Cielo y libertad, cazando la montaña

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Estoy, por primera vez, en un país cuya bandera, de fondo azul cielo, sostiene un sol de 32 rayos y un águila esteparia –ambos del color del oro– en el centro, y lleva un ribete dorado en el margen más próximo al mástil… Me paro, cambio el hilo de mis pensamientos y me digo que nada, que no sea espectacular, puedo esperar de él. Es Kazajistán, tierra de Gengis Kan, país, dicen, de espíritus libres…

He venido a cazar la montaña –una más y… siempre distinta–, las estribaciones de la mítica cordillera de Tian Shan. Hábitat del íbice de Asia Central, o de Tian Shan (Capra sibirica alaiana), una especie que ya había cazado hace años, en Kirguizia, y que ahora intentaré conseguir en un escenario nuevo y azul, sobrecogedor, indómito y lejano, en un lugar de gentes –pocas– curtidas por el tiempo y la montaña, un paraje aislado, salvaje y puro: el Parque Nacional de Altyn-Emel, en el sureste de Kazajistán, a pocos kilómetros de su frontera con China.

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