De koromas… aunque no comas

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El dicho original es con las palomas, pero, como rima muy bien, me ha parecido oportuno el título para este artículo sobre búfalos, ya que hay que ir de caza de búfalos viejos, aunque al final te den esquinazo.

Koroma es como se llama en swahili a los búfalos viejos; en realidad, a todo animal viejo en Tanzania. En Zambia se les llama kakuli. En los países anglófonos, Zimbabwe, Botswana, Sudáfrica, se les llama dagga boys, chicos del barro –dagga significa barro en zulú y refleja la costumbre que tienen de enlodarse el cuerpo estos viejos animales–. Ya sea koroma, kakuli o dagga boy, lo que está claro es que se refieren a un viejo búfalo.

Es muy frecuente que, llegados a una edad, los búfalos machos se aparten de las manadas y empiecen a llevar una vida de ermitaño, acaso compartida con otros congéneres de su edad o de un viejo maestro que se las sabe todas. Son animales de muchos años, quizás superen las veinte primaveras, y acumulan a sus espaldas una dilatada experiencia: han sobrevivido al ataque de leones, hombres y otros machos aguerridos de su misma especie. Son viejos cascarrabias, poco amigos de las bromas, y unen a la natural potencia de su raza una especial mala leche que les hace ser uno de los animales más peligrosos que existen en la Tierra.

Pero son el sueño dorado de todo cazador africano, aunque muy pocos hayan podido cazar en abierto a uno de estos ejemplares. El motivo más frecuente es que la gran mayoría de los profesionales se alivian en el trámite con los búfalos y lo dan por finalizado cuando ponen a tiro al mejor ejemplar dentro de una manada. No hay tantos cazadores poderosos que se atrevan, y conozcan, a los taimados cascarrabias.

Tanzania, noviembre 2013

Hemos perdido un día de caza: no llegaron ni armas ni municiones. Me parece un disparate que cinco personas se larguen de Dar sin sus armas y aceptan mi consejo de esperar el vuelo del día siguiente. Antes, cuando la licencia corta de búfalos en Tanzania era de siete días, quitar un día de caza era importante; ahora, si a los diez días le quitas uno es el 10%, cantidad de tiempo nada despreciable. Es la vigésimo tercera vez que realizo este viaje a Tanzania en busca, fundamentalmente, de búfalos. Siempre ha sido al final de la temporada de caza efectiva, como me gusta decir «cinco minutos antes de que lleguen las lluvias», aunque más de una vez hemos metido la pata y se han adelantando las lluvias, y a veces este ‘safari trolebús de búfalos’ se ha convertido en un remedo de supervivencia del Arca de Noé en pleno Diluvio Universal.

352 - Bufalos (2)Casi siempre he acudido al sur del Parque Nacional de Ruaha. En esta ocasión repetía el destino de 2012 en el suroeste del Parque, en un campamento está a 1.300 metros sobre el nivel del mar.

Tanzania ha cambiado mucho, como lo puede comprobar Fran, que lleva siete años si acudir y se queda sorprendido ante la existencia de supermercados en Dar que tienen de casi todo. Matamos el día y, al anochecer, recogimos en el aeropuerto nuestras maletas con las armas y la munición.

La avioneta Caravan se posa suavemente en la pista de tierra. Aquí nos esperan amigos desde hace muchos años, no sólo profesionales, sino conductores, pisteros y hasta game scouts del gobierno que se alegran del reencuentro.

El pronóstico del tiempo confirmaba la ausencia de lluvias durante nuestra estancia, pero unas tormentas de hace un par de semanas habían conseguido ya modificar el paisaje y los brotes verdes de la vegetación alegraban la vista. De nuevo estábamos «cinco minutos antes de empezar a llover» y la respuesta a mi inicial pregunta sobre cómo estaba la zona de búfalos había sido afirmativa de modo absoluto, confirmada por una gran sonrisa por parte de mi interlocutor. La esperanza de hacerse realidad los deseos del grupo de amigos que me acompañaban estaría a su alcance.

Cazar búfalos solitarios puede ser producto del azar: te los encuentras sin más o vas a buscarlos. La enorme mayoría de los cazadores profesionales, cuando dirigimos un safari, esperamos al cruce de los búfalos y, una vez comprobado el espacio de tiempo que nos llevan por delante, se toma la decisión de seguirlos o no, dependiendo del momento del día, si es a primera hora de la mañana, mediodía o ya muy tarde, cerca del anochecer.

