¿Se cazó el bisonte hasta su extinción?


“La gran mentira del bisonte continuará mientras se enseñe

a los niños que estos animales fueron exterminados por los cazadores a través de toda Norteamérica”

 

Con este excepcional documento, el Dr. Sam Fadala –autor de más de treinta libros de caza e investigación– acaba con el mito histórico sobre la caza y exterminio del bisonte en las grandes llanuras del American West, demostrando que no fueron los cazadores los que perpetraron semejante barbarie. Hubo muchos condicionantes, pero, sin duda, una de las motivaciones que más influyeron no fue otra que la de intentar acabar con los indios para dejar paso franco a los colonos blancos.

Por Dr. Sam Fadala Traducción: J. Thomas Saldías  Fotos: Library of Congress, Kansas Historical Society, National Archives y Stock F. Images

  

Mi amigo James me llamó para decirme: «Acabo de leer algo que va a hacer que se te ponga la piel de gallina. En unas pocas horas seis cazadores en un club de caza en New York abatieron 30.000 palomas». ¡Qué locura!, pensé; pero, luego, se me encendió una luz. ¡Un momento! ¿30.000 palomas en unas horas? ¿Cuatro horas? Eso serían 7.500 palomas por horan que, divididas entre seis, serían 1.250 palomas por cazador y hora. El shock inicial al cálculo temporalmente reemplazó el escepticismo usual de mi amigo. La caza comercial diezmó grandes poblaciones de palomas, pero, años después, los estudios foresnses demostrarían que estas bellas aves cayeron víctimas de una enfermedad aviar tan letal como el abuso de su caza.

¿Qué tal sesenta millones de bisontes abatidos en los años finales de siglo XIX? Esto hace que 30.000 palomas muertas por los perdigones en unas horas de la tarde palidezcan ante la comparación. Aun así, nosotros mismos, los cazadores, nos hemos creído la mentira. Incluso pedimos disculpas ante los anti-caza por los hechos de nuestros ancestros. Pero esto nunca pasó. 

La distribución geográfica del bisonte se extendía sobre un vastísimo dominio sin ninguna ruta migratoria definida. Las manadas se desplegaban a lo largo de Nebraska, Wyoming, Dakota del Norte y del Sur, Oregon, Washington, sin dejar de lado Texas y las provincias de Alberta y Saskatchewan. ¿Y Montana? Sólo Montana tiene una extensión territorial de 381.085 kilómetros cuadrados. Wyoming, Idaho y Oregon, en conjunto, tienen 1.102.273 kilómetros cuadrados.

Imagínese al cazador profesional o buffalo runner, como preferían denominarse, a pie, a caballo o en vagón junto a dos o tres desolladores. Preferían Sharps y Remington Rolling Blocks, algunos con miras telescópicas, la mayoría con miras abiertas. Todos de tiro único, no repetidores. ¿Cuántos bisontes podría despellejar un desollador en un día? Una hembra de tamaño medio puede llegar a pesar 700 kilos; un macho, fácilmente, una tonelada o más. ¿Vemos cómo esta locura comenzó?

 

Motivos ‘ocultos’

El bisonte americano no fue aniquilado porque no pudo ser abatido por las balas debido a su increíble número, su extenso y normalmente inaccesible hábitat, los métodos primitivos de transporte y el limitado poder de fuego de sus perseguidores. El capitán William Twining, topógrafo que estableció la frontera entre Canadá y Montana, de pie sobre una colina, observó una manada de bisontes en migración tan grande que no pudo determinar su comienzo o su fin. El número de los bisontes en una manada estaba más allá de la comprensión. El respetado naturalista Ernest Thompson Seton hizo su mejor esfuerzo en calcular el posible número de bisontes que migraban en unos sesenta millones, lo que es aceptado hoy por la mayoría de expertos como una cifra posible.

