Canadá: osos negros en un parque natural

Mi hermano Joan y yo somos cazadores de perdiz. De aquélla que (casi) no mostraban los perros. Aquélla que te helaba la sangre cuando se levantaba de los pies. Aquélla que, una vez en la percha, acariciabas como si tuviera la piel de seda… Y venimos arrastrando, desde siempre, un discurso de planteamiento ético… Bueno, el panorama va modificando nuestra conducta. Éstas, las perdices, cada vez son más raras. Las rodillas cada vez pesan más y, ahora –decimos–, es tiempo de ‘gorrinos’.

Y ya los perseguimos, ya. Batidas, esperas, recechos nocturnos, enredos… Y, poco a poco, la telaraña de la vida, nos envuelve, aprisiona y conduce. Del gorrino al facochero, del facochero al búfalo cafre, del cafre al león. Del león, ¿al elefante? Estamos aquí. De momento, que si el Matetsi o el Hwange o Gona Rezhou. ¡Qué han abierto el Hwange por exceso de animales! Botswana, Mozambique o Zimbabwe… ¿Y, mientras?

Uno cree que del viaje de la vida le quedan tan sólo dos cartuchos y que éstos no se pueden quedar en la recámara… Y mientras, literatura. A menudo pienso que si el esfuerzo que hago en empaparme de bibliografía cinegética lo empleara en otra disciplina, como el fútbol, pongamos por caso, ni Guardiola me llegaría a la suela del zapato. Otra historia es sentar al guarro de un zapatazo. Aquí el rasero ya nos pone a cada cual en nuestra casilla.

Bien, entre artículo y artículo, es obligado mirar los ‘santos’ (pésima comparación), y van saliendo ofertas para tiempos de crisis y, a todo esto, aparecen propuestas de caza de distintos úrsidos. De todas ellas, llama la atención la de los osos en el quebequés, en Canadá.

Yo anduve por aquellas tierras en el verano de 1990. Hubo un congreso de mi especialidad médica en Montreal y visitamos las cercanías. Recuerdo que, a los quebequeses, se les llenaba la boca cuando comparaban su ciudad con municipios de Suiza. Cierto que ‘tiene un aire…’ Una orografía geológicamente muy antigua da un paisaje modelado, lleno de lagos. A la orilla del agua, aparecen casitas pintorescas con un bote a la puerta y, ya entonces, con un hidroavión amarrado en algunas. Una imagen de postal.

Las ofertas se parecen todas. Una semana viviendo en una cabaña de madera, pegadita al lago. Las mañanas, pescando truchas y, las tardes, de puesto a por el oso. Al parecer, la cabaña de osos está sobredimensionada y, cuando has abatido el primero, por un precio razonable, puedes comprar una segunda licencia… A esta propuesta no le falta más que la novela y el Cabernet Sauvignon.

La primera semana de marzo, a vueltas con el elefante, nos fuimos Joan y yo a Madrid, a las ferias Venatoria y FICAAR. Hablamos con diversos orgánicos y uno de ellos, Arturo De Onís, sacó un DVD con unas filmaciones de osos en Canadá. Ya en casa, lo visionamos. Vaya sorpresa. La historia de los osos, que en el escenario de un país como Canadá, que por su organización y cultura parece sacado de los pasillos de El Corte Inglés, parecen unas cacerías respetables, con carnívoros de considerables dimensiones y bravura.

Contactamos con Arturo y, de la manera que lleva él la organización (habíamos cazado con él, tres años atrás, gorrinos en la Anatolia turca), cruzando correos continuamente y a deshora, pactamos la cacería. Entre las peculiaridades de esta caza, deducimos que es importante que la ropa sea insonorizada, porque los puestos, en los árboles, están muy cerca del señuelo. Hay un problema con los mosquitos y la mosca negra. En el vídeo se observa a menudo, que el aguardista va con la cabeza protegida como un criador de abejas. Habrá que proveerse de repelentes y de cinta para sellar los guantes y las perneras de los pantalones.

Salida
El sábado, de madrugada, nos encontramos Josep (un payés sacado del corazón de Catalunya), Joan (empresario) y yo mismo (traumatólogo) en el Aeropuerto de Barcelona, Terminal 1. Vamos a París. Esta vez no nos llevamos el arma, la alquilamos allí. En el aeropuerto Charles De Gaulle, el trajín de las armas es casi imposible. La agencia de viajes nos avisa que hay que recoger las maletas en París para cambiar de vuelo en dirección a Quebec. Hacemos el check in y ¡conseguimos facturarlas a destino! 

Una vez en París, mientras viajábamos de una terminal a otra, nos encontramos con el resto de la expedición española. Arturo (el orgánico, ingeniero), Paco (abogado), Juan Manuel (arquitecto) y José Lucio con su esposa Marisol (médicos). El resto, hasta diez, se completa con un belga y tres norteamericanos. Dos de ellos han ganado un concurso en una cadena de televisión de su país (Cabelas, tienda de deportes/orgánica), y los premios, obviamente, eran sendas cacerías de oso negro en el Canadá.

