuatro pares de ojos empezamos a gemelear. Nada. Vuelta al carro y para arriba. Llegamos al final de una pista forestal derrapando entre la nieve y parada definitiva. Aquí se acaba la civilización… abajo y vuelta a darle al ojímetro.
Mientras los demás se afanan en distinguir íbices a kilómetros, yo me concentro en la montaña más cercana y en el filo de unos abetos, una figura negra, cuadrúpeda y estilizada, se desplaza ágilmente por la pendiente. Los dos garfios que presenta a modo de cuerna no llevan a engaño.
–¡C…! ¡Chamois, allí en frente! –Anuncio con emoción.
Los demás confirman el avistamiento y vemos que no está solo. Son un grupo de cuatro o cinco que se desplazan a buen ritmo buscando las alturas. Tanto movimiento puede llevar algo de celo o de susto, ya que, me comenta Tomeu ,que durante la semana los cazadores locales están dando batidas a los corzos.
Efectivamente, es más negro que el rebeco o el isard y está entre mis proyectos futuros. Ya nos veremos algún día.

Un ascenso atroz
Seguimos para bingo después de cantar línea y el premio se lo lleva Frank, como es natural.
–¡Bouquetin!
–Hay un grupo de íbices ahí arriba por encima de la cascada –traduce Tomeu.
–¿Y cómo se puede llegar hasta ahí? –Aunque ya sospechaba lo inevitable.
–Andando.
Empieza la partida y la paliza. Frank en cabeza, a continuación yo y detrás Pedro y Tomeu. Sigo las huellas de Frank en la nieve que parecen las de Armstrong en la luna. Al principio la nieve llega al tobillo, pero luego vamos enterrando también las rodillas.
El bastón es una ayuda importante y el rifle al hombro es una cruz, pero es mi cruz y mi penitencia y no quiero que la lleve nadie, a pesar de los generosos ofrecimientos.
Vuelta a gemelear tirados en la nieve. Ahora sí veo los íbices. Hay varios grupos y en total pueden ser unos veinte. No distingo grandes y pequeños, pero sí adivino cornamentas, lo que aumenta mi emoción.
–Hay uno que parece muy bueno y abierto. Estará por los 90-95 cm –me calienta Tomeu.
–¡Tampoco hay que buscarlo tan bueno, Tomeu, con 80 cm me conformo! –Mi cartera ya empieza a tiritar.
–El problema, Enrique, es que hay que cazar un animal maduro de más de 12 años, y en esta zona los crecimientos que dan son muy grandes. Es raro que un animal viejo mida menos de 90 cm. Es la ley suiza, aunque puedes elegir no tirar.
Hay que seguir subiendo. Empiezan algunas caídas, sobre todo al ceder la nieve por nuestro peso y quedarnos enterrados hasta la cintura. Salir de los agujeros conlleva un esfuerzo extra de brazos, piernas y pulmones.
–Estamos a unos 2.500 metros, por lo menos, y los íbex están cerca de la cima que está a 3.000. A esta altura es normal cansarse más porque hay menos oxígeno –aporta Pedro como información de ‘consuelo’.
Otra parada para descansar. No se si echarme los prismáticos a la cara. Me da miedo ver al ‘pavo’.
–¿Lo ves encima de la piedra? Está de cara… ¡Qué abierto es! Se le ve ahora perfectamente –Tomeu susurra con un punto de emoción.
–A ver… ¡Jod…! ¡No quiero verlo más! –Había visto la uve de los cuernos grande perfecta, muy abierta, destacando sobre los demás machos.
–Es muy bueno, está echado y tranquilo –confirma Pedro con una gran sonrisa.
Seguimos muy lejos para el tiro, a unos ochocientos metros. Hay que seguir subiendo. Los íbices nos observan tranquilos, señoreando desde las cumbres, seguros de su posición, triscando hierba alrededor del patriarca que, tumbado en una piedra, parece controlarlo todo a sus pies.
