¡A Zimbabue a cazar un león a la huella! ¡Estampida! (y II)

Con el segundo día de caza comienza la narración donde los búfalos son protagonistas, hembras, heridos, machos grandes y… ¡una estampida!

La mañana no ha sido generosa. Cierto que hemos visto una mayor cantidad de animales que la tarde anterior. Concretamente, dos manadas de impalas, un bushbuck precioso, una piara de facos compuesta por una hembra y tres crías. Hemos cruzado unas decenas de cauces de ríos sin agua y, en uno que conservaba unos charcos pequeños, hemos visto las huellas de un cocodrilo grande. Tienen el tamaño de un pie de persona y, según el PH, pertenece a un ejemplar de unos tres metros.

De pronto, mientras circulábamos por las pistas, empieza un ‘baile’ que me pone los pelos de punta. El PH proporciona encendedores y cerillas a los pisteros, y los anima a que enciendan fuego a ambos lados de la pick-up. Ellos, con unos matojos de hierba seca encendidos, van propagando el fuego a la hierba seca de los lados del camino. El coche, cuando le llegan los calores del fuego, arranca y avanza unas decenas de metros. Allí, vuelta a empezar. Yo no doy crédito a lo que estoy viendo. «Encenderán las montañas», pienso. Le pregunto al PH que c… están haciendo. Me contesta que esto es práctica habitual en esta zona. Encienden fuegos que se autolimitan en unas horas, para que desaparezca la hierba seca y puedan ver a los animales, aparte de que provoca la aparición de una hierba nueva que alimenta a los antílopes y búfalos. Me cuenta que, en septiembre, cuando la hierba está menos húmeda, los fuegos se hacen más grandes y el beneficio es aún mayor. Lo que en nuestra tierra es un delito, aquí se convierte en un hecho intrascendente y aconsejable… «Cosas veredes amigo Sancho…», dice Don Quijote.

Quemando la hierba…

Joan

Jornada poco productiva para Joan y los suyos. Mucho viaje por las pistas, hecho que les permite avistar un número considerable de facocheros y un buen kudu. Una visita a un recodo del río Angra les da la oportunidad de ver un gran número de hipopótamos y grandes cocodrilos. El profesional ha hecho fotos en cantidad y ha grabado varios vídeos, según cuenta.

Pep

Después de la comida y la corta siesta, hemos vuelto a circular por las montañas de detrás del campamento. Ha hecho calor y los animales no se han dejado ver. Polvo y excrementos de elefante.

A las 17:20, cuando está por caer la noche, avistamos una manada de búfalos. No parece ser grande. Estamos en las cercanías del río Angra, que separa la concesión que cazamos, Dande Sur, de la vecina, Dande Norte, a la que no tenemos acceso. Cuenta Butch que los búfalos, cuando se les somete a la mínima presión, después de ir al río a beber, cambian de área… Es mejor no molestarlos y dejarlos para poder pistearlos de nuevo mañana.

De vuelta al campamento, tenemos la oportunidad de ver una gran familia de babuinos, un faco que atraviesa la pista por delante de las ruedas de la pick-up y unas gallinas de Guinea. Hemos levantado con el coche, unos cuantos francolines.

La belleza del valle del Zambeze.

Hemos vuelto a ver el valle del río Zambeze desde otro mirador. Espectacular como también lo ha sido la puesta de sol. Aquí se pasa del día a la noche en veinte minutos. Ya con la noche cerrada, una cúpula de estrellas te empequeñece y desorienta. Parecen dispuestas a hacerte compañía… No hay luz. No hay otra luz que la de los millones de luciérnagas que tapizan el cielo. El viaje en la caja de la pick-up, con sólo el run-run del coche y el ruido de la sabana, parece un concierto, un espectáculo de luz y sonido.

Joan

Joan y su grupo, no han encontrado los búfalos. Han correteado por las inacabables pistas sin éxito en cuanto a este tipo de animales se refiere.

Cierto que han visto mucha fauna. Seis elefantes, un kudu, seis sables (uno de ellos bueno), una hiena –Joan quería abatirla y ha estado a punto de poderle disparar–, tres liebres y una civeta.

Aperitivo, cena y conversación alrededor del fuego del mopane. «Mañana todo irá mejor…». Este es un safari de zona libre, donde el número de animales avistados no tiene nada que ver con el que se puede ver en las fincas sudafricanas… Los pisteros han colgado el cuerpo del mico a lo alto de un árbol, a 35 metros del campamento. Hemos orientado allí nuestras linternas y hemos visto a la hembra del leopardo que, desde lo alto del árbol, da buena cuenta de la carne regalada.