El bisonte fue abatido tanto por la caza comercial, principalemte, como por la deportiva (en mucho menor grado), pero también por un oscuro plan gubernamental. Cy Martin escribió en La Saga del bisonte que el Congreso estadounidense en 1870 debatió abandonar la confrontación directa con los intrépidos guerreros rojos de las planicies. Tetonka, el bisonte, proveía de carne, abrigo contra el intenso frío, pieles para tipis y ropa; huesos para herramientas, tendones para costura y cuerda para arcos, goma de sus cascos; sesos para curtir; vejigas para cargar agua; médula ósea como vitaminas; sebo para medicina; cráneos para rituales y escrotos para bolsas.

El dólar por cada lengua salada era superado por 3 a 3,50 dólares por cada piel, dejando más de una tonelada de carne para pudrirse. Mientras tanto, los ferrocarriles animaban a sus pasajeros a disparar desde los trenes en movimiento. Las manadas de bisontes no eran más que una maldición para los trenes. Antes que pudiesen moverse, había que colocar los raíles y dar proteínas a los trabajadores. Aquí es donde Buffalo Bill, Billy Dixon, Buffalo Jones y otros famosos tiradores se dieron a conocer. Cody fue uno de los mejores. En 1867 fue contratado por la Kansas Pacific Railroad para suplir de carne los campamentos. Bill ganaba 500 dólares al mes, una suma extraordinaria para la época. Su obligación era la de suplir el campamento principal con 10 a 12 carcasas por día. En 18 meses abatió más de 4.280 animales, un número asombroso, pero, en comparación, sólo un grano de arena en la playa.

El lado oscuro de la naturaleza humana lanzó una sombra sobre las manadas. La matanza se constituyó en la punta de lanza sobre el corazón del gran este. Si el oro se encontrara en grandes cantidades, su valor caería en picado. Había más bisontes que gente en la Norteamérica de 1800, disminuyendo su valor. El irlandés Sir St. George Gore se levantó como símbolo de la destrucción sin sentido en nombre del deporte. Oxford otorgó a Gore un diploma, pero falló en enseñarle ética.

En 1854 se gastó casi medio millón de dólares americanos en una expedición al lejano Oeste. Durante tres años, Gore, apodado Straw-whiskered Baronet (el Barón de Patillas Largas) mató animales por el puro placer de hacerlo, abatiendo 2.000 bisontes. Cuando Gore se cansaba de cabalgar en su pura sangre de Kentucky llamado Steel Trap, se
refugiaba a descansar cómodamente en un amplio carruaje. Uno de sus vagones tirados por seis mulas estaba completamente cargado de armas, incluyendo 75 de avancarga y un Sharp. 

Se registraron 8,5 millones de bisontes abatidos en un periodo de dos años, un número inflado que no concuerda con los registros de envíos de pieles. Pero, aun si fueran ciertos, estas cifras ni siquiera se acercarían al número potencial de reproducción de la manada. De todas formas, esta matanza indiscriminada fue debidamente denunciada. En marzo de 1873 el Wichita Eagle informaba: «La destrucción de estos animales durante el pasado invierno ha sido penosa. Una ley del Congreso debería establecerse para detener esta destrucción sin sentido». El Congreso estadounidense evitó un decretó en 1874 que hubiese detenido esta destrucción; sin embargo, el presidente Grant finalmente vetó la matanza. A finales del siglo XIX, un excursionista en las planicies ya no veía grandes manadas del poderoso bisonte, sino sólo huesos blanqueados, vestigios de una vida pasada donde fueron utilizados como fertilizantes, botones, dados, cepillos de dientes y otras curiosidades.

 

La ‘contribución’ del ferrocarril 

Los ferrocarriles no podían esperar a ver al último monarca de las planicies enviado a la eternidad. En mayo de 1872, el Denver’s Rocky Mountain News publicaba: «Las carcasas de animales, en diferentes estados de descomposición, a los que se les ha disparado sin sentido alguno desde trenes en movimiento, se pueden ver esparcidas a ambos lados de las vías del tren, a lo largo del territorio de los bisontes. Sería una gran idea que el superintendente de la división estableciese una norma prohibiendo los disparos de armas de fuego desde los trenes».

¿Prohibir? Los ferrocarriles aplaudieron la matanza, al igual que el Ejército ofrecía munición gratis para acabar con los bisontes. Entre 1860 y 1880 las vías de la Union Pacific Railroad dividieron las manadas de bisontes como el Mar Rojo, como lo hicieron las diferentes oleadas de colonos siguiendo el consejo de Horace Greeley: «Ve al Oeste, amigo, ve al Oeste».

