En Zimbabwe tras los elefantes: mi último safari

Acabo de llegar de Zimbabwe. El largo y complejo viaje lo ha organizado Santiago Escobedo, reconocido PH español, a su vez amigo y referente de Mark Sullivan en España.

 

  Por Juan Giné Gomà

 

 

Personalmente le encargué la organización de un safari de un buen elefante y, por lo que fuere, que resultara una caza difícil. Descartamos Botswana, el Caprivi en Namibia, diversas reservas de Tanzania… Finalmente, escogimos la zona contigua al Gonarezhou National Park, en Zimbabwe, zona que tiene ciertas peculiaridades.

Ésta ha sido mi tercera visita al país, siempre con finalidad cinegética: 1994 y 2010 (Caza y Safaris, números 316 a 320) fueron las previas. A vista de observador externo, no parece que las condiciones de vida vayan mejorando. Con una población de trece millones de habitantes, en la actualidad solamente 20.000 son de raza blanca. En las últimas estadísticas realizadas por el propio Gobierno, la incidencia y prevalencia de personas infectadas por el virus del HIV es muy alto. La malaria, la tuberculosis, el cólera y otras infecciones hacen estragos en la población. La mayor parte de entidades bancarias son locales. Las gentes del campo viven en unas condiciones extremadamente duras. Sin embargo, las personas ríen y los niños parecen felices. Quizás sigan cambiando vacas por esposas…

 

Los elefantes 

La población de elefantes en Zimbabwe, estiman los professional hunters (PH) que puede estar sobre los 90.000 ejemplares; se otorgan un número de licencias de abate realmente bajo. En el norte, hay un considerable número de tuskless (elefantes con pobres o nulas defensas), selectivos, que habría que sacrificar. En algunas zonas abunda el furtivismo: postas, lazos, trampas… con el consiguiente aumento de la peligrosidad que a partir de esta circunstancia presentan los animales. Anduvimos por el Gonarezhou National Park situado en el sureste del país y que linda con Mozambique por el este. El nombre le viene dado por el término shona que corresponde a tierra de elefantes. En esta reserva se estima que habitan 10.000 elefantes. Junto con el Kruger Park y el área del río Limpopo en Sudáfrica forman una gran área por la que estos paquidermos transitan libremente. 

Cazamos en el borde norte del parque, a lo largo de un afluente del río Save, segundo en importancia. El área de caza, controlada por unos granjeros-cazadores afincados en este país desde hace casi un siglo, es una franja de unos catorce kilómetros de longitud. Abunda el bosque con abundante acacia. Quizá no escogimos la mejor época de caza del año. En febrero y marzo, en las plantaciones de maíz, merodean los grandes machos… 

El primer día, seguimos el rastro de siete elefantes, dos de ellos poseedores de una huella grande, que se dirigían al refugio del Gonarezhou. Posteriormente, seguimos otro rastro de hembra joven que abandonamos y, finalmente, encontramos el rastro de tres elefantes. Uno de ellos, con una gran huella. Me cuentan que es el grupo ideal para pistear. Hubo dos días de lluvia (circunstancia poco frecuente en esta época) que demoraron nuestras expectativas. De cualquier manera, este elefante adulto del pequeño grupo ya se convierte en nuestro objetivo. 

Constituimos el equipo siguiente: Stephen (PH local), Santiago Escobedo (PH español), dos trackers personales, un tercero que hace además de conductor, reforzándose –según necesidades– de dos o cuatro más de la zona, un game scout (guarda del país, debidamente armado), y yo mismo. Los pisteros se distribuyen en grupos de dos, con emisoras.

El tercer día de caza observamos que el grupo de los elefantes se ha resguardado en un lugar inaccesible para nosotros, con un solo punto de entrada y salida. Allí no hay agua y en algún momento tendrán que salir a beber… Se han colocado en una ratonera.

La pequeña tregua de la noche nos lleva al campamento. Allí nos informan que, al otro lado del río donde cazamos, una mujer ha fallecido por el ataque de un elefante. Me deja perplejo el percibir el pobre impacto que tiene la noticia. 

El quinto día observamos, siguiendo las huellas, que los paquidermos han salido de su refugio. Los pisteamos de día y, al hacerse de noche, Stephen decide que la pasaremos en el campo. 

Aquella tarde la naturaleza nos regala un atardecer maravilloso, la silueta de las montañas nos ofrece un espectáculo impresionante. Los colores, los olores, las gentes vitales merodeando alrededor de los poblados… A las 18:15 horas, ya casi sin luz, nos avisan los pisteros por la emisora que han localizado nuevamente a los elefantes. Persiguiendo al ejemplar grande, nos cae la noche. Preparamos unas colchonetas junto al río y echamos una cabezada. Hay mil estrellas en el cielo, una brilla especialmente. 

 

El encuentro final

Es la madrugada del sexto día. Dos pisteros nos avisan: tienen de nuevo localizados a los elefantes. Vamos en su busca y, finalmente, los encontramos. Los profesionales entran en acción y se prepara el acto final. Hay demasiado bosque. El objetivo se coloca por detrás de los dos ejemplares jóvenes. ¡Cuidado con las cargas de los elefantes cercanos! Los dos PH proponen estrategias distintas. Se mueven con el sigilo de los leopardos por debajo de las acacias. Llega mi momento. Disparo al codo del paquidermo. Los profesionales doblan intentando bloquear al animal con el obstáculo de las ramas. Repito tiro a la columna. Se va el elefante con seis disparos. Camina cuatrocientos metros. Cuando voy a disparar nuevamente, cae redondo. Impresionante munición la PH de Norma para .375 Holland&Holland Magnum de 350 grains, disparada con un rifle Blaser R93.

Personalmente, me molesta el sufrimiento de los animales. Me hago eco del sentir del escritor Alberto Vázquez–Figueroa –admirador, como muchos, de Hemingway– en su contundente apreciación negativa de un relato del libro Las verdes colinas de África, donde el novelista explica extensamente la agonía de un búfalo al que disparó.

Final de la cacería y principio del caos. Aparecen en el escenario otros dos game Scott de la reserva con sendos Kalashnikov. Por todas partes  aparecen personas de los poblados, muchas de ellas con un cuchillo en una mano y un utensilio para transportar la carne en la otra. Todo está tranquilo, hasta que empieza el desguace. Nerviosismo, carne, cuchillos, algunos cortes, los tres game scout intentan controlar lo incontrolable. Hasta que se descontrola. Stephen me ordena subir al coche; Santiago aguanta con firmeza en medio de la nube de personas. Stephen nos dice que, para ellos, aquello es una fiesta, como una Navidad, y que por la tarde volverán a ser amigos. Todo el fin de semana comerán carne, beberán cerveza y tendrán sexo. Haciendo broma forzada, dice que a los próximos recién nacidos les llamarán Juan. El espectáculo es dantesco, sobrecogedor.

Volvemos al campamento con el objetivo cinegético cumplido. Hemos abatido un buen elefante, las libras las sabremos definitivamente cuando dictamine la CITES, aunque, por la cabeza, las grietas de las patas y con sesenta años a sus espaldas, el peso de los colmillos puede ser una sorpresa. Probablemente, se trata de lo que tiene menor importancia. Decido dar por terminada la cacería. 

Stephen es un gran cazador de elefantes, obsesivo. Santiago, impecable. La dureza es aquel mundo… hoy. 

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