Recechos al límite: tras los carneros de Dall en tierras canadienses

Por Ignacio Gallastegui

He de reconocer que este borrego me obsesionaba. Lo intenté en Alaska con Vern Humble en su territorio del Rainy Pass Lodge. Tras numerosos avatares y no pocos problemas fallé una ocasión muy favorable. Esta imagen me perseguía y se repetía en mi mente con frecuencia. Tenía que resolver.

Tras consultar con José García Escorial decidimos que viajaría a los Territorios del Noroeste (Canadá). Un área controlada por el mítico Rick Furniss en el North Nahanni. Zona agreste y despoblada como pocas, donde la naturaleza se conserva en su más salvaje expresión.

Tras los preparativos habituales por fin comienza el viaje. Estamos a 14 de agosto de 1996. Los tediosos trámites aeroportuarios para embarcar el rifle (un Sako 7mm Rem Magnum que, por cierto, pesaba lo suyo) y el equipaje consistente en una mochila con la ropa imprescindible y el saco de dormir especial para zonas frías (hasta -20º). En esta ocasión también me acompañaba Chusa, mi valiente y esforzada compañera. Debo decir que su aspecto de ‘chica rubita con ojos azules y delicada’ no se corresponde en absoluto con su fortaleza y capacidad de sufrimiento. Siempre se ha ganado la admiración y el respeto de los profesionales con los que hemos  compartido cacería.

Nuestro plan consistía en viajar a Yellowknife (capital de los NW Territories, Canadá) para pasar unos días de descanso antes de emprender el viaje definitivo al Nahanni. En esta curiosa e interesante ciudad nos reuniríamos con nuestros amigos Paco Narvaiza y Eduardo López para las compras de última hora y tomar el avión a Fort Simpson.

En avioneta a Las Rocosas
Para no extenderme en exceso nos situamos el 17 de agosto, los cuatro sentados en una avioneta con el piloto que nos situaría en las Rocosas. Tras hora y media de vuelo regresamos al punto de partida porque un frente abigarrado impedía el acceso a los elevados picos y profundos valles de las míticas montañas. Primera decepción… y a mal tiempo buena cara.  En fin, quedamos pendientes de la llamada de nuestro experto piloto y nos alojamos en un bed&breakfast que resultó ser la vivienda del ex Presidente de los NW Territories (hombre y familia muy agradables). Por fin, al principio del tercer día recibimos la esperada llamada y a toda prisa recogemos nuestras cosas y nos dirigimos a la campa de despegue.

Esta vez sí conseguimos penetrar y aterrizar en uno de aquellos valles. La toma fue impecable sobre el pedregoso cauce de un río en una zona de aguas someras. El piloto nos informa que ha conectado por radio con Rick y que debe regresar porque se hace tarde, ya que vuela en visual.  Nos recomienda precaución. Es una zona donde abundan los osos grizzly.

Allí nos quedamos los cuatro en medio de la nada, junto a una especie de tienda de campaña cuya estructura consistía en troncos cubiertos por una loneta y un pretencioso cartel de madera con una inscripción pintada a mano en la que se leía ‘Nahanni Airport’.  Para pasar el tiempo comprobamos que los rifles estaban a tiro. 

Encuentro con el mítico Rick Furniss
Tras unas horas de incertidumbre, por fin se escucha el ruido de un motor. De repente observamos en el cielo una especie de ultraligero rojizo con ruedas desproporcionadamente grandes que aterriza en pocos metros. Sin mucho protocolo se nos presenta Rick Furniss. Su imagen quedaría grabada en nuestras mentes para el resto de nuestras vidas.  Hombre alto y delgado, de aspecto recio, con pelo y barba casi blancos, y un gorro con orejeras que le daba un aspecto peculiar. No cabía duda de que estábamos ante un auténtico hombre del Gran Norte. Su imagen encajaba perfectamente con la de un aventurero buscador de oro de mediados del siglo XIX. 

