‘Ratas’, por Felipe Vegue

Leo en la prensa: «París quiere acabar con su plaga de ratas y miles de parisinos se oponen al considerarlo un genocidio». No me digan que este titular no invita a su lectura y cavilación.

La humanidad siempre ha considerado a los roedores «adversarios irreconciliables», culpables de pestes y hambrunas y, entre todos ellos, la rata es el enemigo número uno, destructora de cosechas y haciendas, portadora de virus y culpable de plagas, que con sus excrementos contaminan y estropean más de lo que consumen y, por si esto no fuera una buena motivación para su control poblacional, ahora aparecen miles de valedores de conceptos teológicos y doctrinales nunca vistos, imponiendo un ideario progresista que pocos podemos comprender.
Existen países con capacidad para el escándalo dramático, pero en este tema Francia se convierte en el número uno. Parece ser que no hay cuestión lo suficientemente ridícula que no merezca ser mediatizada y consiga dar créditos a la estupidez de algunos. Cuando el Ayuntamiento de París anunció una campaña de desinfección y control de ratas a gran escala, miles de justicieros parisinos, asistieron indignados a los acontecimientos y manifestaron su ira, «por encima de mi cadáver», se dijeron, y allí que van, lanzados, con 20.000 firmas en contra del ‘genocidio’ de las ratas. Veremos cuánto tardan los de este lado de los Pirineos en secundarlos.
El problema es mayúsculo, pero mucho más es la reacción exagerada del animalismo, y la opinión pública francesa –digo yo– estará embobada comprobando como las ocurrencias de estos chicos alcanzan a sorprenderlos, acostumbrados a dejarlos hacer y no tomarse en serio las ocurrencias y disparates de esta nueva progenie, parida en el estado de bienestar. Al día de hoy, el Consistorio parisino ha tenido que cerrar varios parques públicos ante la ubicuidad de los roedores callejeros. Hacía más de cuatro décadas que las ratas no proliferaban con tanta alegría por las calles parisinas.
Recuerdo de niño como, en mis primeras escapadas secretas con la escopetilla de perdigones, acudía a las granjas que entonces proliferaban en los alrededores de Valladolid. Allí el estiércol se amontonaba y las sobras de los mercados de la ciudad se reciclaban, siendo destinadas a las granjas del alfoz para alimentar a los distintos animales domésticos. Las ratas encontraban buenas condiciones para su proliferación y con las esperas tranquilas o las descubiertas lentas y silenciosas entre los aperos, cochineras y leños apilados se conseguía sin mucho esfuerzo eliminar un par de docenas, para satisfacción de los granjeros.
No sé cuántos de estos agradables roedores deben de tocar a cada parisino, ni cuánto dinero tienen que gastar en anticonceptivos (que no es más que otra utilización de productos químicos para el exterminio), primera petición que hacen para el control de éstos o de otros animales los biempensantes animalistos; pero, como se descuiden, los felices matrimonios rateriles procrearán y por millones pasarán a dominar la ciudad, ya que, de media, pueden alcanzar el millón de descendientes por pareja cada lustro, por lo que no queda más solución que el control con todos los medios a su alcance.
No es broma que el sector animalista esté presionando a la Unión Europea para la prohibición de productos (venenos) que son los que mantienen a raya y Jo Benchetrit ya ha dicho que no. Esta nueva musa quiere detener lo que considera un ‘genocidio’, utilizando mal el término y significado, expresiones e insultos a las que nos tienen acostumbrados las nuevas castas de opinión, confundiendo exterminio de masas humanas con otras cuestiones, como son las religiosas, éticas o de simpatía personal.
El caso es que la atención mediática que las ratas de París ha acaparado durante los últimos días también ha proyectado, de forma paralela, la popularidad de la propuesta de Benchetrit. Por lo que sólo cabe esperar que sus peticiones sumen apoyos en el futuro a corto plazo de estos paladines, que no son más que sectarios encubiertos.
Las sectas quieren imponer su ideario y, aunque hablar de ellas no es fácil, debemos intentar defendernos no sólo con la palabra, obligando con el razonamiento y actuando con medidas legales y judiciales, no dejándonos imponer credos que citen como ciertos cualquier planteamiento psicológico, sociólogo o teológico.
Los controles de ciertas plagas sólo buscan el bien ciudadano, igual que las actividades del mundo rural nunca actúan en contra del bien común. Hay costumbres y técnicas que se adaptan por la experiencia y el conocimiento a cambios de uso y manejo, entre ellos la caza, la pesca y la misma agricultura, utilizando ciencia y tecnología en el mantenimiento de espacios y poblaciones, y soportando gran parte del costo que esto lleva aparejado.
Recuerdo como, con la plaga de topillos campesinos que soportamos en Castilla y León, organizaciones agrarias se dieron cita en la Consejería de Medio Ambiente de la Junta, soltando en el interior de las dependencias centenares de topillos. Imagínense las caras de algunos funcionarios/as al ver a los roedores y sus muestras de gratitud y amor por los animales, esto con inofensivos topillos. A lo mejor es lo que busca la Sra. Benchetrit y los firmantes: que los ciudadanos les entreguen las simpáticas ratitas, para sus cuidados, alimentación y atenciones veterinarias.
Buen futuro se les augura a las ratas.

Por Felipe Vegue

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