 

El enemigo real: las epidemias

A pesar de la horrible tragedia que cayó sobre el bisonte, el buffalo runner, a pie o a veces a caballo, no pudo aniquilar lo que los científicos continúan en denominar como el más grande grupo de mamíferos de gran tamaño que alguna vez vagó por el mundo. 

Entonces, ¿qué fue lo que realmente pasó con el bisonte en vez de la versión conocida? Los invasores marcianos son destruidos en La Guerra de los Mundos de H. G. Wells «Por la más sencilla de las criaturas que Dios puso en este mundo después de que todos los aparatos creados por el hombre fallaron». Microbios. Little Boy y Fat Man, lanzados desde el Enola Gay y Boxcar destruyeron Hiroshima y Nagasaki en los últimos días de la II Guerra Mundial. Pero la pérdida de vidas humanas fue microscópica comparándola con la destrucción de la peste bubónica en Europa, pandemia que acabó con casi 30 millones de personas alrededor de 1340. Tras la I Guerra Mundial, la gripe española diezmó un mayor número de personas en sólo un par de meses que todas las bombas, balas y gas mostaza lanzados sobre los soldados entre 1914 y 1918. La matanza indiscriminada de bisontes es un hecho; pero decir que la especie fue destruida por las armas es ridículo.

El Dr. Rudolph W. Koucky, patólogo, concluyó que algo más letal que las balas causó la desaparición de los ‘peludos’. Su investigación indica que el bisonte desapareció tan rápidamente en 1883 que los cazadores asumieron que las manadas se habían movido, y que retornarían en la siguiente temporada. En el otoño de 1883 los que compraron cuotas de caza retornaron con huesos para vender, pero no pieles. En 1884 los cazadores deportivos que contrataron guías para abatir bisontes fueron recompensados con cancelaciones en vez de cacerías. No se podía encontrar un animal. Un día el Dr. Koucky descubrió algo interesante: una enorme pila de huesos de bisontes en las planicies de Montana. Los esqueletos no mostraban huellas de balas. Según la conclusión del patólogo, «se echaron y murieron». Obviamente, los animales estaban enfermos.

Después de la Guerra Civil norteamericana, grandes ranchos fueron creados en Nebraska, Kansas, Colorado y Wyoming, la mayoría de ellos con ganado de Texas, donde la fiebre de la garrapata era común. Las primeras vallas erigidas en estas áreas fueron levantadas para separar el ganado infectado. En 1825 una epidemia destruyó todos los bisontes en el este de Nebraska. Los animales perecieron tan rápidamente que no hubo provisiones para la población india de la zona (algunos de ellos murieron de hambre, otros por ingerir carne de animales infectados). En 1858 otra epidemia acabó con los bisontes del valle Platter River. El camino desde Fort Laramie, en el este de Wyoming, hasta Fort Bridger, en el oeste de Wyoming, fue declarado como «una gran ofensa para el olfato». Estos brotes epidémicos surgieron en áreas donde los inmigrantes introdujeron ganado.

El trapero de castores Yellowstone Kelly escribió una interesante nota cerca de 1867: «Nuestro rumbo nos condujo sobre una planicie ondulada cuando cruzamos una meseta elevada que se extendía por varias millas. La meseta estaba cubierta por una fina capa de hielo y, por todos lados, tan lejos como la vista permitía, había cuerpos de bisontes muertos. Estos animales estaban en buena condición física y no mostraban heridas de bala o de flechas. La causa de su muerte fue un misterio para nosotros. Al continuar nuestra marcha sobre la meseta hacia el valle de Cheyenne, la aparición de tantas carcasas alrededor causó una gran impresión en mi mente, quizás porque eran los primeros bisontes que había visto en mi vida». Esta fiable información de una persona sin ningún tipo de prejuicio ofrece una enorme prueba testimonial a las conclusiones de la investigación del patólogo Dr. Koucky.