Rápidamente nos explica que en su ‘avión’ sólo pueden viajar dos personas con equipaje o tres sin equipaje, por lo que dado lo avanzado del día considera que no hay que perder tiempo y comenzar el traslado.  Decidimos que viaje Paco. Rick nos dice que no sabe si le daría tiempo a regresar esa tarde o a la mañana siguiente.  Finalmente, y con las últimas luces, aterrizó de nuevo en nuestro rústico aeropuerto, donde pasó la noche con nosotros. 

Los ‘boinas verdes’ y un inquietante grizzly
De madrugada comienza de nuevo el transporte que iba depositándonos en otro valle donde se encontraba Paco junto a los tres guías, Vincent, Mike y Dan, que nos saludaban según descendíamos del avión.

Revisión de equipaje, eliminación de lo superfluo (Eduardo traía una maleta, rápidamente descartada, y una pequeña mochila, que evidentemente fue lo único que le permitieron conservar) y nos ponemos en marcha. En este punto conviene decir que los guías llevaban alrededor de dos meses en la zona sin más contacto que Rick. Eran auténticos ‘boinas verdes’, fuertes y duros como piedras pero muy correctos y amables. Amabilidad en el justo punto del hombre de montaña. Es decir, sin las frívolas convencionalidades del ciudadano acomodado. 

Caminamos varias horas a lo largo de un valle bellísimo siguiendo una senda hecha por los animales. En mitad del camino nos enseñan una vieja y rota tienda también de loneta, con restos de material literalmente agujereado por los dientes de un grizzly. Parecían balazos. El hallazgo nos inquieta un poco. En todo momento íbamos alerta con los rifles cargados, y cuando alguien se separaba para hacer sus necesidades tenía que avisar para que los demás vigilaran. La perspectiva de un encuentro inesperado en tales circunstancias no resultaba muy atractiva.  

A ambos lados se erguían majestuosas montañas donde deberían encontrarse nuestros blancos objetivos. Por fin nos detenemos en medio de una pradera que conformaba una especie de isla en el río de aguas poco profundas y comenzamos el montaje del campamento. Dormimos poco y mal debido a los nervios, el cansancio y la incertidumbre. En esta época amanecía sobre las cinco de la mañana y se hacía la total oscuridad sobre las 10:30 h de la noche. Noches en las que, cuando el cielo despejaba, se podía observar la siempre alucinante aurora boreal.

Amanecimos temprano y tras un copioso desayuno observados de cerca por pequeñas ardillas nos dividimos en dos grupos para comenzar la dura cacería. Chusa y yo partimos con Vincent. Paco y Eduardo con Mike y Dan. Nos aproximamos a una de aquellas montañas y estuvimos observando sus laderas en busca de algún punto blanco. Efectivamente, al cabo de un tiempo pudimos detectar un carnero.  Valoramos la mejor manera de iniciar la subida y nos pusimos en marcha.

Pronto llamaron nuestra atención las huellas de un oso y restos de bayas regurgitadas que delataban su cercanía. Y así fue, porque al cabo de un corto espacio de tiempo se nos apareció un imponente grizzly de montaña que huyó en dirección contraria a la nuestra. Mejor así, ya que no disponíamos del tag correspondiente.

El día transcurrió tranquilo, con sol y buena temperatura y la ascensión, aunque dura, no presentó mayores problemas. No conseguimos ver más carneros aunque sí numerosas huellas, cagarrutas y algún encame que no dejaban duda de que estábamos en su escarpado territorio. Regresamos al camping y preparamos una fogata alrededor de la cual repusimos fuerzas mientras comentábamos las incidencias.

Paco y Eduardo también tuvieron un encuentro con nuestro oso que probablemente se topó con ellos en su huida. Ya sabíamos que este inquietante vecino merodeaba por la zona. A ‘dormir’ de nuevo. 

Un ascenso y un descenso brutales
A mí me esperaba una dura jornada, ya que Vincent me explicó que íbamos a partir a las cuatro de la mañana para adentrarnos en el valle y pasar un par de días en otra zona donde había una alta probabilidad de verlos ya que hacía años que nadie se acercaba por allí. 