No hemos visto serpientes y no hemos tenido ninguna ‘aventura’ especial. Buena comida, buen confort, excepto el frío. De noche hace frío y aquí las cabañas no tienen porticones. El hueco que hay en las cuatro paredes, sólo tiene una mosquitera… Dormimos con ropa, mantas, edredón, tela mosquitera… Y pasamos frío.

Día 3 / Pep

Nada más salir, al pasar por la pista de aterrizaje del campamento, he visto una manada grande de impalas. Han mirado al equipo sin ningún interés. Ni se han movido. Más adelante hemos visto una pareja de kudus jóvenes, macho y hembra.

Impalas delante de Murara.

Hemos ido directamente al lugar donde dejamos los búfalos. Butch ha dado la vuelta a las pistas que configuran la sabana en rectángulos. Su idea era la de evaluar si se han salido o no del gran espacio en que los dejamos ayer. Ciertamente, no sólo no habían salido del cuadrante sino que, además, se le había añadido otra manada. Hemos observado también las huellas de, al menos, dos leones que ‘acompañaban’ al grupo. Pie a tierra y pisteo.

Butch, debe tener 45 años. Tiene aspecto y comportamiento adustos. También las piernas largas. Impone su ritmo y se desentiende de la longitud de las piernas y estado de entrenamiento de este cirujano ortopédico. Mientras sospecha que el grueso de la manada está lejos, su velocidad es considerable. No así cuando hace el acercamiento. El ritmo de la vuelta al coche vuelve a ser endemoniado. Ya puedo proveerme de agua y aliento… Estas dos cosas irán escasas.

A poco de pistear, observamos que hay gotas de sangre. «El león ha herido a un búfalo», cuenta Butch. Pisteo y más pisteo. El talco vuela buscando la dirección del viento. Un bienaventurado guardia del gobierno, se ofrece para llevarme el rifle. Se lo cedo gustoso. «¿Le podré dar propina a un guardia?», pienso. No tengo respuesta.

Majestuoso baobab.

Hemos hecho tres acercamientos. Los hemos tenido a no más de 15 metros. De rodillas, reptando, sentados en el suelo… En un momento dado, me pone delante de cinco búfalos gigantescos. «Son hembras», me dice. Cuando ya casi los podemos tocar de lo cerca que están, nos ponemos a esperar. No-sé-qué. Los animales se dan el piro. Y, ¡hala!, otra vez el botecito de talco y a corretear detrás de los búfalos. Cruzamos una gran serie de toboganes (lechos de ríos secos llenos de arena). Hemos tropezado con un avispero, del que hemos salido bien librados. Un susto, nada más.

Me llevo dos broncas del PH. La una por llevar una camisa de color demasiado claro. «Mañana llevarás otra más oscura», me dice. Y la otra por sacar el seguro del rifle sin que el hubiera dado la orden expresa. Se ha puesto ‘borde’. Ha insistido que sólo se tiraba si el daba la orden. «Of course, gilipollas. Cuando estabas en el limbo de los justos, yo ya manejaba todo tipo de armas…»

Cuando al PH le ha parecido, ha dicho que los búfalos estaban nerviosos. Se ha sacado un GPS y ha marcado las coordenadas en las que hemos dejado la manada. Dimos media vuelta y hala, a correr hasta el coche. Más de cuatro horas y media de pisteo. No sé que sentido tiene el correr de esta manera. Tengo la sensación de que me quiere demostrar su potencia…

Casi un litro de agua y otra vez con la pick-up. Hemos avistado dos manadas grandes de impalas. Tres impalas sueltos, uno de ellos, excelente ejemplar. Dos elefantes jóvenes han cruzado a escasos metros delante del coche. Imponentes.

