El jabalí, ¿gestión o ‘administración?

En los últimos años, casi cada mañana, cuando leemos las noticias, tanto cinegéticas como generalistas, nos encontramos con una o varias en las que el jabalí es protagonista y casi nunca por aspectos positivos, puesto que cada vez es más frecuente que se considere a esta especie como una plaga, no sólo en España, sino también en muchos otros países de Europa.

Según datos del número de jabalíes cazados en los últimos treinta años, la población de jabalí en España podría haberse duplicado, con provincias en las que incluso se habría triplicado, mientras que un estudio científico publicado en 2015 sobre las tendencias del jabalí en 18 países de Europa por Kindberg y colaboradores, señala tres períodos en cuanto a la evolución de las poblaciones de la especie, con una primera etapa de incremento general entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, una etapa de estabilización en la década de los ochenta y una etapa de crecimiento exponencial a partir de ese momento.

De este modo, países como Alemania no tienen reparo en organizar cacerías, algunas incluso en torno a importantes núcleos urbanos como Berlín, para reducir el número de jabalíes, cosa que si planteásemos en los alrededores de Madrid, generaríamos casi un problema de Estado.

“Tras el análisis, los autores concluyen que, centrando el esfuerzo de caza en las hembras de tamaño medio, puede llegar a controlarse la población de jabalíes”.

En Inglaterra existe un amplio plan de acción para su gestión desde hace ya varios años, al igual que ocurre más lejos de nuestras fronteras, en Estados Unidos.

En España, algunas comunidades autónomas se han visto obligadas a tomar medidas ante los verdaderos problemas que están causando los jabalíes, como es el caso de Cataluña, donde personal de la propia administración se encarga de realizar controles nocturnos, al igual que en Andalucía dónde cada vez es más frecuente encontrar zonas declaradas de ‘emergencia cinegética’ en las que el jabalí es protagonista, aunque en este caso son los titulares cinegéticos los encargados de realizar el control. En el caso de Castilla y León, por ejemplo, se habilitan autorizaciones especiales fuera de temporada denominadas ‘batidas por daños’ que, a la postre, se muestran casi siempre insuficientes e ineficaces para tratar de resolver el problema.

En el caso Inglaterra o Estados Unidos, antes mencionados, la gestión se basa en una estrategia de seguimiento de las poblaciones para la toma de decisiones, para llevar a cabo medidas, muchas veces preventivas, de la mano de titulares y propietarios de fincas y gestores.

En España y en otros lugares de Europa Central, no existen planes de gestión de carácter integral que aborden el manejo de la especie de una forma conjunta que permitan una planificación global a lo largo del año en todo el territorio, realizando actuaciones de vigilancia y control basadas en el conocimiento de la biología y ecología de la especie y en las que, por supuesto, la actividad cinegética debe jugar un papel relevante.

Esta ausencia de estrategias bien definidas con una visión global del problema, provocan que más bien que se actúe casi siempre a salto de mata cuando ya la situación se encuentra al límite o cuando los daños ya han ocurrido y entonces el remedio es mucho más complicado.

Los daños

Además de los daños a cultivos o los accidentes en carretera, cuantificables de forma objetiva y que suelen ser los más llamativos, se encuentran otros datos para nosotros aún más preocupantes.

“Otro grave problema que amenaza a nuestra biodiversidad y al propio suido, es su hibridación con cerdo doméstico asilvestrado y con el cerdo vietnamita, introducido en Europa como animal de compañía”.

Por ejemplo, hace pocas semanas teníamos ocasión de leer en un medio de comunicación de tirada nacional que en torno a ochenta municipios españoles, algunos de ellos de un tamaño ya muy considerable, cuentan con la presencia, más o menos habitual, de jabalíes en sus entornos urbanos o periurbanos, o lo que es lo mismo, se incrementa de forma alarmante la probabilidad de contacto potencial de una especie silvestre con personas de ámbito urbano, normalmente poco acostumbradas o desconocedoras de los riesgos que eso puede entrañar y que, ante ese desconocimiento, incluso fomentan el acercamiento ofreciendo restos de comida o llamando la atención de los animales.