Veintidós de agosto. Efectivamente, su voz me despertó cuando era noche cerrada. Hacía mucho frío y el cielo estaba nublado. Salimos sin demora caminando durante dos o tres horas adentrándonos hacia la más absoluta soledad. El valle era bellísimo y las montañas crecían imponentes a ambos lados. Unos pequeños abetos adornaban la ribera del poco profundo río.  También nos acompañaban de nuevo las huellas de un oso. No sabíamos si serían las del vecino de ayer u otro que dominara aquella zona. En cualquier caso se trataba de una presencia incómoda.

En un momento dado y con las primeras luces Vincent detuvo nuestra marcha instalando un trípode con el potente scope. Tras no mucho tiempo me comunicó la presencia de un grupo de carneros. Los observamos brevemente y comenzamos el estudio de la aproximación. Había dos opciones. Un ataque rápido ascendiendo por una pared vertical y rocosa por donde se desplomaba un riachuelo de montaña, o dar un rodeo para acceder por otra ladera menos escarpada. Decidimos el ataque rápido y nos dispusimos a ello.

Vincent ató con unas cuerdas el paquete que contenía una pequeña tienda de campaña y la mayor parte de la comida, lanzándola hasta engancharla en una rama bastante alta de un estrecho abeto para evitar que nuestro abrigado amigo se despachara con ellas.

Comenzamos la ascensión. Al principio la cosa no iba mal, pero a medida que ganábamos altura la pared se hacía cada vez más vertical y, lo que era peor, las enormes rocas sobre las que trepábamos no estaban seguras. Los terribles cambios de temperatura a los que habitualmente están sometidas las resquebrajaban convirtiéndolas en trampas muy peligrosas. Para añadir emoción se inició una fina llovizna.

Vincent subía primero y me dejaba caer una cuerda a la que yo ataba su mochila, la mía y ambos rifles. Él los jalaba hasta su posición y finalmente trepaba yo. Habríamos ascendido unos 100 metros verticales cuando nos dimos cuenta que ¡¡¡no podíamos continuar!!!

Teníamos que deshacer lo tan costosamente conseguido. Pero amigos, la bajada se nos hizo aún más peligrosa. Resbalábamos y no conseguíamos buenos asideros. Temíamos que en cualquier momento se desprendiera alguna de las grandes piedras a las que nos agarrábamos arrastrándonos al vacío. Usando el método de la cuerda pero a la inversa y con mucha precaución y no pocos sobresaltos conseguimos llegar de nuevo a la base de la montaña. ¡Respiramos aliviados!

De repente, ¡sorpresa!
Gran rodeo y retornamos a subir pero por una ladera mucho más segura. Cuatro horas más tarde nos encontrábamos en ‘territorio comanche’. La parte alta de la montaña era pedregosa, con barrancos muy escarpados y terrazas en las que de vez en cuando encontrábamos praderas con hierba fresca. Pisábamos trochas hechas por los carneros y de vez en cuando encames y cagarrutas. Pero no se veía ni uno. 

Subimos hasta la cuerda y cresteando hacíamos asomadas tras las paredes rocosas por si algún borrego pudiera encontrarse sesteando en alguna de aquellas terrazas. Nada. Con tanta subida, asomada, bajada, nueva subida… mi maltrecho cuerpo transpiraba. He de decir que ni mi compañero de fatigas ni yo vestíamos lo que ahora se llama ‘ropa técnica’, sino unos burdos calzoncillos largos de algodón y un pantalón de forro polar Vincent, y uno de fieltro (tipo Loden austríaco) yo. Cubría mi torso con una camiseta también de algodón (de las que se mojan con el sudor), una recia camisa también de algodón y un forro polar con una telilla interior cortavientos. También llevábamos unos guantes bastante resistentes pero no muy ‘calientes’.

Como iba diciendo, con tanto movimiento y esfuerzo mi cuerpo sudaba, por lo que metí mi forro polar en la mochila en la que llevaba algo de ropa de recambio, una linterna, una cantimplora de plástico, unas cuantas balas, una navaja y unos sobres con polvos para hacer bebidas isotónicas.  Se hacía tarde y como habíamos vaciado nuestras cantimploras decidimos rellenarlas antes del descenso, y en un reguerito que goteaba entre las piedras nos dispusimos a ello. Dicha operación era muy lenta. 

