Hay que pensar

patxi andion gonzalez

Hay que pensar, decía mi padre, que era un racionalista irredento. No para cualquier cosa, claro, pero cuando le pedías opinión era lo primero que se le ocurría: pensar.

Parece evidente, pero el ser humano cada vez está más habituado a dejarse llevar por las usadas calzadas de los demás, las que el mercado, los poderes públicos o los gestores de opinión, han establecido para él. No es sencillo hoy en día dejarse de sugerencias y tirar por la calle de en medio, la que no nos da tregua ni en la que nadie nos apoya, en la que nos quedamos solos con nuestra mollera echando humo.

El hombre moderno es un rehén de las vigencias sociales que le sostienen. La presión de lo que sucede a los demás es tan grande que la singularidad, salvo en el arte, y puede que ni ahí, penaliza. Si uno se separa demasiado de lo que los demás aceptan hacer, corre serio riesgo de apestarse a sí mismo, de colocarse en el borde de la sociedad civil deliberadamente, al margen de las corrientes sociales, y puede que termine enfrentado a su propia sociedad. Les suele pasar a las personas mayores que no tienen miedo a decir lo que no les gusta y si son gente cultivada, puede que terminen en un lugar donde no les gusta casi nada de lo que ven a su alrededor.

Por el contrario, el hombre que acepta la tendencia, aquel que escucha la radio, ve la televisión y ojea los periódicos para buscar en ello la mejor manera de adaptarse a la moda (la sociológica), encuentra el camino mucho más sencillo, es mejor para encontrar amigos que compartan una parte del universo común, es mejor para desarrollarse en el trabajo, en la calle y en los ‘guateques’, si cabe.

El hombre moderno, que forma parte, más o menos inconsciente, de los formadores de opinión con su conducta, sin embargo, se enfrenta a veces a sí mismo, pero con doscientos o trescientos años menos, él mismo pero en otras culturas de aquí mismo que aún no se han puesto del lado de todos los demás.

La frase poética de Paul Éluard: «Hay otros mundos pero están en éste», nunca tuvo mas razón. Es en la confrontación con seres como nosotros con sus culturas, donde el hombre occidental, moderno y educado, se mide en serio con el mundo. Puede que en esa comparativa salga ganando en la mayor parte de los conceptos, pero seguro que descubre cuan lejos se ha quedado su capacidad de pensar por sí mismo, sin intermediaciones invisibles, pero determinantes, que le fuercen a conducirse de la manera conveniente, adecuada a su tiempo y las necesidades sociales de su tiempo. Llegar a lo convencional es un camino largo y sinuoso, pero huir de ello es prácticamente una aventura imposible. O casi.

El colectivo de cazadores es, en su mayoría, bastante convencional. Es lógico, somos los herederos de una estirpe antigua sin apenas cambios, salvo por la tecnología y nos comportamos de esa misma manera desde entonces hasta ahora. Somos casi lo mismo que empezamos a ser, si no fuera porque hoy casi nadie come carne de caza, asunto al que volveremos en breve. Somos gente que guardamos las esencias tradicionales respetando las jerarquías, vestimos las viejas prendas de cuero y con suerte, como un servidor, hasta nos cubrimos con una montera calatraveña de piel de chivo nonato. También hace lógica nuestra acción el hecho que, insisto, salvo por la innovación tecnológica, observamos la conducta animal que se mantiene muy parecida en la mayoría de las especies.

Pero nuestro mundo está en conflicto continuo con los otros mundos que están en éste, dentro del mismo mundo, incluso. Socialmente estamos en los márgenes del sistema al borde del despeñamiento, nadie parece querernos a su lado y los más benevolentes suelen tener algún familiar como nosotros. Eso sí, somos suficientes y suficientemente trascendentes como para que nos pongamos a pensar. Premeditadamente.

Sisean las barrancas de vuelos a pares a punto del divorcio. Junio.

Patxi Andión

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