352 - Bufalos (4)Pero hay cazadores profesionales, muy pocos, muy poderosos y con un enorme conocimiento de la zona, que van a buscar a esos viejos cascarrabias en sus querencias. Yo ya lo hice en su momento en una zona que conocíamos como Vietnam: era una selva casi impenetrable, donde los dagga boys tenían todas sus ventajas, pero he de reconocer que lo hacía forzado por las circunstancias y no por gusto; además, la ‘cosecha’ era muy magra y fueron más las ocasiones en que los koromas me dieron esquinazo que las que pude poner uno de estos guerreros en disposición para que el cazador de turno pudiera disparar.

Al cazador profesional más experto que conozco con estos chicos malos, hace años le puse el apodo de Super Star. Fueron muchos los safaris que, desafiando mi autoridad, conseguía unos magníficos resultados en sus secret places, sus rincones secretos, que nunca me relevó a pesar de mi insistencia. Como no podía luchar contra él, lo tenía todo perdido, y lo que hice fue aliarme con él, siguiendo la máxima de «si no puedes con tu enemigo, únete a él», aunque nunca fue mi enemigo y, además, le gusta contar que una vez me quitó de la espalda un búfalo que me iba a meter mano… Debe ser verdad, ya que detrás mío había un búfalo muerto que yo nunca había visto.

Super Star no circula en el coche al azar, va a zonas que conoce, donde en safaris anteriores vio huellas de animales solitarios o a territorios donde sólo hay un punto de agua, recóndito y escondido, en miles de hectáreas, que sólo conocen él o su pistero, James, y que, por fuerza, lo tiene que visitar el búfalo, y estará el animal en una barranca o en otra, llevará muchas horas dar con él, pero, al final, casi siempre, dan con los búfalos.

James es pequeño, más bajo que su abuelo Bebe y que su padre Rafael; con los dos cacé mucho. Con Bebe cacé en el terrible Vietnam el último búfalo que cazó en su vida. Bebe no tenía miedo o era tan viejo que ya no sentía anda, pero yo siempre pensé que moriría devorado por un león, ahogado por un cocodrilo, destrozado por un hipopótamo o corneado por un búfalo; pero me equivoqué: cuando me miró sentado en el suelo cuando yo me alejaba en el alto del Toyota, los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Rafael era otra cosa, era bueno, pero pícaro, informal… Por no hacerle caso una vez un búfalo casi se llevó por delante a un cazador –la culpa fue mía–, era un incorregible furtivo, y una vez no acudió a prestarme sus servicios como había prometido en el último safari de hacía sólo un par de meses: la razón es que estaba en la cárcel. James aprendió de su fallecido padre sus habilidades de furtivo y la explosión de un arma de avancarga cuando furtiveaba elefantes estuvo a punto de costarle la vida. Super Star le apartó del furtiveo. James es mucho mejor pistero que su padre Rafael y va a ser mejor que su abuelo Bebe, y yo tengo la satisfacción de haber podido cazar con las tres generaciones. Pero la pareja Super Star/James es un espectáculo, una collera que trabaja coordinada sin jerarquía; en esto James es tan irrespetuoso como lo era su padre, allí no hay jefes y los dos trabajan la huella de manera precisa, rápida y eficaz.

Dos búfalos

La concesión de caza es montañosa, en ocasiones se alcanzan los 2.000 metros. Super Star ha parado el coche. Yo, desde lo alto, no distingo nada. James y Super Star empiezan a discutir que si leo (hoy) o yana (ayer), el motivo es una solitaria huella de búfalo, pero Super Star juega con ventaja: la huella no estaba ayer y, sonriendo, se dirige a mí: «Mafilimbi, walking safari», frase acuñada desde hace años para empezar la acción. Vacío una de mis mochilas y la llenamos de botellas agua. Sabemos dónde empieza el pisteo, pero no cuándo ni dónde se va a acabar. Cojo la referencia del coche con el GPS y a darle a la zapatilla.

352 - Bufalos (3)El pisteo es muy lento sobre una media ladera reseca, con abundantes piedras. Todos colaboramos: Masai, el otro pistero, Dominique, el game scout armado con un .458, y los cazadores. El sol se empieza a poner en lo alto, apenas avanzamos, tenemos un dato nuevo: son dos búfalos. Los cazadores empiezan a buscar las sombras, incapaces de ayudar para encontrar huellas; yo me afano, pero tengo que reconocer que es una vez de cada cincuenta la que yo encuentro la huella buena, pero, insistir, lo hago como el que más. Hace muchos años me demostré a mí mismo que es imposible competir con un pistero local, pero no está mal aportar tu granito de arena.

Compruebo el GPS, el coche está a 700 metros en línea recta y llevamos dos horas intentando desentrañar este laberinto en la árida ladera. Los búfalos seguro que están en la sombra del korongo (arroyo), pero hay que llegar a ellos siguiendo sus huellas para poder estar en disposición de aprovechar la oportunidad. El rastro nos lleva hasta el bajo de la ladera, es una buena noticia. Es Dominique –tiene muy buena vista– el que los descubre entre las sombras del arroyo.