Joan

¡Ya tenemos carne! Joan ha cazado una hembra de búfalo para el tan cacareado cebo de los leones. Explica que han estado cazando al norte de la concesión. Han encontrado una manada que han conseguido partir. Han seguido las huellas de una de las partes, que se ha emboscado. Reptando, se han colocado a una decena de metros de unos búfalos que, sin esperarlo, se han levantado. Roy y Joan estaban, en aquel momento, de pie. El PH le dice a Joan «¡shot, shot!» a una mole que se encuentra a esta mínima distancia. Joan dispara –le queda el tiro un poco alto– e inmediatamente le dobla Roy. El disparo del PH queda muy atrás, en la tripa. La hembra se va. Empieza el baile de miedos y nervios. Roy empieza a sudar. «Hay que pistear… Los profesionales delante». Bueno, pues a pistear. A poco de seguirlo, lo ven aparecer y el PH le dispara por segunda vez, fallando el tiro. Se vuelve a ir. Roy, traspuesto, le pasa la responsabilidad del disparo al PH en prácticas que, después de seguirlo unos 800 metros, le endosa el tiro definitivo. Empieza luego el enredo de: fotos, arreo y subida a la pick-up, traslado a Murara y despiece. Esta tarde llevarán la carne a los cebaderos…

Pep

Después de la mínima siesta, hemos vuelto al lugar que hemos dejado los búfalos esta mañana. Hemos visto huellas de búfalo mezcladas con huellas de león, y hemos vuelto a caminar como locos siguiendo los rastros. Hemos pasado mucho calor y penalidades.

Pisteando búfalos y más búfalos…

Cuando ya se estaba poniendo el sol, hemos visto seis elefantes. Uno de ellos, monumental. Con parsimonia, se han ido alejando… No nos han visto ni olido. Magnífica parsimonia.

Cuando ya desconfiábamos de encontrar los búfalos, nos los hemos encontrado de cara, cinco minutos después de haber visto los elefantes. Bush y yo hemos dado un gran rodeo a una colina y hemos hecho una entrada perfecta. Bush me ha preparado el trípode delante de un búfalo magnífico, buen boss, con los cuernos caídos, como a mí –y, supongo, a todo el mundo– me gustan. Yo pensé que aquello ya era la autorización de disparo, el búfalo estaba mayoritariamente de cara y yo le veía perfectamente el pecho. Como estaba un poco ladeado (yo veía un poco de su grupa izquierda), pensé en hacer un tiro de pecho, que entrara ligeramente a la izquierda, para que cruzara a la derecha. Yo había discutido con el PH el tipo de bala a usar. Mi experiencia no es la del Sr. Butch, pero ciertamente soy muy leidillo y con todo tipo de PH la opinión es que, al menos el primer disparo se haga con bala blindada. Bertus, de Sudáfrica, no deja poner en el cargador otras balas que no sean blindadas. También una exageración, pero ya se sabe que para gustos… los colores. Bien, ya estaba preparado, inspiración, media espiración, relax total, apunto y ¡zas!, suelto la bala. Qué hice! ¡Otra bronca del PH! Que no se había puesto de lado, que si no me había dado la orden, no sé que de fuck y otras lindezas… Era ya casi de noche, nos acercamos al lugar, y a pocos metros, observamos charcos de sangre en el suelo. A cada seis u ocho metros, un charco de 20 cm de diámetro. El PH iba rezando un rosario de jaculatorias. Se me volvía de vez en cuando, amenazante, para decirme que aquello era muy peligroso. Se hizo de noche, anduvimos unos 500 metros y nos volvimos. Un tracker, observó que una rama de mopane, de unos seis centímetros de diámetro, estaba tronchada por mi disparo. Mal augurio. «Mañana seguiremos la sangre y tenemos el 50% de probabilidades de encontrarlo», dijo el PH.

Joan

Se ha quedado en el campamento. Ha decidido hacer reposo para reponerse de las palizas de la jornada de la mañana y del día anterior.

De charla con el calor del mopane.

Ya todos en el campamento, dimos buena cuenta de una BBQ de carne de búfalo, impala, kudu y facochero… La charla del aperitivo/cena/fuego de campamento, y a dormir.

Día 4

¡Vaya día…! Desayunamos.

Pep

Salimos escopeteados a rastrear el búfalo de ayer. Nos llevamos a Keith, uno de los PH en prácticas. Empezó el rastreo. Era muy fácil al comienzo pero, ciertamente, cada vez iba dejando menos sangre. Finalmente interpretamos que aquel búfalo se había vuelto a integrar con su manada. Fuimos entonces tras la manada, a toda pastilla, durante más de dos horas y media. La manada se ha ido dirigiendo al río Angua. Hemos llegado a este río, ya muy cerca de la manada, y hemos podido comprobar que ha traspasado a la otra orilla, orilla que pertenece a otro cuartel de caza, Dande Norte, que, aunque pertenece al mismo concesionario, no tenemos acceso.

Justo estábamos en el lecho del río, cuando oímos tres disparos. «Ya lo han pillado», pensamos… El PH habló por el walkie con su vecino del norte y confirmó que habían disparado a impalas y que no habían visto los búfalos.

