La codicia del oro blanco. Así masacran los furtivos a los elefantes en Camerún

La codicia por el oro blanco lleva a imágenes como ésta que abre nuestro reportaje.
Texto: Antonio Mata / Fotografías Antonio Reguera

El comercio ilegal de marfil con destino a países del lejano oriente, sobre todo a China, está poniendo en serio peligro a una de las especies más emblemáticas del continente negro.

No es precisamente la caza regulada –fuente de riqueza y principal aval de la protección de la especie– la amenaza más inmediata del elefante africano (Loxodonta africana), como algunos pretenden, sino que será precisamente su prohibición la que generará el abandono por parte de los productores cinegéticos, como ya ocurriera en varios países del entorno, con la pérdida consecuente de unos recursos imprescindibles para la conservación y el control de la plaga de furtivismo que asola al región oriental y central de África.

Antecedentes
En 1989 la Convención Internacional sobre el Comercio de Especies Amenazadas, CITES, prohíbe el comercio internacional de marfil. Esta medida, que en un principio supone el descenso del tráfico ilegal y el furtivismo, muy pronto encontrará subterfugios legales para que su comercialización sea ‘legal’. En 1999 Zimbabue, Namibia y Botsuana consiguen permiso para la exportación, principalmente a Japón, de 50 toneladas en una venta ‘experimental’. Dicho ‘experimento’ se desarrolló dentro de un programa Monitoring of Illegal Killing of Elephants, MIKE, destinado a controlar las tendencias furtivas del comercio ilegal para informar a la Conferencia de las Partes, CITES, que no dio ningún resultado. En las siguientes reuniones de CITES se planteó la discusión entre los países que necesitaban el comercio del marfil para su subsistencia, y los que acusaban al comercio de incrementar el furtivismo y los ataques indiscriminados a la especie. Durante la Conferencia de las Partes de 2007, CoP14, se autorizó (a Botsuana, Namibia, Sudáfrica y Zimbabue) la exportación de 106 toneladas de marfil a China y Japón, con una moratoria de nueve años que impide cualquier otra venta. Para lograr la importación, China se comprometió a regular de forma oficial su mercado interno mediante un tarjeta registrada que identificase legalmente cada uno de los productos realizados con marfil. La creciente demanda de los mismos, fruto del cada vez mayor poder adquisitivo de los chinos –tradicional e históricamente amantes de este tipo de productos–, ha propiciado todo tipo de subterfugios legales hasta conseguir que en siete de cada diez comercios dedicados a la venta del marfil en China, se vendan artículos que no tienen ningún tipo de registro oficial, o sea, que son fruto de la venta ilegal y, por lo tanto, un mercado cada vez más en alza en el que los furtivo pueden realizar ‘su agosto’. Y ese es el quid de la cuestión de lo que viene a continuación.

Los hechos
A través del director del Proyecto para Proteger la Fauna Salvaje y Eliminar la Caza Furtiva, Mayo Rey, Antonio Reguera, tuvimos conocimiento, el pasado mes de marzo de una situación sangrante que se estaba produciendo en Camerún, concretamente en zonas del Parque Nacional de Bouba N’djidah, en el noreste del país, un territorio de más de 220.000 ha ubicadas dentro del territorio del Lamidato (sultanato) de Rey Bouba, frontera con la República del Chad y cercano a la República Centroafricana. A modo de pequeña historia comentar que Bouba N’djidah, de quien se hereda el nombre del Parque, llegó de Mali en el siglo XIX, con sus guerreros fulani, para instalarse en las fronteras de Adamawa, en el borde del río Mayo Rey. Clavó en la áspera tierra una bandera blanca y depositó en el suelo un tambor de plata, una espada y un cesto que contenía los secretos reales. Después, construyó un palacio-fortaleza de adobe, La Baba, rodeándolo de un muro de ochocientos metros de largo y siete metros de alto, y que es actualmente la residencia del actual sultán o lamido.

La preocupante situación nos llevó a recabar más información al respecto con el fin de intentar presentar un informe –éste que estamos realizando– lo más detallado posible sobre una situación que se repite habitualmente desde el año 2006, pero que, en esta ocasión ha alcanzado tintes desproporcionados y dramáticos y conlleva unas consecuencias de magnitudes desconocidas para el futuro de la especie: si se prohíbe la caza del elefante, y todos los visos tiene, las consecuencias para la especie pueden ser totalmente imprevisibles. En las conclusiones de la quincuagésimo novena reunión del Comité Científico para el Seguimiento del Comercio de la Fauna Salvaje, el elefante, para Camerún, recibió una opinión negativa para la importación de la especie. De aquí a la prohibición de su caza sólo hay un paso.