 

La gran mentira

La gran mentira del bisonte fue mejorada por ‘expertos’ que nunca se aventuraron en America, y menos aún el territorio del bisonte. Alexander Lake, escribió en Asesinos en África: «Los americanos reciben ‘una buena paliza’ en África por parte de cazadores de otras nacionalidades debido a su enloquecida matanza de bisontes». (Alex, esto nunca pasó). Ocasionalmente, un poco de verdad emerge del destartalado velero de «la gran matanza del bisonte». En un informe científico titulado Extinción y agotamiento por sobre-explotación, de Peter J. Bryant, se describe que la matanza del bisonte fue una calculada estrategia militar diseñada para forzar a los nativos americanos a permanecer en las reservas, añadiendo que «Cerca de 2.5 millones de bisontes fueron muertos entre 1870 y 1875». En un párrafo se lee: «Las enfermedades transmitidas por ganado doméstico pueden haber tenido también un gran impacto sobre las manadas».

El teniente G. C. Donne, galardonado por su invención con una litera para cargar a los heridos durante la batalla de Custer, estimó una manada en unos cuatro millones de individuos solamente en Montana central. Si ese hecho fuese algo aproximado a la realidad, sólo los nacimientos anuales estarían en un número cercano al medio millón de terneros. 

 

La realidad de las cifras

En menoscabo de la mentira de que fueron los cazadores los que diezmaron los bisontes están los datos registrados de los envíos de pieles. J. N. Davis, comprador en la línea Northern Pacific, envió 50.000 pieles en 1882 y otras 200.000 pieles en los siguientes años de apogeo. I. G. Baker y Cía., en Fort Benton, envió 20.000 pieles en 1880 y 5.000 más en 1883. William T. Hornaday, uno de los defensores principales de que los bisontes fueron ‘aniquilados’, escribió que 1.337.359 pieles fueron enviadas en tres años en los que se alcanzaron las máximas cantidades de envío, basado en el dato registrado de 459.455. Willy añadió algunas pieles ‘extra’ por «aquellas que pudieron haberse omitido en la declaración». Pero Hornaday se vio atrapado en sus propias contradicciones. Él acepta que existieron cerca de 60 millones de animales con capacidad reproductiva; si su manipulada cifra de 1.337.359 pieles fuese cierta, ésta no hubiese hecho ni una fisura en el total de la población de bisontes.

La manada del Norte desapareció entre 1881 y 1882, junto a sus estimados 500.000 terneros del año. Los indios blackfeet de la región sufrieron enormemente: 605 ancianos y enfermos se mantenían bajo la custodia de la Agencia India en 1881. Tres mil más perecieron en 1883. Ellos no tenían alimentos y las raciones de emergencia no llegaron hasta 1885. La manada de bisontes, estimada en cuatro millones de individuos –con un incremento anual potencial de 500.000 ejemplares– disminuyó a sólo algunos remanentes entre 1881 y 1883. Una hembra de bisonte puede vivir hasta 25 años (algunas llegan a 40). Después del segundo año la hembra tiene una cría cada año. El potencial de reproducción en sí mismo reemplazaría fácilmente el número de pieles que fueron transportadas. La manada de los blackfeet no pereció bajo el fuego de las balas.

Las contradicciones se incrementaron por invenciones exageradas, tales como «2.000 bisontes empujados por indios hacia un acantilado». Buffalo Jones inspeccionó la escena. Él contó, exactamente, 41 carcasas. Una cacería de bisontes en la Reserva Standing Rock, en junio de 1882, abatió 5.000 bisontes. Hornaday, en su línea habitual, incrementó la cifra a 10.000 y también dijo que Sitting Bull (Toro Sentado) fue el jefe de esta cacería en 1882. El problema con la versión de Hornaday es que Sitting Bull no estuvo allí. De acuerdo con el agente indio James McLaughlin, Running Antelope fue el jefe indio en esa cacería. Después, está también la mentira de las «hordas de cazadores blancos que invadieron el lejano Oeste en busca de bisontes». No existe registro histórico que avale dicha versión.

Un informe indicaba que 5.000 individuos invadieron Miles City, Montana, para cazar bisontes en 1881. Eso debío ser muy duro para los dueños de negocios, hoteles y barberos, pues la población total de la ciudad en esa época era de sólo 600 almas. 