Ponemos los palos de tiro, le paso a M. el .458 Lott. Al disparo, los dos búfalos salen en estampida, por la derecha, lo que me da una ventaja para ponerme paralelo a ellos. Al poco tiempo M. me supera en la carrera, después lo hace Super Star, pero me rehago y lo vuelvo a pasar. Han sido 300 metros de loca carrera, a un «Mafilimbi ana kimbia sana» todavía corro rápido, cruzando sin ver casi dos arroyos, hasta llegar a un búfalo que, con un disparo que le atraviesa la garganta y le impide respirar, no se puede mover. M. pone fin a la situación, ha estado este año en Mozambique, tuvo una oportunidad que no pudo aprovechar y ahora tiene, a sus pies, a las primeras de cambio, un viejo búfalo de trofeo cerrado y con una cara de muy malo en su canosa faz. «Unas fotos rápidas y vamos detrás del otro búfalo», sugiere Super Star. Después de diez minutos de descanso, beber algo y comentar el lance, empezamos a seguir la clara huella del otro búfalo corriendo. Voy pensando que quizás no es la mejor idea, puede ser que, si dejamos de presionar a este búfalo, podrá buscar algún refugio para descansar. Pero apenas después de andar 150 metros el animal está quieto, mirándonos de tres cuartos, le urjo a S. a que dispare, y el búfalo se queda en el sitio. Es un soberbio ejemplar de 46 pulgadas, el primer búfalo para S. Algo más joven que el anterior, pero también con el pelo canoso, deducimos que éste era el escudero y que estaba esperando la llegada del maestro, su fidelidad le costó muy cara: no se espantó de nuestras cercanas voces, estaba esperando a su líder que le había guardado durante muchos años.

Carga de tres búfalos

Hemos estado a punto de cazar un roan y volvemos al campamento sin casi nada; ha sido un día duro, tan sólo un excelente duiker es la magra cosecha. No queda mucho tiempo para que anochezca, estamos en esa hora bruja entre dos luces en que los animales se confían. Aunque también tiene un gran inconveniente, porque es el momento en que se quedan más animales heridos, ya que la inminente llegada de la noche impide la persecución de un animal pinchado. La fortuna nos da –es bueno perseguirla hasta el final– una oportunidad de un búfalo medio tapado por las pajas; M. se atreve con él, James sentencia con un «Piga», el animal va herido y al tiro sale con otro compañero que no veíamos, y ya casi de noche un segundo disparo no da resultado aparente. Tendremos trabajo mañana.

352 - Bufalos (9)No habían dado las ocho de la mañana y ya habíamos registrado las altas pajas: el herido no estaba allí, sino que se había unido al compañero. Walking safari de nuevo. A las dos horas de fácil pisteo, con poco abundantes, pero constantes, muestras de sangre –parece que lleva un tiro bajo en el brazo–, vemos dónde han pasado la noche: el charco de sangre que deja el herido es la última sangre. A partir de aquí, nada; la hemorragia será menor y el barro impide que gotee la sangre, es lo que aventuramos que haya podido suceder.

Seguir la huella se hace muy complicado, los animales van haciendo eses, alimentándose. Masai se ha quedado en el campamento, quizás malaria, quizás cansancio, tiene una edad indefinida, pero deben ser muchos los años que han pasado desde que naciera en el norte de Tanzania. El terreno no es tan duro como en el lance anterior relatado y, de vez en cuando, acierto con la huella buena. Las botellas de agua se van evaporando, ya llevamos más de seis horas en el rastro, sabemos de sobra que la herida no es mortal, pero tenemos delante dos koromas que queremos cazar. De nuevo es Dominique el que descubre a los búfalos, pero no son dos, sino tres: en el último momento se ha debido juntar un tercer ejemplar, que no habíamos detectado por las huellas. M. dispara al búfalo que le indicamos y los animales, en vez de huir, inician una clara carga. A mí, de casualidad, la carga me pilla en una mejor posición con mejor ángulo y Super Star me empieza a gritar para que dispare. Sigo con las miras abiertas del express .470 Nitro la carrera del animal que dirige la carga, insiste Super Star en sus gritos, pero aguanto hasta ver el costado del búfalo y le meto un tiro entre las costillas. «Éste va listo», pienso para mi coleto. A los tiros que secundan mis compañeros veo que el tercer búfalo se sale de la formación de ataque e intenta escabullirse, le corto corriendo y, a quince metros, dos balas le hacen pararse y encararse hacia mí, retrocedo corriendo, mientras recargo. El resto del equipo está viendo mi maniobra como espectadores de una película, vuelvo a ponerme al lado del búfalo, que me mira incapaz de dar un paso contra mí, y apunto a la ‘V’ del pecho. No le veo derrumbarse, no hace falta, ya que me vuelvo para intentar asistir a mis compañeros.