Solicitamos más información a Antonio Reguera y lo primero que recibimos fue un magnífico informe del director blanco del Parque, Paul Bour, en el que, de forma detallada nos informaba de unos hechos que a continuación pasamos a exponer.

Desde principios del presente año en las poblaciones ribereñas al Parque se detecta, como siempre que se inicia la temporada seca, desde el año 2006, la presencia de grupos de furtivos en busca del codiciado marfil. Sin embargo, en esta ocasión se suceden una serie de circunstancias que, de forma inmediata, hacen saltar las alarmas y anticipan una situación un tanto excepcional.

Si en anteriores ocasiones los furtivos actuaban de forma un tanto secreta –como procede en este tipo de actuaciones delictivas–, interviniendo en los aledaños del Parque y en zonas alejadas o escasamente habitadas en la frontera con el Chad, en las presentes circunstancias actúan con total impunidad, sus rafias adquieren la intensidad de una actuación a gran escala y están perfectamente pertrechados y armados con armamento militar, incluso pesado. En algunas de las fotos que se muestran en el reportaje gráfico (proporcionado por Antonio Reguera), se pude observar como, incluso, son portadores de medicamentos y repelentes de alta gama, poco accesibles económicamente para los furtivos habituales y la munición que utilizan es de procedencia árabe. Se trata de un pequeño ejército de unas 150 personas que se dividen en grupos de unos quince para llevar a cabo sus fechorías y que se dispersan impunemente por todo el territorio abatiendo sin escrúpulos a cualquier elefante que se cruce en su camino sea del tamaño o peso que sea. Realizan sus incursiones a caballo y también utilizan algunos dromedarios.
 
Pero hay otra singularidad que, en sus actuaciones, los distingue de los furtivos de años anteriores. A la impunidad y características citadas, se añade la búsqueda de complicidad con los pobladores de la zona que, en muchos casos, acceden a sus pretensiones. Acostumbrados como están a sufrir los daños que los paquidermos provocan en sus cosechas, y a que nadie les resuelva sus problemas, en algunos casos se deciden a colaborar con los furtivos, sobre todo porque les ofrecen la carne para paliar sus necesidades y, también en algunos casos, incluso les pagan una soldada por actuar como guías o rastreadores. Las primeras sospechas, que luego se confirmarían, recaen sobre una banda organizada de sudaneses que se pertrechan en Chad y en la República Centroafricana. El marfil obtenido de esta forma nutre a los mercados orientales asiáticos vía Sudán. Los beneficios se cobran tanto en metálico como en especies: armas para ser utilizadas por las guerrillas.

Reacción oficial militar
A primeros de marzo, el gobierno de Camerún, toma cartas en el asunto y envía a sus BIR, Batallones de Intervención Rápida, que se despliegan en la zona apoyados por un helicóptero y por tres ultraligeros capaces de detectar las maniobras de los furtivos, con mucha movilidad en un territorio tan extenso. Tras producirse varios enfrentamientos, no se conoce con exactitud el balance en vidas humanas, aunque todas las fuentes apuntas a tres o cuatro muertos por cada bando (en su huida hacia el Chad, los furtivos dieron muerte a cuatro soldados de sus fuerzas armadas que intentaron cortarles la huida). Desde que se realizó esta operación se confirma la reducción, o la casi desaparición, de la presencia de furtivos, aunque las labores de control seguirán activas hasta el inicio de la estación lluviosa, ahora en el mes de junio. También se incautaron caballos, numerosa munición, armas y cargadores, armas blancas y, sobre todo, una ingente cantidad de pequeños colmillos de elefante, lo que indica una absoluta falta de indiscriminados escrúpulos a la hora de elegir los animales sobre los que llevan a cabo sus fechorías. Como se puede ver en las fotografías, absolutamente ningún cazador sería capaz de abatir piezas semejantes.

El balance final de esta carnicería no está nada claro, principalmente por las dificultades existentes a la hora de poder localizar y contabilizar los elefantes abatidos y por la poca colaboración que prestan las comunidades de la zona –sobre todo porque en 2010 fueron asesinados dos guardas de la zona por colaborar en la verificación de los elefantes eliminados–. A 30 de marzo, según el informe de Paul Bour, había más de 300 elefantes muertos localizados. Otras fuentes hablan de más de 500. El balance final, seguramente, será muy superior. Sólo una operación metódica de conteo, por parte del gobierno camerunés, podría acercar la realidad a esto que parece de ficción. Bien es verdad que se tiene la certeza de que las grandes manadas de elefantes han huido de la zona hacia zonas más ‘tranquilas’ y se ha visto su presencia en áreas que no ocupaban habitualmente. Si vuelve la paz… posiblemente recuperen sus hábitats.