Otra parada y ésta sí puede ser de las últimas. Ahora hay taco suizo para reponer fuerzas. Tomeu –bendito sea– saca quesos y embutidos, una botella de agua y pan para empujar.
Menos Hafner, el Flaco, Frank y Tomeu han sudado también lo suyo y el cuerpo les pide combustible, como a todo buen cristiano.
–Vamos a cruzar las cascada, subiremos un poco más y nos ponemos a tiro. ¿A qué distancia tiras bien, Enrique?
–A más de doscientos metros…  no especialmente, Tomeu.
Ni soy francotirador ni he entrenado a trescientos o cuatrocientos metros. Además… quiero estar cerca, lo más cerca posible de este pedazo de cabra.
Marchamos de nuevo. Las últimas pendientes son muy acusadas y me imagino que cada paso que doy es un metro menos… a ver si puedo contar hasta cien sin parar. La cascada, por fortuna, es una torrentera que tiene buen pase.

¡Por fin a tiro!
A unos cien metros de mí, veo que Frank se quita su mochila y empieza, con la ayuda de pies y manos, a cavar una especie de trinchera junto a unas rocas. Se tumba fijando los cantos de los pies y ensaya posturas de apoyo. Ha encontrado un lugar para el tiro.
El viejo bouquetin sigue tranquilo, tumbado en su solárium de piedra. Le echo prismáticos y puedo ver como rumia de lado a lado, como un viejo marinero mascando tabaco. También se rasca la oreja con una pata trasera… ¡Vaya sibarita está hecho!
Ahora sí cargo el Blaser. Tres balas son suficientes y cerrojazo suave. Seguro puesto. Me quito la parka para estar más cómodo, e improviso con ella una especia de manta encima de la nieve.
En lo que me lleva hacer todo esto, Tomeu me instruye de las últimas novedades sobre la ley de caza suiza.
–Enrique, no se puede quedar un animal herido. Si después del tiro lo tocas y no cae seco, Frank tiene que tirar para asegurarlo. Es la ley suiza.
Somos dos los que apuntamos en este momento, lo que no me hace gracia. No quiero que me secunden el tiro ni, por supuesto, que tiren a la vez que yo y mucho menos que si fallo, nuestro guarda por ‘ayudar’ me apiole el bicho y lo ponga patas arriba.
Hay que hacer las cosas bien, no queda otra. Veo claramente al íbex pero un poco lejos para mi gusto.
–Tomeu, ¿a qué distancia está?
–A unos doscientos metros. Tiras muy hacia arriba, recuerda apuntarle un poco bajo para corregir la trayectoria, hay un ángulo de unos 40º.
–¡Ok! –Una cosa más a tener en cuenta, además de Frank.
–Espera a que se levante para tirar. En algún momento se levantará.
Aunque lo veo mejor a diez aumentos, decido bajarlo a ocho. No me va bien cuando ‘acelero’ al máximo los visores.
Estoy en fuego. Tomeu vuelve a traducir instrucciones de Frank.
–Enrique, ¿lo ves bien? No vayas a confundirte con otro más pequeño de los que están alrededor. Recuerda que es el que esta tumbado en la piedra con las cuernas muy abiertas.
–No te preocupes Tomeu, lo tengo claro, no me confundiré.
Pasan los minutos. El íbex no se levanta. Lentamente sus escuderos siguen ramoneando a su alrededor y no hay ninguna hembra que le estimule un poco el celo. Tampoco hay competencia ni rivalidad con otros machos.
–¡Pedro! Dice Frank que te aproximes unos 100 metros más por el lado izquierdo para hacer que se levanten –traduce Tomeu.
Y entonces, mi amigo, con mayúsculas, Pedro Hafner, empieza a subir, sin dudarlo, toda una torrentera con nieve hasta la cintura labrando una trocha con su propio cuerpo, luchando por desenterrar las piernas de la nieve y dando palmas y jaleando como un perrero en una cuerda. ¡Qué grande, Pedrito!