Volamos hasta Quebec y alquilamos unos turismos que nos sirvieron durante la semana para ir de un sitio a otro. Visitamos una macrotienda de caza y, lloviendo a cántaros, cenamos una excelente carne en un bistró cerca del hotel.
El domingo por la mañana visitamos una segunda macrotienda de caza, compramos aquellas cosas ‘que tanta falta nos hacen’ y viajamos hacia el parque natural. De camino (unos 160 km) fuimos juntándonos con el resto del grupo. Además de los cazadores, están los guías profesionales (Pierre, Gaston y Denis), el orgánico local (Gils), un cámara de TV (Jeremy) y el personal de soporte. Atravesamos medio parque natural y llegamos a una cabaña fantástica de troncos, junto a un lago (de los 2.000 que hay en el parque). No hay más luz que la que proporciona un generador. No hay cobertura de teléfono móvil. Un sepulcral silencio y un estallido de la naturaleza en forma de cien tonalidades de verde con ríos y lagos por todas partes.

Nos explican que las mañanas las dedicaremos al pisteo de animales heridos y a la pesca; las tardes, a la caza; y las noches… a dormir.

Primer día
Llega un cargamento de rifles. Cuatro del calibre .300 Winchester Short Magnum, uno de 7 mm. Win. Short Magnum y otro del .308 Winchester. Todos con mira telescópica (predomina la opción 1,5-6×42) y de palanca (existen muy pocos rifles con este tipo de cierre en nuestro país) de la marca Browning belga, fabricados en Japón, por la casa Miroku. La mayoría de color metálico y culata sintética. Buenos rifles. Nos llevan a un campo de tiro, y los centramos a no más de 30 metros, (¿). Comemos y… al puesto. 

A las 15.00 horas llegamos al lugar que me han destinado. Me muestra el guía que un oso ha levantado los troncos y se ha comido el cebo. Vuelve a colocar comida y a cubrirla con los troncos bien puestos. El oso ha clavado las garras en los troncos vecinos… Me deposita mi guía en el treestand con el advertimiento de que no me mueva de allí hasta que él llegue. Subo por una escalera de gato y me siento en un refugio que tiene protecciones laterales de tela de saco que, con el tiempo, se han convertido en harapos, (mejor, más camuflaje). El cielo no se atreve a llover. Sopla un considerable aire frontal, ligeramente lateralizado, cuya dirección no molesta para la caza. Bien acomodado, preparo el arma, un .300 WSM. Me protejo de los mosquitos y me dispongo a pasar la tarde.

Empiezan a pasearse una considerable cantidad de minúsculas ardillas. Son ruidosas. Dudo si hay una que se acerca muchas veces o son muchas. Más tarde, observo que las hay más grandes y más pequeñas, dentro de su mundo de Liliput. Me visita una liebre pequeña, sin el color marrón oscuro de las puntas de las orejas de las nuestras. Unos pájaros escandalosos, no mayores que nuestros gorriones, me sorprenden de vez en cuando. Van desgranando las horas… y me convenzo de que a las 18.00 horas entrará mi oso.

Seis minutos antes de mi hora prevista, aparece un oso negro. No parece grande. ¿Quizá pequeño…? No lo sé. Nos han advertido que no hay dimorfismo sexual. Nos han dicho que el tamaño es difícil de conocer. Que a menudo colocan una cinta en un árbol próximo para conocer el dintel a partir del cual ya se trata de un adulto… Viene y se va. Saco el seguro y me pongo el rifle en la cara. Lo veo pasando por detrás de unas matas de izquierda a derecha. Vuelve a entrar. Ni me ve, ni me huele. Me han recomendado que he de esperar a que comience a comer, que se quedará un rato a hacerme compañía y es entonces cuando me toca disparar. El animal está tranquilo. Va a levantar el primer tronco y yo ya tengo la cruz puesta en el codillo. ¿Tengo que esperar? Vaya tontería. Nunca tuve un guarro tan a tiro. ¿Será pequeño? Si es pequeño, ya tiraré a otro más grande. ¡Patapum…!

Da dos vueltas sobre sí mismo y cae redondo. Echa un par de gemidos desgarradores… y ya está. Los gemidos me han quitado las ganas de tirar a otro más grande. Fin.

