Capítulo I – Permítame que me presente

Don-Paco-parte-1Por José Fernando Titos Alfaro

Mire usted, por aquí por Andalucía –la tierra de María Santísima, por más señas si es que usted no lo sabía– indistintamente, a que uno se llame Francisco Javier, Francisco de Asís, Francisco de Paula, Francisco de Borja o Francisco vaya usted a saber ahora de qué, ese nombre de ‘Francisco’ suele transfigurarse en este otro de ‘Paco’, si es que no en aquel de ‘Frasco’ o ‘Frasquito’, que aquí lo sería por la gracia de Dios, o en aquel otro de ‘Curro’, que en este caso, además de por la gracia de Dios, lo sería también por la gracia de estas tierras del Sur, que por cierto, la tienen a espuertas.

Y así un servidor de Dios y de usted, llamándose como se llama Francisco de Borja, de siempre se me llamó Paco, si bien es cierto que, conforme me fui cargando de años y, al parecer, fui tomando un aspecto de venerable patriarca, los lugares me fueron anteponiendo gratuitamente ese honorífico de ‘Don’, para ser llamado ya definitivamente y para los restos, ‘Don Paco’.

Y conste que a mí esto de ‘Don Paco’ me va tal vez por creer que da mi justa medida, pues si bien aquello de ‘Frasco’, ‘Frasquito’ o ‘Curro’ hubieran pecado en mi persona por defecto, aquesto otro de ‘Don Francisco de Borja’, lo hubiera sido por exceso, por creerlo como demasiadas alforjas para tal jumento, ¿no le parece?

Reconozco, no obstante, que lo del ‘Don’, ve usted, me vino como caído del cielo, como ya he dejado apuntado, porque yo… ni el bachillerato siquiera. Y no es que mi padre –que Dios tenga en su Santa Gloria, pobrecito mío– no lo intentara, pues el pobre se gastó en mí lo que no está en los escritos, llevándome a los mejores colegios de Sevilla e, incluso, a los de estas colindantes tierras de Badajoz, que también los tuvo siempre de muchas campanillas. Pero el niño no nació para los libros, y no hubo manera.

Para lo que vine yo a este joío mundo, fue para ser campero, es decir, labrador y ganadero. Tanto es así, que hasta creo que ganadero y labrador debí ser concebido en el vientre de mi madre, y que, como tal, lógicamente debí ser parido. Así que mi apego a estas tierras siempre fue tal, que aquí me tiene usted, con caso ochenta y cinco años ya, sin haberme separado de ellas ni un solo día. De aquí no ha habido ni habrá quien me saque ni con una grúa. Ni hasta en el día que me tengan que conducir «con los pies por delante en el estuche de madera», porque será entonces, precisamente, cuando ya me quedaré en ellas por los siglos, amén, ya que he tenido el buen cuidado de dejar testado ser enterrado en ellas precisamente.

Y no crea usted que mis hijos no vienen intentando sacarme de aquí, sobre todo, desde que hace ya unos años, me vienen viendo cargado de años en demasía. Mis hijos –cinco varones y tres hembras– todos viven bien gracias a Dios, y muy bien avenidos y situados, por cierto, y hasta con sus muy bien avenidos y situados, por cierto, y hasta con sus muy buenas carreras universitarias la mayoría de ellos, siempre andan a la carga conmigo, para que me vaya, indistintamente, con los unos o con las otras, a Madrid, a Cáceres o a Sevilla, que es por donde andan desperdigados, para que, sin cargo alguno y sin preocupaciones, pase lo más tranquilo y cómodamente posible los días que aún me de Dios de vida. ¿Qué hago yo aquí –me suelen decir– perdido en estos lejíos cada vez más y más depauperados y desolados…?

