Gatos en Sudáfrica…

No dejaba de mirar con aprehensión el bush del Kalahari. No sabía qué iba a encontrar, pero no era esto: tremendos matorrales de tres metros crecían enzarzados unos con otros, impidiendo una mínima visibilidad a más de veinte metros. En mis pensamientos, sombras de leonas escapaban sin ser apenas vistas y los disparos erraban siempre desviados por alguna rama inoportuna.

 

Habíamos llegado esa misma tarde procedentes de Kimberley para intentar abatir una de las leonas que campaban libremente por la enorme propiedad, imponiendo su dominio predador al resto de la fauna. 


Caía el sol y, como recibimiento africano, un coro de leonas se elevó sobre los tonos rojizos del atardecer africano, con ese rugido profundo que siempre parece estar demasiado cerca. Acunado por el sonido del ciclo de la vida, esa rueda eterna de cazadores y cazados, dormí esa noche el sueño de los justos. 

 

A primera hora llegó el ritual de los preparativos, envuelto, como siempre, en un manto de ilusiones y dudas. Salimos a cazar al Kalahari que ya se insinuaba, naranja y caliente, pintado bajo el horizonte africano. Subí a la pick-up mi rifle, la mochila y los recuerdos de mis muchas lecturas. Comprobé mi cartuchera y cargué semiblindadas, las mejores para los felinos. «¡Podemos irnos!», indiqué con un gesto.

 

El Land Cruiser comenzó su marcha por los infinitos caminos de arena tan fina como la harina. Cientos de rastros habían quedado impresos: kudus, wildebeests y pequeños antílopes que realizaban su inmutable ciclo nocturno de comer, buscar agua y esconderse de sus depredadores, en este caso, muy presentes y cercanos. 

 

Halt! 

Saltamos del todoterreno y examinamos las primeras huellas de un gran felino. En esa arena tan fina hasta yo pude comprobar que no eran frescas. «Tres días», dictaminaron los trackers, así que seguimos adelante. Yo no dejaba de observar el cerradísimo bush y de acordarme de mi .375 H&H que descansaba en mi armero de Madrid, un arma mucho más adecuada para la ocasión. Buti, el profesional de la finca, iba tranquilo con su masivo .458 Lott de miras abiertas que tumbaría un árbol si lo encontrase en su línea de tiro. 

 

Stop! 

Cerca del camino encontramos un hartebeest muerto y parcialmente devorado. Era demasiado grande para que lo hubieran abatido las hienas y no tenía el cuello roto así que se dictaminó que había un leopardo en la finca. Habría que estar atento.

Seguimos nuestro camino y Buti me cuenta que debo tener cuidado dónde piso, porque hay multitud de serpientes y, en especial, mambas. También me habla orgulloso de los elogios que le dirigió Mark Sullivan el año anterior por su forma de cazar leones, presionándoles sin cesar. En su caso, esto provocó una carga espectacular que fue perfectamente filmada, mientras Mark Sullivan detenía al león en seco con un proyectil de 750 grains de su nuevo rifle, un doble Heym calibre .577.

 

Halt again! 

Saltamos a tierra y examinamos unas huellas de leona que cruzan el camino y se internan en uno de los blocks de la finca. Son huellas grandes y, evidentemente, frescas. Los trackers dictaminan que son de hace unas horas y Buti decide, por tanto, rodear el block por completo para comprobar que no ha salido del mismo, aún a riesgo de que la aventáramos. La tensión crece al comprobar que sigue en el lugar. La decisión que se toma es esperar a las horas de máximo calor del mediodía para tratar de llegar hasta la leona cuando se mueva menos.

Volvemos al campamento a comer, preparándonos para varias horas de pisteo, y salimos de nuevo a las 12.00 horas. Entramos al block siguiendo las huellas que empezaban a hacerse menos visibles en el suelo, cada vez más endurecido por los meses de sequía. La visibilidad es mínima, sin olvidar que hay tres leonas en la finca y que suelen ser muy agresivas si se sienten amenazadas. Por otro lado, el tiempo de ataque para una carga de 50 metros es de 2,5 segundos. Considerando que la visibilidad no llegaba a los 25 metros, íbamos ya apuntando al frente y a los flancos con los seguros quitados. Yo no quitaba ojo a las reacciones de los pisteros, que leían el campo como un libro abierto. Comprobé que el rastro no dejaba de dar vueltas y vueltas. Pregunté a Buti si eso significaba que la leona sabía que la seguíamos. «Creo que sí», me contestó. Comprobé que aún podía mantener la cabeza fría y me alegré por ello, dadas las circunstancias. El cámara iba visiblemente nervioso y Liam estaba serio con su .416 listo para la acción.

 

Al cabo de veinte minutos más, los trackers avisan de que, en su opinión, la leona está cerca. Buti y yo asentimos y continuamos. Apenas unos minutos más tarde me toca el brazo y me señala un gran matorral. «¿La ves?», me susurra. Miré y encontré la sombra de un cabezón con orejas puntiagudas mirándome directamente a unos 25 metros. «Sí», le contesté. «Vamos a rodear el bush e intentar encontrar un hueco para tirar», me indicó. Recorridos diez metros, encuentro el claro que busco y veo nítidamente el cuerpo de la leona, de un precioso color arena, mientras se levanta. Me ofrece el codillo y, sin pensarlo, le disparo a su sitio una Norma Oryx de 220 grains. Repito el disparo sin prestar atención al terrible bufido que lanza. Me doy cuenta de que ya he ganado la partida, pero quiero derribarla antes de que pueda realizar su última carga directamente contra nosotros. 