No existe un registro sobre el número de cazadores de bisontes, pero el envío de pieles ofrecía la base para sustentar mentira sobre los miles de cazadores y desolladores. ¿Podríamos creer que un periódico podría imprimir una mentira? Aparentemente sí, pues un artículo declaraba que 250.000 pieles habían sido transportadas, cuando la verdadera cifra estaba por debajo de las 40.000; pero 250.000 ‘vende’ más que 40.000. En el año 2001, un ‘documento científico’ apoyaba la versión de que existieron sesenta millones de bisontes y que los cazadores mataron a la mayoría de ellos. El autor manifiesta que «quizás 2,5 millones de bisontes fueron muertos anualmente entre 1870 y 1872», sin siquiera mencionar documentalmente el resto de la población con potencial reproductivo.

Hornaday, asistido por James McNaney, un ex buffalo runner, se hizo con 25 bisontes para el Museo Nacional de Washington D. C. Tras esta aventura, Willy escribió un ‘concienzudo’ documento ‘científico’ sobre la biología del bisonte, describiendo la tan exagerada cacería en la Reserva Standing Rock. Hornaday escribió sobre los cazadores: «Dénle un arma y algo a lo que disparar y podrá matar sin mucho problema, y pronto ¡se convierte en un salvaje nuevamente!». Hornaday ignoraba sus propios informes en los cuales describía que 500.000 bisontes machos podían ser abatidos anualmente de cualquiera de las manadas sin que esto significara una disminución relevante de su población. Él se convirtió en un ‘experto’ en bisontes en sólo un viaje al Oeste que duró un par de semanas.

 

Una muerte anunciada

Al fin de cuentas, el Gobierno de los Estados Unidos estaba absolutamente en lo cierto. El bisonte tenía que desaparecer. Imagínen el caos que una manada de ‘peludos’ produciría hoy día en Wichita (Kansas). Si la epidemia no hubiese diezmado a las manadas de bisontes, la expansión humana lo hubiese hecho con los campos de cebada necesarios para alimentar a las masas y los suelos de asfalto que se destinan para aparcar los vehículos de una oleada de compradores que inundan los pasillos de un WalMart, por ejemplo.

Se fue y no se fue. El bisonte americano reside en un número cada vez más creciente en el Custer National Park, en Yellowstone Park y en otras manadas que están en manos privadas, como la de Gillette, en Wyoming. Existen ranchos dedicados a la producción de carne de bisonte, así como a la de su híbrido, el beefalo (bisonte con ganado vacuno). 

Los restos de las manadas salvajes siguen creando controversia. Los rancheros siempre están sospechando que bisontes infectados puedan salir de los parques nacionales y contagiar a su ganado. Y siempre se puede contar con que alguien acabe pisoteado mientras trata de tomar una foto demasiado cerca de un animal lo suficientemente grande como para voltear a una persona como si fuese una mosca con un simple movimiento de su poderosa cabeza. Esto pasa todos los años.

La gran mentira del bisonte continuará mientras se les enseñe a los niños que estos animales fueron exterminados por los cazadores a través de toda Norteamérica. Bisonte, de Emilie U. Lepthien, de Children’s Press, incluye un capítulo llamado La matanza del bisonte. Los cazadores, por supuesto, reciben el ‘mérito’ de llevar al bisonte hasta casi su extinción. Nunca les ha interesado enseñar la verdad: que el plan de restricción de los indios de las planicies incluyó el aniquilamiento del bisonte para que, privados de su principal medio de subsistencia, dejaran libres sus tierras a los colonizadores; que tiradores –que no cazadores– tomaron parte en la muerte de estos animales únicamente por diversión; que el ferrocarríl quería eliminar a este animal para siempre, que impedía la marcha de sus máquinas; y que, a pesar de todo esto, sesenta millones de animales, moviéndose en libertad, es matemáticamente imposible que hubiesen podido ser eliminados por los tiradores, ya fuese a pie, a caballo o en vagones tirados por mulas, en territorios vírgenes que se extendían por miles y miles de kilómetros cuadrados. CyS

 

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