El primer búfalo está patas parriba cosido a tiros; el segundo va pegado. A Super Star sólo le queda una bala, lo mismo le sucede a M. Hacemos un resumen: han concentrado la artillería en el primer búfalo, al segundo búfalo dice el game scout que le ha metido una bala de su .458 en el culo, y M. afirma que también le ha disparado en dos ocasiones.

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Algunos viejos búfalos abatidos en este safari en Tanzania.

Revisamos los búfalos caídos, el herido del día anterior es el que intentó escaparse. Fue una pena que la segunda bala de ayer sólo le diera un pellizco en el morrillo: si la bala le da algún centímetro más bajo, en una apófisis vertebral, lo tumba y le deja paralítico. Es el búfalo más viejo que he visto nunca, debe superar los veinticinco años, sin dientes apenas tendría algunos meses más de vida, el boss de los cuernos está totalmente soldado, un búfalo así no lo había visto en mi vida y he podido contemplar unos pocos de miles de búfalos a lo largo de ella. Un ejemplar a todas luces extraordinario que, después de lanzar a sus dos compañeros cargando contra nosotros, intentó salirse del asunto y casi lo pudo conseguir. El otro era un magnifico búfalo de cuarenta pulgadas.

De una manera un tanto ceremoniosa todo el equipo me dio la mano, agradeciendo cómo había actuado.

M. no salía de su asombro y calificaba la situación como «acojonante, increíble». Pero aún nos quedaba rematar la faena. Con seguridad tendríamos tangana con el tercer búfalo, que nos hizo cruzar montañas, pasar espesos pajonales, meternos en frondosos arroyos, pero, al final del día, después de andar más de cuarenta kilómetros, nos había ganado.

El búfalo de Fran

Este cordobés nacido en Madrid, entrañable amigo y excelente colaborador, ha cazado personalmente conmigo media docena de búfalos. Conseguida su ilusión de cazar un leopardo, se subió a mi coche. Fue uno de esos días duritos, sin ver nada, pero trabajando sin parar, horas cortando monte, sin caminos, para intentar cortar la huella de un búfalo solitario sin éxito. A James, siempre a mi espalda, le preguntaba: «Pero, ¿aquí hay agua?», y me decía que sí, si no hay agua no hay búfalos. Comimos tarde, esperando la vuelta de Super Star y James, que se habían ido juntos, como acostumbran, a encontrar huellas. Volvieron con buenas noticias: habían descubierto el paso de un búfalo por la mañana. ¡Un solo búfalo en esa inmensidad de miles de hectáreas! Y creían saber adónde se dirigía. Parece cosa de brujas, pero casi nos topamos con un búfalo solitario que comía la verde hierba de un arroyo que, al vernos, se subió por la ladera.

352 - BufalosFuimos a cortarle la carrera. Al oírlo moverse le pusimos los palos de tiro a Fran, pero el animal se paró y no nos dio la cara. Dejamos a Masai en lo alto del arroyo. Dimos la vuelta y le cogimos la huella, empezamos a seguir el rastro subiendo la ladera… Aquello era pluviselva pura, no se veía a un palmo de nuestras narices, la vegetación lo inundaba todo, era lo más parecido al legendario Vietnam. James señala adelante, Super Star me dice que el búfalo está tumbado. Fran y yo no vemos nada. Le cojo a Fran y avanzamos los dos solos. A una docena de metros el búfalo intenta levantarse, pero no puede con la espalda rota por un disparo. Mi amigo se entretiene rematando y tiene que volver a recargar. Al final, el viejo guerrero muge despidiéndose de la vida. Es el mejor búfalo de Fran, un cumplido 40 pulgadas con un gran boss, un magnífico búfalo. La estrategia de dejar arriba a Masai ha funcionado y el dagga boy ha preferido taparse e intentar pasar desapercibido. Ha sido un magnífico y emocionante lance, casi insuperable, que ha ampliado la nómina de anécdotas de Fran, aunque espero que en los próximos búfalos que cace Fran conmigo no las pasemos tan canutas.

Epílogo

He relatado tres lances diferentes escogidos de un safari que ha sido extraordinario por la calidad de la caza y porque todos los búfalos que conseguimos, sin excepción, han sido viejos ejemplares, aguerridos koromas que han llenado de satisfacción a todos los cazadores que he tenido el privilegio de que cazaran conmigo. Por supuesto, esto no hubiera sido posible sin la asistencia de Super Star, James, Masai y Dominique. En 2014 espero volver a cazar búfalos con todos ellos y con los amigos que me acompañen.

Por José García Escorial.

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