Dos horas y pico más tarde veo a mi hermano Juan que se acerca con el guía. Ya llevan un faro frontal porque se hizo de noche. Yo, en mi silla, donde me advirtieron que no la dejara bajo ningún concepto…

Aparece Andrés y yo me bajo a ver el oso. Debo de ser el único bobo que no ha bajado del árbol. Me dicen que es de tamaño normal. No me parece que sea un espantoso animal… Lo cargamos en el coche y nos vamos a la cabaña.
¡Enhorabuena, he sido el campeón…! ¡El primer oso lo he abatido yo! ¿Cómo les fue a los demás? Josep ha cazado uno igual que el mío, un rato después que yo. Juan Manuel ha cazado otro igual y ha pinchado un segundo que no han podido encontrar (tenía la compañía de Arturo, que filmó el lance). Paco ha pinchado uno grande que se fue. Joan y José Lucio (acompañado por su esposa) no vieron nada.

Nos cuentan que uno de los yankees al que le tocó la cacería en la rifa de la tele ha caído del árbol y ha quedado conmocionado. Lo han llevado al hospital y, aunque el TAC no ha demostrado lesión, se lo han quedado en observación. Mañana le preguntaremos qué pasó. A cenar y a dormir.

Segundo día
Salimos a pistear los dos animales heridos. Como nos hemos olvidado del chaleco fosforito, los guías no nos dejan participar. Ellos encuentran sangre en los dos casos, pero pierden la pista en el musgo. Echamos en falta nuestros teckels de pelo duro… Revisamos los puestos con los guías. Prácticamente todos los puntos están removidos. 

Por la tarde, sólo cazan Joan, José Lucio y Paco. El resto del grupo nos desplazamos a 60 km, el pueblo más cercano, a comprar comida para celebrar mañana una cena española e invitar al resto del grupo.

Por la noche, nos cuenta Joan que ha tirado a un oso grande. Le ha dejado sangre, pelos y hueso, pero aunque lo han pisteado un rato, no fueron capaces de dar con él. Mañana será otro día. José Lucio y Paco no vieron nada.

Vemos al cazador precipitado. Ya se curó. Nos cuenta que, cuando entró el oso, mientras preparaba el arco, cayó desde las alturas del treestand (de 3 a 3,5 metros). Imaginamos el susto que se llevaría el oso y nos partimos de risa con la descripción bufa de los hechos…

Tercer día
Josep, Marisol, Arturo y nuestra cocinera (Elise) se fueron de pesca y trajeron quince hermosas truchas. Están riquísimas. Falta el aceite de oliva y el jamón…Fuimos a pistear el oso de Joan. Dejó medio cuerpo en el suelo y no fuimos capaces de poderlo hallar.

Por la tarde, cazaron los mismos que el segundo día, a los que se les unió Juan Manuel que decidió, a última hora, intentar un segundo oso.

Arturo y yo, nos fuimos a Charleroix, un pueblo distante 70 kilómetros dirección sur, a comprar anzuelos, plomos y cebo para la pesca.

Nos explican los guías que, en invierno, se dedican a su profesión de tramperos. Cazan lobos, zorros, linces, bob cat’s y coyotes. Vaya trabajo, ¿no?

Por la noche llegan los cazadores. José Lucio ha cazado un oso igual que los del primer día. Joan ha pinchado otro. Juan Manuel y Paco no vieron nada.

Por la noche, cena española. Marisol ha preparado dos tortillas españolas con ensalada variada y yo preparé unos bogavantes canadienses con garbanzos. ¡Un éxito! No quedó ni un garbanzo. Muy español no fue… pero los yanquees se pusieron las botas. Nosotros, también.

Cuarto día
La mitad del grupo fue a pistear el oso de Joan y la otra mitad a pescar truchas. Los del oso encontramos mucha sangre, pero poco oso; los de las truchas, pescaron un montón. Pescadas y a la sartén. ¡Sabrosísimas…!
Por la tarde cazaron Juan Manuel y Paco. No vieron nada. Joan dejó de cazar. Dijo que había dejado dos animales en el campo y no se veía con ánimo de que pudiera sucederle una tercera vez.

Quinto y último día
Nos despertamos por la mañana y nos anuncian que a las 8.00 horas tenemos que abandonar la cabaña. La razón: llega la siguiente expedición… ¡Pues, aire!

A los dos cazadores les proponen una jornada continuada, mañana y tarde. El resto de la expedición ibérica nos disponemos a visitar ballenas.

Cada cual sale para su destino. Los de las ballenas, nos desplazamos 90 km al norte, a la villa de Tadoussac. Para llegar allí, hay una excelente y curiosa carretera que bordea la bahía de Sant Laurent. Poco antes de llegar nos montan, coche incluido, en un ferry para atravesar una pequeña bahía. Ya en Tadoussac, salimos con un barco para avistar ballenas. Vimos gran cantidad de belugas y otras ballenas mayores.

Por la noche nos juntamos con los dos cazadores en un restaurante de una pequeña ciudad, La Baie de St. Paul. Tampoco tuvieron éxito con la caza. Allí dormimos.

Al día siguiente, previo paso por una de las macrotiendas de caza en busca del taxidermista, iniciamos el viaje de regreso, por el camino inverso al de la ida. Se acabó la escapada al Canadá.

Realmente, mereció la pena.

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