La maniobra de Pedro atrae por lo menos la atención de los caprinos, aunque tiene dificultades para continuar subiendo con la nieve casi hasta la cintura y para complicar el asunto, yo empiezo a tiritar de frío.
Después de tanto tiempo sobre la nieve, la parte baja de mi barriga, que ha quedado fuera del parka que tengo a modo de alfombra, se me está helando. El frío se me está metiendo como un cuchillo en el abdomen y me empieza incluso a doler. Ni cambiando de postura puedo cubrir mejor la zona, por lo que tomo una decisión.
Me desencaro y rápidamente recojo la parka, me la pongo y me cierro la cremallera. Vuelvo a tumbarme y a encarar de nuevo. Sigue ahí en su postura de rumia inicial y yo puedo aguantar de esta guisa, aislado de la nieve, mucho más que antes.

Ayuda celestial
«¡Dios!, ¿por qué no se levanta?» Pensaba para mis adentros.
Puede que la respuesta no estuviera en el cielo, pero de ahí viene la ayuda, y bastante celestial, por cierto.
Un avión, o avioneta, no puedo ver si macho o hembra, se acerca camino de la cima. Nos pasa por encima, tanto que no oímos nuestras voces ni a Pedro por encima del motor.
Y entonces… ¡Milagro! ¡Se levanta! Está cruzado sobre sus cuatro patas dándonos el máximo perfil de curvatura de la anillada cornamenta.
–Tomeu, está de pie y lo tengo en la cruz. ¿Lo tiro? –Siempre hay que preguntar y buscar quórum en este asunto.
–Cuando quieras puedes tirarlo –dice lenta y claramente ya con tapones puestos en los oídos.
Truena el 8, como yo le llamo, y el íbex tiembla en sus patas, se derrumba y cae al otro lado. Lanzo una especie de suspiro-grito de alivio. Cargo, más por costumbre que por necesidad. No hay movimiento de íbex a la vista. Me he quedado a gusto con el tiro que he hecho y sé que el calibre permite poco remate. No hace falta que Frank entre en escena.
–Está muerto, seguro –alcanzo a decir con un apenas audible hilo de voz.
–Le has dado, eso está claro. Tiene que  estar muerto –Tomeu me acompaña en el sentimiento.
Escucho unos gritos de Pedro.
–¡Vaya tiro! ¡Se ha despeñado por un barranco, ha caído a plomo por un cortado de 40 metros!
Desde su posición, más oblicua, vio al íbex caer en sus propias palabras «Como un boomerang, dando vueltas de roca en roca hasta la nieve». Me dice que nunca lo va a olvidar y pienso que se  merece ese recuerdo más que nadie por su apoyo incondicional y su verdadera amistad.
Frank y Pedro bajan el íbex arrastrándolo por la nieve virgen, que no es mal lecho para este final.
Abrazos, felicitaciones, sonrisas y muchas, muchas fotos.
Por imperativo legal, y de caja, hay que sacar la cinta métrica y Frank procede… aunque miedo me da.
La cinta se estira y se estira marcando 97 y 98 cm en cada cuerno, por 27 cm en cada base y 82 de envergadura. No es una cabra, ¡es un pedazo de cabrón!
El tiro lo tiene en toda su paletilla, y tiene un pelo precioso en el que puedo enterrar los dedos mientras registramos el momento con cámaras y teléfonos.
Suiza y los suizos estarán en mi recuerdo para siempre.
Frank Udry, nuestro recio y profesional guarda. Pedro Hafner, hispano-suizo y, como el mítico auto, un fuera de serie. Tomeu Blanquer, nuestro hombre en Valais, residente helvético caído del cielo. Un viejo, largo, pero muy largo y grueso, bouquetin de ensueño.
Ha sido una experiencia de oro y es lógico. Todos son oro suizo.

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