Cuando ruge el monte.

 

Comienzan a bajar las temperaturas y a decrecer los días anunciando ya la imparable llegada del otoño, que traerá con él uno de los momentos más espectaculares del monte mediterráneo: la berrea. Tiempo de lucha, de pasión, de reproducción y de caza que marca un periodo de oro en el calendario cinegético.

 

Todos, cazadores de mayor o no, estamos ansiosos ya por comenzar a oír esos inconfundibles bramidos de los grandes venados que surcan las sierras y nos estremecen en albas y crepúsculos de un verano que toca a su fin. Mientras, ellos, incansables, compiten por las mejores hembras con las que perpetuar la especie y muestran su dominio, su valor y su poder alzando la voz.

 

Muchos estarán ya preparando sus rifles, afinando puntería y ajustando miras, nerviosos por encontrar a ese gran macho con el que cumplir el sueño con el que tantas noches en vela hemos ocupado.

 

Se inicia el periodo de una modalidad de caza milenaria, de gran tradición en buena parte de España; una modalidad selectiva, pero, quizás, no siempre conveniente y sobre la que, desde un punto de vista de gestión, deberíamos hacer algunas reflexiones y pensar si es la berrea el mejor momento para abatir ejemplares que tendrían que ser los principales actores en la mejora de las poblaciones de nuestro coto o finca. ¿No sería más conveniente cazar los grandes venados una vez terminada la reproducción, cuando ya han contribuido a mejorar la población? ¿No estaremos dando oportunidades innecesarias a animales de peor calidad para reproducirse cuando abatimos machos medallables y dejamos ciervas aún vacías en el monte? ¿No estaremos desequilibrando poblaciones que tanto le han costado equilibrar a la sabia naturaleza?

 

Son preguntas poco habituales cuando hablamos de la berrea o escribimos sobre ella. Sin embargo, sobre todo en algunas fincas y cotos en las que las poblaciones aún no están consolidadas o no han alcanzado todo su potencial, sí deberíamos cuestionar este aprovechamiento.

 

¿Qué es la berrea?

La berrea es la época de celo del ciervo, un momento de actividad sexual en la que los machos mostrarán su dominancia e intentarán atraer y cubrir al mayor número posible de hembras para perpetuar la especie y dejar que la selección natural actúe, impidiendo que aquellos animales más débiles, peor conformados o más jóvenes tengan mayores dificultades para dejar descendencia que, a buen seguro sería de peor calidad.

 

Se denomina así por el inconfundible sonido que emiten estos machos intentando conseguir llamar la atención de las hembras a las que quieren conquistar. Sin embargo, a pesar de que éste es el signo más característico, no son pocos los rituales que acompañan a estas vocalizaciones, movimientos de búsqueda, enfrentamientos con otros machos, intentos frustrados o no de montas, hacen que se perciba una actividad especial en nuestros montes mediterráneos, una vida que contrasta con el decrecer de los días, el aumento de las nubes y la oscuridad que anuncia otoño.

 

El inicio de la berrea viene marcado por esos cambios, principalmente ambientales, que tienen lugar a finales del verano. Los días comienzan a mermar y ésta es la principal señal que desata un complejo mecanismo hormonal que incita a los ciervos a iniciar su periodo reproductivo. Pero no sólo eso,  sino que también es fundamental el descenso de la temperatura, la aparición de las primeras lluvias que se acompañan de los rebrotes de otoño y la presencia de un poco de agua en arroyos y charcas, secas hasta ahora por el rigor del verano. 

 

También es importante añadir la condición corporal de los animales, esto es, el estado de carnes con el que lleguen al mes de septiembre; si la primavera se ha prolongado y el verano ha sido generoso en pastos, los ciervos estarán mejor alimentados y se encontrarán en mejores condiciones, con lo que la berrea se adelantará. Sin embargo, en años secos, con escasez de alimentos desde finales de junio en los que los ciervos no están bien del todo, es probable que en muchos lugares se retrase el celo. 

 

Otro aspecto fundamental es el estado sanitario de las poblaciones: cuando los animales están sometidos a elevadas incidencias de procesos infecciosos, como tuberculosis, brucelosis, pasterelosis o parasitosis (tanto externas como internas) la condición corporal también empeorará y los celos serán más tardíos y también más cortos.