Las enfermedades tampoco son un tema menor. Son numerosos los estudios que demuestran que los jabalíes pueden ser portadores de numerosas patologías que, casi nunca tienen efectos manifiestos sobre ellos, pero que pueden ser fatales para la cabaña ganadera, como la propia tuberculosis o las pestes porcinas de las que, por suerte, no hemos tenido ningún episodio en los últimos años en España, aunque sí en otros países del este de Europa, por lo que el riesgo es evidente, puesto que los virus no conocen fronteras y cuando se genera un entorno favorable con poblaciones suficientes donde mantenerse, no tienen grandes dificultades en acceder a ellas, vehiculados por aves migratorias, viajeros, medios de transporte o productos de importación, entre los que se encuentran los propios animales.

También hay que tener en cuenta el impacto real del jabalí sobre poblaciones de pequeños mamíferos y aves, algunas de ellas tan amenazadas como el urogallo cantábrico, donde uno de los factores que están haciendo que su extinción sea próxima no es otro que el crecimiento exponencial en los últimos años de las poblaciones de jabalí, por la predación directa que realiza sobre huevos y pollos jóvenes de estas aves que nidifican en suelo.

Otro grave problema que amenaza a nuestra biodiversidad y al propio suido, es su hibridación creciente con cerdo doméstico asilvestrado y con el cerdo vietnamita, un porcino introducido en Europa como animal de compañía que, como tantas otras especies invasoras, cuando sus propietarios se cansan de los inconvenientes que genera tener en casa semejante compañía, que puede alcanzar varias decenas de kilos, lo liberan al medio natural pensando irresponsablemente en darle una vida mejor, sin considerar los riesgos que eso supone para el entorno.

La presión animalista

A todo este caldo de cultivo hay que añadir la presión a la que están sometidos nuestros políticos y las administraciones públicas por numerosos grupos animalistas que, sin tener en cuenta estos inconvenientes mencionados en los párrafos anteriores, defienden a ultranza la vida de cualquier animal por encima de todo, argumentando la insostenible creación de santuarios de animales, sufragados con impuestos de todos o que el equilibrio natural sería posible si el lobo estuviera presente, cuando, por desgracia, también ocurren accidentes y se generan daños a los cultivos por los jabalíes en zonas con elevadas densidades de lobos, que son incapaces de controlar sus poblaciones. Además plantean la prohibición más absoluta de cualquier tipo de aprovechamiento cinegético, hecho que ya han conseguido, parcialmente, en los parques nacionales, antiguas reservas de caza, cuya conservación ha estado muy directamente ligada con la participación de la actividad cinegética.

“Esa presión, al menos de forma indirecta, está provocando un incremento burocrático en la tramitación de permisos o resolución de planes cinegéticos que dificulta cada vez más la caza”.

Esa presión, al menos de forma indirecta, está provocando un incremento burocrático en la tramitación de permisos o resolución de planes cinegéticos que dificulta cada vez más la caza y, con ello, no hace sino contribuir a ese crecimiento exponencial de las poblaciones.

El papel del sector cinegético

También hay que tener en cuenta que no sólo hay que culpar a la administración o a los propios ecologistas de la situación, sino que el sector cinegético cuenta con problemas estructurales acuciantes que, de no ser resueltos en un corto o medio plazo, pueden comprometer la viabilidad de la caza en muchos territorios.

Entre ellos cabe destacar una evidente falta de unión, con la ausencia de una única figura de referencia del sector a nivel nacional y europeo que dificulta la interlocución con las administraciones públicas.

Otro de los problemas más importantes es la falta de relevo generacional en el sector con una población de cazadores cada vez más envejecida, incapaz de asumir un cambio de tiempo que es necesario, en el que la actividad cinegética debe ser interpretada como un conjunto de valores en los que hay que priorizar el respecto por el entorno donde se practica y de las especies que no son cinegéticas, descartando de forma rotunda el empleo de artes ilegales o prácticas contrarias a esta filosofía.

Añadiremos también, por nuestra propia experiencia, que, en términos generales, no existe un interés por formarse, reciclarse y estar al día en lo que a gestión, biología de las especies, impacto de los cambios de hábitat y otros muchos aspectos se refiere, cuyo conocimiento es cada vez más necesario para practicar una caza moderna, sostenible y, sobre todo, defendible ante una sociedad en el mejor de los casos indiferente ante nuestras necesidades y en el peor, rotundamente en contra de la actividad.

