Cómo salvar a un cochino de la muerte y que luego él te intente matar…

Imposible para ser real. Increíble. Ni Jaleo ni su jinete podíamos creerlo. Pero la verdad es que la hazaña ha dado que hablar. Y que soñar. ¡Qué tarde! ¡Qué poderío el de Jaleo! ¡Qué malas pulgas las del cochino…!

Paseando por la avena recién segada me encuentro a dos de los guardas. Estamos charlando próximos a la linde donde una vieja alambrada se resiste –a base de remiendos– a ser cambiada. A pocos metros de ella, fuera de la finca, una collera de esperistas vigila la gatera que toman todos los cochinos del vedado para arrasar con el trigo que, con más ansias de llenar la despensa que otra cosa, defienden. No podemos decirles nada, pues cuentan con autorización legal. Están en mitad de un raso, de una raña más larga que un día sin pan. Ni un árbol ni una mata, pero los condenados marranos están encelados con el trigo mocho y no lo cambian de su menú ni por pienso ni por avena ni por nada del mundo.

En esas estamos, charlando, cuando me despido de mis compañeros. Me quedan pocos metros para salir por la portera cuando Jaleo se para y empieza a descomponerse. Los guardas, a no muchos metros, advierten el inmediato nerviosismo de la yegua que no para de escarbar con la mano. Bufa, se descompone. No me hizo falta nada más: alcé la vista y contemplé por mitad del raso, tan campante, a un macareno de casi cien kilos. Iba derecho a la gatera, con el aire de lado, sin tomar precauciones… Iba derecho a una muerte segura donde dos artistas ya se estaban preparando para convidarle a una ración de postas loberas. No lo dudé y menos aún mi montura. Como flechas salí a cortarle la cara al marrano para echarlo fuera de la alambrada y dirigirlo al monte, lejos de aquel lugar, y estaba dispuesto a dejarle huella y marca para que lo advirtiera a todos los de su especie. Jaleo no pensó nada, sólo volaba por la avena recién segada…

Corrí como nunca he corrido y corté al cochino que con lo confuso de la situación tomó raso arriba… Ya estaba fuera de peligro escopetero. Ahora me toca a mí. Y ahora también le toca a Jaleo.

Me esquivó un par de veces, marré otras dos. El verraco ya abre la boca enseñando defensas y cansancio. Ya corre más franco. Jaleo no apura el nervio y sabe cual es su misión. Me duele el hombro de soportar el peso de la garrocha en ristre tanto tiempo. Pero mi mente podía más que mi cuerpo. Y el cochino, el cochino que más cerca ha estado de la muerte del mundo, tomó la querencia del monte ultimando su potencia. Solté riendas y mecí espuelas. Monté el palo y grité con toda mi alma animando a mi yegua alada. A lo lejos los guardas me miraban alucinados. Más lejos aún dos perdedores en la batalla de la naturaleza mentaban en alto a todos mis ancestros. Oídos sordos y pensamientos en blanco. Ahora era el momento de apostar a la muerte.

No sé qué velocidad tomé, ni quién tuvo más valor, si el jamelgo o el loco que le animaba. Ya quedan pocos metros… El cochino nos siente encima, Jaleo quiña orejas y estira cuello para morderle. Prendí la vara con toda la adrenalina que llevaba en las botas y entallé carne… No solté, de hecho, apreté espuelas y solté más rienda aún. La vara se dobla, se doma como si fuera de papel… Me agarro a ella más que a la vida. Si algo tiene que romperse, que Dios disponga… Fueron dos milésimas de segundo… Y un tremendo cochino rodó dando volteretas por mitad del segado. Se levanta aturdido, se viene al caballo, pero no lo entalla. Corre de nuevo al monte. Y corre el centauro a por él…

Fueron algunos de los minutos más sublimes de mi vida: volteretas y más revolcones, sudores y jadeos. Arreones y embestidas.

Queda poco para el monte y el marrano va a salir del corredero para cruzar un camino y entrar en zona de seguridad. Salí a darle el último envite, ya lejos de donde empecé. El guarro va a cruzar el camino que tiene dos anchas cunetas. Está a punto de perderse… Y animé a mi amiga a no tocar el suelo, a no pisar el camino, a saltar por los aires y a matarnos juntos tras un cochino una tarde de primavera…

El final de la fiesta tiene que llevar un brindis y yo me juré que aquella dedicatoria iba a mi compañera Jaleo, que apareció en mi vida como un reto, que todo me lo perdona y todo me lo regala. Que me respeta y me quiere, aunque a veces su exceso de nervio le pueda. Y brindé por todos aquellos locos que se conforman con un caballo y un par de espuelas…

Y salté el tremendo carreteril para salvar la vida a un soberbio cochino, y recordarle que nunca más se acercara aquella alambrada, mientras huía al monte rodando sobre un jaral que nunca le fue tan acogedor. 

Por M. J. “Polvorilla”

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