Pescador desafiando el peligro.

Vuelta a la pick-up y a pasear. El PH me lleva a un recodo del río Angua y, desde un mirador privilegiado que tiene una perspectiva de unos dos kilómetros, podemos observar y aprender más cosas de África. En uno de los recodos del río, hay una mujer y un niño pescando y, a escasos seis metros, dos cocodrilos de más de cuatro metros. En otro meandro del cauce del mismo río, había un hombre pescando y a sus espaldas otros tres observándole, y una compañía de diez o doce hipopótamos quietos en el agua a menos de cinco metros del pescador. Aquella historia de que el animal que más personas mata en África, es el hipopótamo, que a todos cuesta de entender, aquí se hace muy fácil. Asimismo, la proximidad y tolerancia con los cocodrilos… ¡Conté dieciocho cocodrilos y vi dos aves grandes, llamadas ground hornbill, espectaculares!

Hemos seguido dando vueltas con la pick-up. Hemos visto un elefante mediano y, avistado por el PH en prácticas, hemos visto un facochero enorme. Le hemos hecho una entrada corta que ha resultado infructuosa. Finalmente hemos vuelto al campamento…

Joan

Vaya HISTORIA con mayúsculas la del grupo de Joan. En un momento dado de la mañana, mi PH me informa que Joan ha cazado un gran bull. Sin más adjetivos. Esta información la recibió por el walkie, aparato con el que todo el día se cambian información los PH’s. Al llegar mi grupo al campamento, hemos ido al lugar de despiece para ver el bull. Es un búfalo grande con una cornamenta grande, con boss medio y los cuernos desplazados en horizontal, más bien rectilíneos, no caídos, uno acabado con un ángulo de 90º y el otro un poco curvo. Es un poco bizco. Ha dado 39 pulgadas. Un gran búfalo.

Cuando iba a mi cabaña, me encuentro con Joan. Le felicito y le pregunto por el lance. Un poco borde, Joan me contesta que ya me lo explicarían los demás. He insistido y me ha dado una primera versión –que después se ha ido ampliando hasta adquirir dimensiones de descripción homérica–.

El caso es que se han plantificado delante del jefe de la manada, Joan, su PH, el profesional con cámara en la mano (y rifle colgado al hombro), un PH en prácticas, también con cámara en la mano (y rifle colgado en el hombro) y los tres pisteros con el policía/pistero añadido. El búfalo estaba a unos 50 metros. De frente. El PH le la dicho que disparara por debajo de la barbilla. Trípode y… «¡shot!». Desaparece el búfalo y empieza la historia de siempre. Todo el mundo opina, que si no le has dado, que si bajo, que si por encima… De pronto, los 40 búfalos, empiezan a moverse hacia la derecha… y bruscamente cambian de opinión, se encaran al grupo, y arrancan en estampida de cara a la gente. Vuelan las cámaras, todo el mundo se pone el rifle a la cara, todo el mundo empieza a gritar y, a un metro, se abre una pequeña brecha en la manada y les pasan la gran mayoría por la derecha y unos ocho por la izquierda. A menos de 90 cm y casi corneándoles. No dejan de gritar hasta que pasa el último de los monstruos… El PH, a gritos, agradece a Dios que le hubiera salvado la vida, nuestro acompañante madrileño, asegurando que aquello había sido un milagro, palabra que fue repitiendo todo el santo día. Dos de los pisteros,  ¿dónde se fueron y cómo?, reaparecieron… después de unos minutos, recuperan las cámaras que habían volado por los aires, pues las habían cambiado por los rifles. Nadie entendía como no salió ningún disparo, de los cuatro rifles. Aunque fuera para ahuyentarlos. (Posteriormente, revisada la bibliografía, Sánchez Ariño insiste en que, en esta situación, no se debe disparar nunca. Gritar a todo pulmón y esperar la misericordia de los dioses…). Todos aseguraron que fue la situación más peligrosa con la que nunca se habían encontrado antes.

¡Magnífico búfalo!

Una vez recompuestos, fueron a buscar al búfalo y lo encontraron allí. Seco.

Mientras escribo esto, que no se transmitir de mejor manera, con lo que me queda la duda de poder plasmar lo que allí se vivió, todavía no he podido aclarar de si se hicieron o no, fotos. nuestro colega de Madrid, dice que lo filmó todo hasta el inicio de la estampida. Cambió cámara por rifle.