Pero… ¡Qué va! Yo donde realmente me siento feliz y como en mi propio medio, es aquí apegado a mis tierras. Si las abandonara, entonces sería cuando, al otro día ya, iría con toda seguridad hacia ‘el huerto de los callaos’. Y usted ya me entiende. A mí las grandes ciudades, con sus bullicios y sus pocos horizontes, me asfixian. ¿Quiere usted que le diga una cosa al respecto…? ¡Pues se lo voy a decir! Cuando por alguna causa, me me he tenido que ver ante la ineludible obligación de acudir a la Capital, para estar dos o tres días como máximo –nunca ni un solo día más– en el piso de alguno de mis hijos, siempre me sentí como un pájaro de perdiz metido en la jaula, e incluso, acudiendo de cuando en cuando al balcón o a la terraza, a modo y manera del perdigón que intenta tomarse un respiro, sacando la cabeza entre los alambres del comedero.

¿Y si sale usted a la calle, qué…? ¡Otro tanto de lo mismo! ¡Sale usted de Guatemala y se mete en Guatepeor! Entre los apretujamientos del gentío, que parece confluir hacia uno de los ‘cuarenta mil puntos cardinales’ de estos hormigueros humanos, que no de los cuatro académicos de cualquier otro lugar, y el peligroso incordio de los coches, que te pasan casi afeitándote el bigote, te ponen de una guisa tal, que es como para perder los estribos. Que sí, hombre, que sí. Que es lo que yo le digo, y como se lo digo.

Recuerdo que un día, yendo por la estrecha acera de una de las calles de la ciudad, me tuve que echar fuera de ella, por un momento, para ceder el paso, caballerosamente, a unas señoras que me venían de frente. Lo suficiente para tener un coche pegado al culo, tocándome el claxon, en tanto que el conductor, hecho un energúmeno, me gritaba, gesticulándome mil maldiciones e improperios.
–¿Pero qué se cree usted –tuve que contestar un tanto fuera de mis casillas también–. Que porque uno sea hombre de campo, también tiene uno que llevar ojos en el cogote…? ¡Valiente tío pejigueras!

Mis hijos, cuando se dejan caer por aquí, que, por lo general, suele ser en tiempo de cacerías y matanzas, quieren tirar de mí. Ya se lo he dejado dicho antes, y es que ellos –los unos y las otras– a la menor ocasión que se les ofrece, siempre andan con la misma monserga. «Que si no me da nada estar aquí como una reliquia viviente del pasado, perdido por estas andurrías y totalmente al margen de las muchas y espléndidas comodidades y diversiones que, hoy por hoy, ofrece el progreso y la modernidad de la ciudad». Pero yo… exactamente igual que el que oye llover o, como dicen que decía aquel, predíqueme usted, padre, que por un oído me entra y por el otro me sale». Y es que no lo puedo remediar. Para mí el campo, y más concretamente el de estas bravías sierras, es la misma vida. Es lógico además que sea así, porque hasta las obligaciones que a él me ligaron y me siguen ligando, siempre brillaron en mis ojos como las más gratas complacencias. Después de esto, ¿qué puede esperar que le diga en cuanto a mis devociones, que también son, ¡pues no faltaba más!, camperas hasta más no poder?

Yo, como cada mortal, también he tenido que ganarme el pan nuestro de cada día con el sudor de mi frente, como manda El Señor, pero, gracias a mi buena estrella, al tener que caer este mi sudor sobre mis propias tierras, siempre se me transfiguró, como por arte de magia, en el más dulce de los anhelos y en la más sugestiva de las esperanzas.

Mis devociones en el campo también estuvieron siempre dentro de lo más natural y sencillo, por lo que también las sentí como algo profundamente humano y, por descontado, conforme a la Ley de Dios. Gocé hasta lo indecible con la escopeta en las manos, pateando esos eriazos, dehesas y canchales a rabo de los más encastados perros que jamás se ‘rompieran’ por estas sierras, si es que no con la jaula a las espaldas en busca de un lindazo, ‘corono’ o erial para ‘dar el puesto’ con lo sobervios ‘reclamos’ que siempre tuve, sacados de estas bravas y luminosas tierras. ¡Auténticos campeones fueron siempre también mis ‘pájaros’!

Hoy, mire usted por donde, se me han cambiado un tanto las cosas, convirtiéndose, paradójicamente, las que fueran mis obligaciones en devociones, y, por el contrario, las que fueran mis devociones en obligaciones. ¿Increíble, verdad? Pues créame, porque así es. Es lo que, en definitiva, intento contarle precisamente.


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