Mientras esperábamos charlábamos sobre la jornada y observábamos el paisaje. De repente, ¡sorpresa!, un grupo de cuatro carneros machos aparecieron careando tranquilamente a unos 400 metros pero en nuestra dirección y a nuestra cota. Los observamos con los prismáticos y pudimos deducir que dos de ellos eran jóvenes pero los otros dos parecían grandes. Despacio y con sigilo nos colocamos en una parte que nos ocultaba de su vista para esperar su llegada. Delante nuestro, a unos 70 metros, había una cresta de rocas que hacía las veces de muralla. Poco a poco nos íbamos aproximando con la idea de asomarnos ganando una posición favorable. El suelo era un pedregal bastante empinado sobre el que teníamos que movernos con cautela para no hacer ruido. El sol se había ocultado tras los picos. Lloviznaba y hacía mucho frío. Nos quedaba una media hora de tenue luz.

En eso estábamos cuando inesperadamente aparece uno de los carneros jóvenes y se coloca a unos 30 metros bajo nosotros. Se queda quieto mirando hacia abajo, gira 180º, nos mira con curiosidad y… ¡se tumba! Nos sentamos para no espantarle y esperar acontecimientos, cuando, de repente, aparece el otro joven que se acerca a su compañero repitiendo la operación. En un juego macabro yo les apuntaba con mi rifle y estoy seguro que si hubiera disparado habría hecho un doblete de un solo tiro.

¡Qué maldita suerte! ¡No podemos movernos! ¡¡¡Nos estamos quedando congelados, se acaba la luz y estamos bloqueados!!! Ya no puedo más y le siseo al oído a Vincent que me la quiero jugar. Decidimos correr a la cresta de rocas y hacer una asomada rápida para intentar ver a los grandes. Me quito la mochila y tiro los guantes y salimos a todo lo que daban nuestras piernas. Los dos jóvenes se alertan y regresan asustados por dónde habían venido. 

Nos asomamos desde la cresta y la imagen es imponente. Hay una plataforma con una praderita de hierba verde inclinada hacia el vacío y a unos 150 metros un carnero grande que se pone de pie observando a los jóvenes que han llegado y que se mueven nerviosos. El otro sigue acostado a la espera de acontecimientos. La luz es muy justita. Me tumbo, encaro el rifle que se mueve acompañando mi jadeo incontrolable e intento fijar la cruz en el tumbado, que parece el más grande. No dispongo de tiempo, así que decido arriesgar el tiro. ¡Boummmm! Miro por el visor y el carnero se ha levantado pero no se mueve. Recargo, apunto de nuevo y… ¡boummmm! Esta vez cae. Vincent me da un abrazo y yo estallo de alegría, pero al relajar su cuerpo por la muerte, el carnero comienza a rodar y cae al vacío. ¡¡¡Mierda!!! 

En muy breves segundos se acumulan muchos sentimientos. Satisfacción por haber concluido el lance con éxito, temor por la posibilidad de no poder cobrar el trofeo, y de repente una terrible sensación de absoluto agotamiento físico al haber consumido todas mis reservas. Creedme cuando os digo ¡imposible dar un paso!

Se masca la tragedia
Vincent y yo habíamos dejado las mochilas donde estuvimos sentados observando los carneros jóvenes. Yo había tirado mis guantes en la loca carrera hacia las peñas. Ahora nos dimos cuenta que habíamos descendido unos 200 metros que me parecían el Everest. Eran las once de la noche. ¡¡¡Ya no se veía y yo no podía moverme!!! Decidimos que Vincent subiera a por las mochilas y encendiera su pequeña linterna para señalarme su posición. Yo subiría poco a poco hacia la luz.

Esa no muy larga ascensión supuso el via crucis más difícil de mi vida. Daba un paso y todo giraba a mi alrededor. ¡¡Era como si estuviera completamente borracho!! Claramente estaba en hipoglucemia. Tan sólo habíamos comido unas tiras de carne seca y casi no habíamos bebido. Llevábamos 19 horas de trajín. Me venían a la mente todo tipo de pensamientos, pero tenía muy claro que tenía que llegar a aquella luz. No tengo ni la menor idea del tiempo que pude emplear en la patética ascensión… pero lo conseguí.
Nada más llegar, Vincent me dijo que teníamos que buscar un refugio para pasar la noche, ya que era un suicidio intentar bajar la montaña. El riesgo de despeñarnos era enorme y yo estaba exhausto. 