Durante la comida, no se habló de ninguna otra cosa. Al final, mi PH me cuenta que ha obtenido permiso para ir a cazar mi búfalo a la otra concesión, sin mi presencia. Para ello me pide permiso que obviamente concedo. Supongo que, para él, librarse de un pesado y cazar por su cuenta, representa más un alivio que otra cosa. Al terminar la comida, se ha ido.

Joan y yo mismo, hemos decidido tomar una tarde de fiesta. El profesional, también se ha acogido a esta licencia. Y los tres hemos ido a echar la siesta.

Son las 17:15 horas, (yo me levanté a las 16:20 horas), y Joan todavía no ha aparecido. Dirán que no han podido dormir ni un minuto.

El sol está cayendo por un rincón. Hace una temperatura espléndida. Por la noche, frío. Ahora estoy en manga corta delante del fuego de leña de mopane. Alejado porque da calor.

Solo cuatro nubes y el leve rugido de un generador. Algún babuino que se pasea por delante del campamento. Dentro de un rato empezaremos a oír los rugidos de ‘nuestro’ leopardo hembra.

Los pájaros despiden el día. Parece que el mundo se haya detenido. No sé cómo está hoy el cambio del dólar US, no sé si España se ha clasificado o no para la siguiente ronda en el mundial de fútbol de South Africa. No sé nada de Zapatero… ni de Montilla, ni del Estatut. Y el mundo sigue rodando.

Cada cuarto de hora, alguien me ofrece bebida. Dentro de nada, traerán aperitivos (billtog, palomitas de maíz, trozos de pastel salado o baby pizzas, quiche lorraine…).

A las 19:30 cenaremos y… ¡al sobre.! Mañana nos levantan un cuarto de hora más tarde. Programa: ir a repasar los cebos del león.

Mi rodilla izquierda agradece esta tarde de reposo. También mi cuerpo. Estoy planchado…

Día 5

Finalmente ayer noche también pudimos ver a la hembra de leopardo y, ahora mismo, cuando empiezo a escribir la jornada (son las 19:45 horas), volvemos a ver a este magnífico ejemplar, ¡con dos crías!, a su vera. Observamos que la madre va haciendo viajes al babuino colgado del árbol, y baja a darle la carne a las crías.

Bien, vamos al día de hoy. Yo, al no disponer de PH porque se desplazó a la reserva contigua a intentar cobrar mi búfalo, voy de comparsa en el grupo de Joan. Hemos ido al primer cebo y hemos observado huellas de un león hembra con crías. Los del séquito han rehecho el montaje.

Hemos ido al segundo cebo. Nadie lo tocó.. Después le toca el turno al tercer cebo, en el que había huellas de un macho pequeño y quizás de un leopardo. Lo hemos rehecho y han cambiado la altura de la carne. El montaje se hace de manera que la carne esté alejada del suelo lo suficiente para que no puedan acceder a él las hembras y sí los machos, y hay que cubrir la periferia para que no lo ataquen los buitres y demás aves carroñeras.

A todo esto se han hecho las 11:30 horas. Hemos seguido pisteando con la pick-up hasta encontrar huellas claras de un gran león. Roy, el PH de Joan, nos ha dado una clase para enfrentarnos al león. Nos ha contado que este animal, en cuanto uno se da la vuelta y echa a correr, ya se puede dar por muerto. En el 100% de los casos, el león lo ataca. Nos ha contado, asimismo, que «El león es noble», antes de atacar, ruge. Después echa una carrera y, antes de saltar sobre la pieza, se suele parar. Si le plantas cara y le gritas, tienes probabilidades de que no ataque y, si lo hace, «Te agachas, le disparas una bala al corazón y se queda tieso». ¡Vamos, una chiquillada…! Hemos seguido las huellas más de una hora. Al parecer era más de un león y, por lo que han deducido el PH y los pisteros, los hemos levantado dos veces y la segunda lo han hecho corriendo… Los hemos dejado.

Tanto Joan como yo, habíamos adivinado el final de la aventura de la huella del león, y así lo comentamos cuando iniciamos el pisteo… Ciertamente a los profesionales, les produce mucho desasosiego el intentar abatir un león a campo abierto. Les produce verdadero miedo. En cambio el abatirlo en una zona donde previamente se ceba y se dispara desde un blind, seguro que entraña un riesgo menor. Luego lo comentamos con nuestro acompañante madrileño y no estuvo de acuerdo con nuestra apreciación. Mínima ventaja es, la que te da el ser viejo.