No se puede pensar que se sabe todo por haberlo oído, puesto que muchas veces la ciencia nos sorprende con resultados contrarios a lo que hasta ahora defendíamos como evidente.

Comunicación eficiente

En esta línea de carencias existen dos más que siguen sin ser resueltas en nuestro país y que quizás vayan de la mano de algunas de las anteriores.

«Hay que tener en cuenta el impacto real del jabalí sobre poblaciones de pequeños mamíferos y aves, algunas de ellas tan amenazadas como el urogallo cantábrico».

La primera de ellas es la comunicación, ya que, a pesar de que la caza cuenta con excelentes medios especialistas, no existe una comunicación eficiente del sector hacia el resto de la sociedad, que es lo verdaderamente importante de cara a mejorar la imagen y facilitar la actuación de políticos condicionados por votantes defensores de uno u otro criterio. A todo ello contribuye enormemente nuestro papel individual en lugares como las redes sociales donde se comparten sin ningún pudor imágenes y comentarios, de libre acceso para cualquiera, que incluso llegan a incomodar a muchos de nosotros. De ese modo, allanamos el camino y ofrecemos argumentos al resto de la sociedad para rechazar una práctica legal, ancestral e imprescindible para la conservación y como motor de desarrollo rural de muchas regiones de nuestro país.

Investigación y divulgación

La segunda de esas carencias es la investigación aplicada en materia cinegética y, sobre todo su divulgación adecuada. No son pocos los profesionales que trabajan diariamente en el estudio de la biología de las especies de caza, de su gestión, su conservación o la mejora de sus aprovechamientos desde numerosísimos puntos de vista. Sin embargo, apenas somos capaces de recibir información sobre sus resultados de una forma útil, entendible y aplicable en la gestión de nuestros cotos y la mejora de los aprovechamientos cinegéticos que, por ejemplo en el caso del jabalí, contribuyan a regular sus poblaciones.

En esta línea existen también estudios que han analizado la importancia de la actividad cinegética como herramienta de control de las poblaciones de jabalíes y cómo debería realizarse para incrementar su eficacia. De este modo un trabajo publicado por científicos franceses y norteamericanos, intentó descifrar cómo se puede reducir la población mediante la caza, utilizando para ello datos de jabalíes capturados e identificados y jabalíes cazados, a los que se medía la masa corporal.

Tras realizar el análisis, los autores concluyeron que, centrando el esfuerzo de caza en las hembras de tamaño medio, puede llegar a controlarse la población de jabalíes.

Esta medida parece factible, dado que, por lo general, las piaras son lideradas por una hembra ‘vieja’, seguida de hembras más jóvenes. Además, en nuestro país por el tipo de modalidades que se emplean para la caza del jabalí, en las que la selectividad puede ser llevada a cabo de forma eficaz, parece aún más realista tener en cuenta este criterio.

En conclusión

La gestión del jabalí supone un reto real de enorme importancia que debe ser abordado de forma urgente, puesto que, de otro modo, la situación se irá agravando a corto o medio plazo con un incremento constante de los conflictos que, en ocasiones, pueden llegar a ser muy graves por la presencia de la especie en muchos entornos periurbanos.

Existen herramientas y estudios científicos que ofrecen criterios de gestión efectivos que contribuyan de forma real a minimizar el conflicto, debiendo tener en cuenta que la actividad cinegética y los cazadores, al menos hoy por hoy, son una pieza imprescindible y casi única en la resolución del mismo, puesto que el jabalí apenas cuenta con amenazas, enfermedades o predadores que puedan controlar sus poblaciones de forma natural.

Políticos y administraciones públicas deben tomar las riendas con valentía de la gestión basada en criterios técnicos y objetivos, alejándose de propuestas utópicas, contrarias al devenir natural y a la realidad de las poblaciones y de los problemas de los habitantes del medio rural, a pesar de que las presiones mediáticas sean cada vez mayores porque sólo entonces se podrá conseguir que la gestión predomine sobre la ‘administración’. CyS

Por Carlos Díez Valle y Carlos Sánchez García-Abad – Equipo Técnico de Ciencia y Caza (www.cienciaycaza.org)   Fotografías Redacción

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