Las consecuencias
¿Alguna consecuencia positiva? Alguna esperanzadora, otra… muy negativa.
La resonancia internacional de la noticia ha tenido reacciones eficaces pero, como casi siempre, tardías. Iniciativas públicas y privadas, ligadas a los elefantes y al furtivismo y a la protección de los recursos naturales de la zona se van a llevar a cabo. Mayo Rey, con Antonio Reguera a la cabeza, la dirección del Parque, el Lamido del Rey Bouba y el Safari Club Internacional –su Comité de Asuntos y Desarrollo Internacional–  han firmado un proyecto de apoyo para 2012 y 2013 en el que Mayo Oldiri pone los medios y el SCI aportará, en palabras de Antonio, parte del dinero para comprar los materiales necesarios para combatir el furtivismo… A grandes males grandes remedios y, sobre todo, anticipación ante lo que se puede avecinar. La implicación del SCI puede ser decisiva a la hora de plantear soluciones y, sobre todo, en el momento en el que se puedan tomar ciertas decisiones que afecten tanto a la conservación como a la caza.

Porque la parte negativa de todo esto no es otra que la inminente posibilidad de que CITES acabe con la caza del elefante en Camerún. Y si la caza no aporta sus recursos… entonces sí que se planteará un auténtico problema para la conservación como ha sucedido en algunos países limítrofes. No es de recibo que, como nos cuenta Antonio, que si se comete un delito en una joyería las autoridades nos prohíban comprar joyas en dicha joyería. No es de recibo que si se comete un delito contra la caza se nos prohíba cazar. Las organizaciones cinegéticas son la principal fuente de recursos de estas zonas y los más interesados, mal que les pese a algunos, en preservar la biodiversidad. Si se ven afectadas por un problema, del que son parte importante y del que son los primeros interesados en resolver –de ahí la implicación de Mayo Rey–, la única solución posible es el abandono de las zonas de caza y esto… esto sí es un desastre para la conservación.

Las decisiones que se toman son, la mayor parte de las veces, de tipo político y tendentes a contentar a partes no implicadas en el problema. Y si los políticos se dejan influir por las malas informaciones… las decisiones finales suelen ser devastadoras. Ciertos artículos aparecidos en la prensa internacional muestran imágenes falsas de lo que ha sucedido en el Parque Nacional de Bouba N’djidah. Las fotos de los colmillos incautados no se acercan a las reales (como se puede ver en las fotos proporcionadas por Antonio). El efectismo de algunos pretende impresionar a los citados políticos para que tomen decisiones equivocadas. Porque prohibir la caza, legal, legislada, controlada de elefantes en Camerún, será, sin duda alguna, una decisión errónea. Y perderá, como siempre, la biodiversidad y, también como siempre, las gentes de África.

Confiemos en que el SCI esté, que estará, allí para remediarlo.

Nuestro agradecimiento a Antonio Reguera y Paul Bour, sin cuya inestimable colaboración no hubiese sido posible realizar este reportaje.

Mapa del Parque Nacional de Bouba N’djidah. En los círculos aparece el número de elefantes masacrados hasta ese momento en este área

La crueldad de estos furtivos organizados y perfectamente armados no tiene límites. Atacan indiscriminadamente a las manadas matando machos, hembras y crías.

Otra imagen que ilustra la crueldad de los furtivos con los paquidermos.

La caza legal, regulada y selectiva deja muchos recursos imprescindibles para la zona.

Los habitantes de un poblado celebrando una fiesta por la caza de un elefante. La carne de caza es necesaria para estas poblaciones locales.

Otra fotografía que habla por sí sola de la masacre que se está cometiendo sobre los elefantes en Camerún.

Medicamentos de alto valor económico como éste son los que portan los furtivos.

Aquí se puede apreciar el tamaño miserable de los colmillos de elefantes abatidos furtivamente.

La equipación militar de los furtivos es perceptible en esta imagen.

El culote de esta bala revela su origen, inequívocamente árabe.

Las fotografías son sencillamente descorazonadoras. Pero lo que más preocupa es que, por culpa de esta situación, se pueda prohibir la caza del elefante en Camerún. Eso es mucho más preocupante para la especie.

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