Hemos ido al campamento y hemos comido. Roy y su aprendiz, han ido a escudriñar el cuarto cebo mientras descabezábamos una siesta. Han vuelto a las 16:30 horas. Ciertamente era ya muy tarde para salir toda la expedición, pero «¡Rápido, rápido!» hemos montado toda la parafernalia y nos hemos ido todos a explorar el primer cebo. Sólo han entrado Joan, Roy, el profesional y el aprendiz, por decisión del PH. El resto de la tropa, pisteros incluidos, nos hemos quedado apartados en las cercanías de la pick-up. Al poco rato, han vuelto excitadísimos, contándonos que al llegar al otro lado del riachuelo donde estaba el cebo, han podido ver claramente una leona con dos crías grandes. No los han podido filmar porque el aprendiz de PH se dejó la cámara en el campamento y el amigo profesional se quedó como el del anuncio, sin pilas. Vistos los leones, se han dado el piro. Nos cuenta el PH que «Esta hembra llamará al macho y en un par de días acudirá…». Nosotros hemos asentido con la cabeza y una cierta sonrisa de duda.

Preparando un blind.

Dicho y hecho, han decidido montar un blind. Todos, menos los cazadores (Joan y yo) han colaborado en esta empresa. Impecable organización. Han recogido muchas maderas de mopane de todos los tamaños. En la ‘otra’ orilla del riachuelo, delante obviamente del cebo, han montado un catafalco excelente. Tamaño para cuatro personas, protegido por maderas y hierba, con rendijas para mirar y apoyos para el rifle. Suelo de tierra fina. Y, lo más curioso, han hecho un caminito de tierra para llegar allí, de más de 200 metros, donde han retirado todas las hierbas y los pinchos, para poder acceder al blind descalzos y sin hacer ruido. Hemos quedado más que sorprendidos de la destreza del equipo.

Luego, ya un poco tarde y cayendo las brumas de la noche, hemos vuelto al coche a pistear de nuevo. En un momento dado, alguien dio la alarma. ¡Facocheros! Hemos visto cuatro ejemplares. Juan, con su sombra, el PH y su trípode, has salido tras de ellos. Han hecho una entrada que ha resultado infructuosa.

Otra vez al auto, nos hemos desplazado al tercer cebo. No lo habían tocado ni se veían huellas cerca.

Hemos llegado de noche al campamento, donde ya había llegado Butch. Nos ha contado que había fracasado en su intento de encontrar mi búfalo. Prácticamente lo daba por perdido, aunque al día siguiente volvería, si a mí no me parecía mal, otra vez a la concesión vecina a hacer el último intento.

Roy, el PH de Joan y, a la vez, hombre de confianza de la orgánica, me preguntó si estaba dispuesto a disparar a un segundo búfalo. Le dije que obviamente sí, y le pregunté las condiciones económicas. Me contestó que, del búfalo disparado, tenía que pagar el 100% de las tasas de abate (2.750 US$), y que del búfalo siguiente, había conseguido del director de la orgánica un gran descuento, un gran precio, 5.500 US$.

Le contesté lo siguiente: el búfalo herido se había juntado con la manada, era lógico que posiblemente se curara de las heridas, con lo que era posible que alguien lo cazara más tarde. Que me hubiera parecido razonable que me cobraran el 50% de las tasas de abate. Con todo, yo estaba dispuesto a pagar el 100% de estas tasas. Pero en lo que no estaba de ningún modo de acuerdo, era en tener que pagar 5.500 US$ por un segundo búfalo, aprovechándose de la desgracia de haber perdido el primero (2.800 US$ por encima del precio del listado de las tasa de abate que me mandó la orgánica para esta concesión). Le insistí que esto, no era un gran precio, era un atraco. Si me hubiera argumentado que tenían todos los búfalos vendidos, lo hubiera entendido y me habría callado, pero que su planteamiento era, desde el punto de vista estético, inaceptable. Desde el punto de vista ético, insoportable. Le dije que no le seguiría el juego.

No estuvo afortunado nuestro acompañante asegurando que era el gobierno, el que cobraba toda esta cantidad que Roy me decía. Es decir, el doble de las tasas de abate y que, cuando realizamos el contrato del safari, esta segunda mitad de la cantidad global, la extraían del precio de ‘gastos/día’… Le conté que, por contrato, pagábamos dos tasas gubernamentales y que aquella razón, no era creíble. Siguió con su discurso y yo con el mío hasta que me pareció ridículo seguir discutiendo. CyS

Por Josep Giné y Gomá

 

 

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