Comenzó a caminar despacio y yo le seguía como un autómata. Os doy mi palabra de honor que no recuerdo absolutamente nada de aquello. No sé si anduvimos mucho o poco, pero lo que sí recuerdo o creo recordar, es que cuando le iba a dar una palmada en la espalda a mi inagotable compañero para notificarle mi rendición, milagrosamente se vuelve hacia mí y me dice que hay una cavidad que nos podría servir. Me quedo quieto y él se adelanta a inspeccionar el terreno. En breve regresa a mi posición y me explica que esa cavidad no le gusta porque parece inestable y se podría hundir sepultándonos en su interior, pero que muy cerca hay otra más segura.  A mí cualquier cosa me parecía bien, y si me hubiera propuesto saltar al vacío le hubiera seguido sin dudarlo.

Me recomienda quitarme la ropa y cambiarla por otra seca. Cuando estoy en ello descubro con pesar que la muda que llevaba en la mochila estaba húmeda al haber cometido la estupidez de guardar el forro polar mojado en su interior. Además había perdido un guante. Me desnudo y me visto de nuevo con la ropa húmeda, ya que la que llevaba puesta estaba empapada en sudor y agua.

En esto aparece de nuevo el esforzado Vincent y me comenta que ha cambiado el viento y que la segunda hoquedad es inviable porque le da de lleno y nos congelaríamos. Así que la única opción era pasar la noche en la previamente desechada. Esta era –o al menos así la recuerdo–, como un nicho. Era un agujero horizontal bastante profundo, calculo que unos tres o cuatro metros, y unos casi dos de ancho por uno de alto que disminuía hacia el interior. Metí el rifle y la mochila al fondo y me tumbé con los pies hacia dentro y la cabeza hacia la entrada. En el techo había una roca longitudinal que recuerdo como la quilla aplanada de un barco que me caía justo sobre la cabeza. 

Vincent se mudó la ropa y se tumbó a mi lado. Por suerte llevaba una especie de hule que colocó sobre nosotros y ‘tapaba’ un poco la entrada a nuestra tumba. Guardábamos silencio. Creo que Vincent estaba tan asustado como yo, pero no articulábamos palabra. No sé si por agotamiento o por no ennegrecer aún más el ambiente.

El caso es que se desataron los elementos. Comenzó a rugir el viento y a nevar violentamente. Yo no me movía. Mi única obsesión era no tiritar para no quemar mis últimas y escasísimas reservas. Parecerá increíble, pero la mente es capaz de conseguir casi lo imposible.

Pensaba en el autocontrol de los santones de la India y me decía: «no tengo frío y no voy a tiritar, así que relájate». Y creo que lo conseguía casi todo el rato. También pensaba en otras cosas. Fundamentalmente me sentía un estúpido irresponsable por haber llegado a semejante extremo, y no sólo temía por mi suerte, sino que me abrumaba la idea de la horrible papeleta que les endosaba a Chusa y a mis compañeros de aventura si aquello se hundía y nos sepultaba. Sería absolutamente imposible que nos encontraran. Quedaríamos allí para siempre. Curioso final.

No sé si dormí algo o no. De vez en cuando me parecía oír roncar a mi colega, quien también de vez en cuando agitaba el hule para expulsar la nieve que se colaba sobre nosotros. Me juré y perjuré que si salíamos de aquello vendería todos mis artilugios y no volvería a coger un arma ni para tirar al blanco en las ferias. Odiaba la caza y me odiaba a mí mismo.

La noche se hacía eterna, infinita… pero al fin amaneció. Sacamos nuestras cabezas al exterior. El temporal había cesado. Todo estaba nevado y helado. El cielo muy nublado. 

