Buenos comienzos…

Esta tarde he tirado, y yo no se que es peor. Dicen los gitanos de mi tierra que no quieren buenos comienzos para sus hijos. Espero que no se me cumpla su profecía.

 

La tarde ha sido una de esas tardes soñadas para hacer un puesto. Sol radiante, temperatura agradable, ni pelo de viento y ni un ruido. Los olivares ya están cogidos y por tanto no hay voces de gente, ni ruido de motores de las sopladoras, las varas mecánicas o los tractores dando viajes a la cooperativa cargados de ese fruto tan negro, que inopinadamente propiciara un aceite tan rubio. Maravillas de la naturaleza.

He comido con un desasosiego impropio de mis años. Pero los primeros días de cuco siguen sin permitirme mesura. A las doce ya tenía el coche cargado con los archiperres que he repasado treinta y tres veces, seguro de que al final se me olvida algo.

La duda la planteaba el pájaro escogido para debutar esta temporada. El año pasado me entró una lechuza en la terraza y entre alas partidas , pescuezos rotos, cabezas abiertas y pájaros con las entrañas al aire dentro de su jaula, me quedé con un único compañero para los nueve meses de veda, “Makoki”, que este año saldrá de séptimo.

Los principios de temporada sabemos que no son los mejores para los pollos, y que incluso para nosotros es conveniente sacar gente veterana que nos asiente en el puesto y en la afición. Los desengaños es mejor dejarlos para un par de semanas después. Pero así todo la tarde estaba tan buena, que me he decido por “Majano”, un pollo que compré en la feria de Iznalloz, procedente de la granja “La Majá”.

El pájaro me gusta, es noble y me recibe de buen grado cuando me acerco a su jaula a ponerle “chuches” en el golosinero. Un pellizco de alpiste, un poquito de simiente de rábano, otro poco de cañamón, y algo de trigo componen el revuelto que les tengo preparado y con el que premio mi llegada diaria al jaulero. Así asocian mi presencia con algo que les gusta y cada vez son más mansos y más nobles en su actitud hacia mi.

En el tejadillo de la terraza los saco por turnos a disfrutar del sol mientras escribo, y así voy observando sus evoluciones desde la ventana del despacho, disfrutando ( los dos) del sol en el pecho .

Aquí ha sido donde majano me había hecho concebir ilusiones, porte de adulto en la jaula, actitud estática, reclamos por alto de cuatro y cinco golpes, salpicados de pitas y cuchichíos en cuanto le contestan sus vecinos de jaulero.

A las tres y media ya estaba en el coto. Una cañada de olivas jóvenes el lugar elegido, y como siempre, desde que aprendí a hacerlo, buscar el sitio adecuado para el repostero y luego ya veremos donde cae el puesto.

El primer puesto de la temporada escucha más suspiros que la Macarena en procesión. A las cuatro y media no podía aguantar más y he quitado la sayuela . “Majano”, mira sorprendido a su alrededor y parece que se extraña que después de las pitas con los dedos no haya “chuches”. Me mira como diciendo : “A este tío se le ha olvidado algo…”

Me meto en el puesto y cargo la escopeta con la misma precipitación de cuando empezaba en esto. Comienza el martirio tantas veces repetido. El pájaro se echa a tomar el sol sobre el esterillo, se siente cómodo y yo intranquilo. En cuatro minutos he mirado el reloj cuatro veces. ¡Ya empezamos!. ¡Siete minutazos! y “Majano” tan feliz en el fondo de la jaula.

Lo veo incorporarse como si le pesara el culo. Pica un poquillo de verde del que le pongo entre los barrotes. Se infla, hace un revoleo, estira una pata, después la otra con mucha tranquilidad. ¡Vamos coño, que me da algo!

Ahora se afila el pico, y lanza una embuchadilla hueca, como probando. ¡Qué tensión!. Otra vez se afila el pico, y otra embuchada. Se sacude como espantando el miedo y se estira, arquea el cuello y lanza cuatro golpes de cañón preciosos. Respiro hondo, como si llevara un rato sin hacerlo, y me revuelvo yo también en el banquillo, intentando relajar la postura. ¡Ahora si¡ dos series por alto, buscando campo. O eso quiero creerme .

Después de cuatro o cinco series, de esas para el recuerdo, de un reclamo bronco impropio de su edad, empiezo a pensar si estará demasiado “alto”, si el campo desconfiará de tanta gallardía. Ya tengo otro motivo para el dialogo conmigo mismo. ¡ Y que no sea yo capaz de tomarme esto con tranquilidad!.

De repente se calla mirando en dirección contraria al puesto.

Otra vez los segundos se hacen minutos, está erguido, callado, manteniendo fija la mirada en una sola dirección. Quiero pensar que estos son los silencios que tanto cazan, pero me desespero de verlo petrificado. ¿habrá oído algo?.

Tengo la sensación de que me crecen las orejas intentando captar algún sonido que me indique la presencia cercana de perdices, mientras recuerdo a la mujer de Lot convertida en estatua de sal. Así está mi pájaro, más tieso que un garrote y sin dejar de mirar a un punto fijo, que yo no puedo ver desde mi puesto.

Vuelvo a mirar el reloj y me doy cuenta de que solo han pasado veinte eternos minutos desde que me senté. ¡Que largos son los minutos de la incertidumbre!. Juro que quien me conoce dice de mi que soy un hombre asentado, metódico, reflexivo y hasta tranquilo. ¡Joder si me vieran ahora!.

¡La figura de sal canta!. Sin moverse aparentemente nada, ha iniciado una serie de cinco golpes de mayor que ahora remata con una tanda corta de cuchichíos. Y….¡Ahí está el campo!. Creo que tengo el bello de los brazos clavado en la camisa. Hay un macho contestando y empieza el intercambio de desafíos. Los cantes de mayor de mi pájaro son roncos, elevados y combativos. El campero que cuchichía con fuerza inesperada viene ligero hacia la postura. “Majano” se rebaja, reduce los cantes de mayor y lanza cuchichíos y piñones que hacen aparecer a su oponente arrastrando el ala.

El campero trepa al tronco del olivo y empiezan a rijarse. El tiempo vuelve a estar detenido, pero ahora no me importa. Disfruto la pelea y confirmo lo que pensaba en un principio, este puede ser un buen pájaro. No creo prudente dejarle mucho tiempo. Un pollo debe saber que cuando combate gana, y aprenderlo con el necesario disparo. Creo que con diez minutos de pelea, es suficiente, afino y decido. El tiro arrastra al campero, que queda a la vista de “Majano”, debajo de su jaula. Ahora se lo que se me había olvidado : cambiar los choques de la escopeta, he disparado con dos estrellas y plomo del seis. Mi pájaro no corta al tiro, dulcísimos cuchichíos que va elevando de tono , para pasados un par de minutos volver a salir de mayor. ¡Buen comienzo!.

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