 

Al sentir el segundo disparo da un terrible salto en el aire mientras lanza zarpazos en todas direcciones y, a continuación, se cubre. Me acerco otros cinco metros mientras recargo con balas duras. Por suerte, encuentro otra nueva línea de tiro y la derribo definitivamente con otros dos disparos mortales. Lleno el cargador sin dejar de mirarla, pero ya resoplo aliviado. Me acerco por detrás dispuesto a darle otro tiro de remate, pero no era necesario. La había cazado.

 

Mi primer felino yacía derribado y todo había salido perfecto, sin peligro para el equipo ni para mí. El cámara, que estaba grabando todo para un DVD, vino a abrazarme, todavía algo asustado. Es lógico, porque entrar en un lugar así, armado con una cámara de vídeo, impresiona a cualquiera. 

 

Acaricié la leona admirando su fuerza, sus temibles garras y sus colmillos enormes y gastados. Hay momentos en la vida que se recuerdan para siempre y yo quería saborear éste a fondo. La leona tenía nueve años, por consiguiente, ya era madura y estaba en su plenitud de fuerza y tamaño. Resultó una de las mayores leonas que se han cazado en la zona. Dio 22,75 puntos, siendo 23 la puntuación para que un león macho entre en el Libro de récords

 

Apuré con nostalgia esa última tarde en el Kalahari, escuchando de nuevo el coro de rugidos que se elevó a la caída del sol, hoy algo menos poderoso que ayer, pero que quedaría para siempre prendado a mi corazón de cazador. Esa noche soñé con mi leona rubia.

 

Nuevo objetivo: el caracal 

Al día siguiente partimos a Kimberley, ya con el principal objetivo cumplido. El recibimiento no pudo ser mejor, ya que encontré la bandera de España ondeando junto a la de Sudáfrica en la finca de Liam Urry, que tiene siempre esa deferencia con el cazador invitado. 

 

En el camino hasta el lodge observé con envidia las ondulaciones y las altas colinas de la finca de 7.000 hectáreas perteneciente a su familia. Cientos de animales corrían a nuestro paso y ya pude ver los primeros kudus y una pareja de rinocerontes blancos de increíble tamaño y potencia que se acercaban cada noche a beber frente al salón principal, a apenas a treinta metros de la mesa en que cenábamos. De hecho, tuve la rara oportunidad de acercarme a ellos, por supuesto con la debida precaución, y de mirar al macho a los ojos a pocos metros de distancia.

 

Me alojaron en una enorme habitación que me sorprendió por su comodidad y limpieza, con una buena ducha, aire acondicionado e incluso enchufes de tipo europeo para recargar teléfono y cámaras.

 

Temprano salimos en busca de algunos ejemplares que me faltaban para completar mi ya amplia colección de antílopes africanos. Buscaba springbok, blesbok, black wildebeest y kudu, además de algún faco, que nunca deben faltar. Lo cierto es que dada la calidad cinegética de la finca de Liam no fue difícil cobrar todos estos animales, siendo más bien cuestión de elegir cuál y de esmerarse en la belleza de la entrada. Tiré mal, en especial el black wildebeest al que herí en la pata delantera a menos de 200 metros por un error de gatillazo de principiante. Persiguiéndole para rematarle, confundí este ejemplar con otro gran macho que se estaba quedando retrasado en la manada y que también derribé, éste limpiamente. Curiosamente, el ejemplar que abatí por error resultó aún mayor que el otro, dando lugar a una curiosa anécdota con doblete incluido. 

 

Había insistido a Liam en intentar cazar un caracal, un interesante y esquivo felino parecido a un lince, que caza pequeños antílopes como springboks, o más frecuentemente por su menor dificultad, ovejas o cabras. Me dijo que, efectivamente, había en la zona, pero que eran muy difíciles de ver. Con cebo y trail-cams el último año sólo habían avistado uno, que quedó registrado entrando al cebo a las cuatro de la mañana. 

 

Me preguntó si tenía algún inconveniente ético en utilizar perros para localizarlo. La verdad es que sí lo tengo, pero también comprendo que es la única manera efectiva de cazarlo y que se hace un buen servicio a la comunidad de ganaderos reduciendo el número de estos felinos a niveles más sostenibles.

 

El último día, a primera hora de la mañana, nos dieron el aviso de que los perros habían localizado un caracal en una finca especialmente castigada por estos felinos por la cantidad de ganado que albergaba. Rápidamente nos dirigimos allí y nos unimos a la persecución, que terminó bajo un gran árbol. El caracal al principio trepó, pero trataba de saltar continuamente confiando en su gran tamaño, bastante mayor que el de los tres perros que le perseguían, que no eran gran cosa, todo hay que decirlo. 

 

Yo le observaba mientras gruñía sin parar, tratando de descubrir su codillo y derribarlo con un rifle calibre 22LR que me habían prestado para no dañar su preciosa piel. Me habían contado que el peso medio de un macho era de 9 a 10 kilos. A mí éste me parecía bastante mayor y creo que Liam también lo pensaba, porque no dejaba de pedirme que disparara de inmediato, ya que iba a saltar en cualquier momento.Finalmente, me ofreció el codillo y le disparé algo retrasado, como debe hacerse con los felinos para encontrar el corazón y los pulmones. Cayó de la rama y volví a dispararle derribándole definitivamente. Locos de alegría, el granjero y Liam se acercaron a admirar el tamaño del ejemplar, sin duda, el mayor que habían cazado en su vida. Por curiosidad lo pesamos y dio 14 kilos y 9,5 puntos. 

No sin cierta nostalgia me despedí de Liam y de su hermosa propiedad en Kimberley, al encuentro de mis obligaciones en España y pensando ya en los nuevos horizontes que el futuro me deparará. 

 

Parafraseando a un gran aficionado portugués, sólo puedo terminar diciendo: «¡Qué suerte tengo de ser cazador!». CyS

Un reportaje de Moises Camarero

 

 

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