Resurrección
Vincent me dijo que era mejor esperar a que pasara algo de tiempo para ver si se deshelaba un poco el terreno y comenzar el descenso. Saqué la cantimplora de la mochila pero el agua se había congelado. Vincent llevaba una chocolatina que repartimos y nos volvimos a tumbar. Esperamos en semi vigilia un par de horas o tres, y en el cielo se comenzaron a abrir algunos claros que permitían la tímida entrada de algunos rayos de sol.

Decidimos intentarlo. Salimos de nuestra madriguera con mucha precaución, cargamos mochilas y rifles y comenzamos a descender. Poco a poco perdemos altura y nos vamos entonando. La marcha nos anima y encontramos un arroyo. Bebemos con ganas y rellenamos cantimploras. Diluyo los polvos energéticos y los ingerimos con alivio. Éstos nos aportan calorías y retomamos la marcha. Seguimos en absoluto silencio.

El tiempo mejora lentamente y el sol aparece tímidamente. Es como si estuviéramos resucitando. Llegamos a la base de la montaña y Vincent recoge la tienda de campaña del árbol. Caminamos hacia nuestro campamento. Caminamos hacia la seguridad. Caminamos hacia nuestra gente.

Pasa el tiempo y… ¡por fin los avistamos! Estaban desayunando. Salen corriendo a recibirnos. Nuestro aspecto debía ser indescriptible porque nos miran con ojos incrédulos. Mis primeras palabras a Chusa fueron «lo hemos conseguido y es mi última cacería. Abandono la caza». Vincent y yo nos fundimos en un abrazo. Seguimos vivos y estamos enteros.

Después de tomar un té caliente, unos huevos revueltos con salchichas y algunas chocolatinas me introduzco en la pequeña tienda y me meto en mi saco. Dormí profundamente durante seis horas. Salgo al exterior y lucía un sol espléndido. 
Paco no ha conseguido cazar su carnero y están programando su estrategia.

«La vida es frágil…»
El plan es el siguiente. Rick Furniss ha pasado con la avioneta para echar alimentos desde el aire y le han comunicado por los walkies que necesitan cuerdas y arneses. Efectivamente, al cabo de dos o tres horas reaparece de nuevo y lanza los archiperres. Paco saldrá hacia mi montaña con Vincent y Mike. Chusa, Dan, Eduardo y yo regresaremos hacia el punto donde nos dejó inicialmente la avioneta para volar al campamento base de Furniss. Para entonces me he reconciliado conmigo y con el mundo y ya estoy deseoso de cazar el caribú de montaña.

Sólo deciros que Paco avistó mi carnero despeñado y Vincent y Mike pudieron llegar a él haciendo alpinismo. Aunque tenía la piel rajada por la terrible caída no se habían dañado los cuernos. Le cortaron la cabeza y la bajaron al campamento volante.

Al día siguiente Paco consiguió abatir su carnero a unos 300 metros de distancia en un disparo agónico y justo antes de perderlo de vista. Estaba tan cansado que no subió a por él, sino que descendió solo la montaña para regresar a su tienda mientras Vincent y Mike lo cobraban y lo trasladaban. Mientras les esperaba se le apareció el grizzly. Paco sacó su rifle y estuvo a punto de dispararle pero en el último instante el oso giro sobre sí mismo y se alejó.

El resto de la cacería es otra historia. La cabeza del carnero me recuerda cada día la más extrema situación que he vivido nunca. Nos vigila en el salón de nuestra casa y nos recuerda que la vida es frágil y merece ser disfrutada.

El grupo al completo de guías canadienses y cazadores españoles en el campamento base.
Parte de la expedición de cazadores posando en la pista del ‘Nahanni Aiport’.
El autor del artículo (izquierda) junto al mítico Rick Furniss y la avioneta en la que éste llegó.
Ignacio, Paco y Eduardo con sus ‘trabajados’ trofeos canadienses.
El autor con el mítico Furniss y la valiente y esforzada ‘Chusa’.
Vicent logró llegar hasta el carnero cazado por el autor con grandes esfuerzos. Observesé la raja que presenta en la piel, producida por la fuerte caída.
Otra vista del impresionante y agreste paisaje de los valles canadienses de Las Rocosas.
Al final de la expedición, satisfacción por el trabajo bien hecho.

 

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