 

La repercusión de estas condiciones se observará al año siguiente, dado que las ciervas tienen una gestación que dura unos 240 días y, por lo tanto, si la berrea se retrasa o se alarga demasiado hará que muchas hembras concentren los partos muy al final de la primavera siguiente, momento en el que el alimento comenzará a escasear y se verá comprometida la viabilidad de las crías nacidas.

 

En resumen, si las condiciones son óptimas la berrea debe comenzar a finales del verano, normalmente a mediados o finales de septiembre, según la zona, y no debe durar más de un mes. De este modo, los partos se agruparán en la primavera siguiente y se producirán en el momento más favorable para los nuevos cervatillos.

 

Ecosistemas diferentes, berreas distintas 

Como todos sabemos, España es una tierra de contrastes y esto hace que podamos disfrutar de ecosistemas diversos según viajemos a Andalucía o Galicia. Todo ello provoca adaptaciones en la conducta de los animales para aprovechar mejor los recursos de cada territorio; por eso, en el caso del ciervo y la berrea, sucede también así. No es lo mismo la berrea en el Parque Nacional de Cabañeros que en la Reserva Regional de Caza de la Sierra de la Culebra: a pesar de que los venados braman igual, cuentan con estrategias diferentes para atraer a las hembras.

 

En el caso de zonas del sur peninsular, de bosque mediterráneo y climas más secos, mayores temperaturas medias y menor disponibilidad de recursos, la estrategia principal a utilizar por los machos dominantes es intentar buscar aquellos lugares del monte donde aún hay comida, o es de mejor calidad, y luchar por el control de ese territorio frente a otros machos, de modo que, cuando las hembras se acerquen a comer allí, podrá acceder a ellas con mayor facilidad. Por el contrario, en las zonas del norte, con ecosistemas más continentales o, incluso, de influencia atlántica, con temperaturas medias más suaves y mayor disponibilidad de recursos a finales del verano que hace que las hembras no tengan tanta querencia por una zona concreta, la estrategia de los machos más poderosos es hacia la defensa directa de un grupo concreto de hembras impidiendo que otros se acerquen.

 

Cazar en berrea

Como casi todas las modalidades de caza, la berrea cuenta con una gran cantidad de aficionados atraídos, en esta ocasión, por su carácter selectivo, su dificultad, sobre todo en determinados territorios y la calidad de los ejemplares a los que normalmente se puede acceder.

 

Pero cuando llegamos a este punto es cuando tenemos que reflexionar sobre su conveniencia en la gestión de nuestro coto o finca. Si intentamos abatir siempre a animales «medalla de oro» que, además, se encuentran en su máximo apogeo y en plena reproducción, estaremos condicionando notablemente la evolución de nuestras poblaciones cervunas. Este hecho se agrava todavía más cuando iniciamos la actividad cinegética en los primeros días de berrea, en los que aún estos animales no han podido cubrir a un número elevado de hembras. Como hemos apuntado, los ciervos son polígamos y los dominantes, esto es, los mejores, serán los responsables de cubrir a la mayoría de las ciervas para intentar conseguir las mejores crías. Si eliminamos a éstos, sobre todo al principio, daremos oportunidad de perpetuar su genética a animales de peor calidad, selectivos o excesivamente jóvenes. 

 

Cuando gestionamos poblaciones estables, abundantes, bien consolidadas y de calidad, en las que hay muchos ejemplares de alto valor, el efecto de la caza en berrea va a ser escaso y pasará desapercibido desde un punto de vista de gestión, al menos a corto o medio plazo. Sin embargo, en fincas o cotos en los que la calidad no es tal y requieren de una gestión más activa para mejorar sus poblaciones es claramente contraproducente adoptar esta medida y, probablemente, haya que centrar, al menos durante unos años, los aprovechamientos de ciervos hacia ejemplares selectivos, débiles, jóvenes o con taras que puedan perjudicar la evolución de la población y respetar a aquéllos de más calidad para que puedan reproducirse cuantas más veces mejor y, sobre todo, en el periodo de máximo apogeo que, por desgracia, coincide también con el de mayor valor cinegético. 

 

Pero, como en casi todos los ámbitos de la vida, para recoger hay que sembrar, y la caza no iba a ser una excepción. CyS

 

Por equipo técnico de Ciencia y Caza

 

 

 

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