El antiguo y noble arte de la caza con un ave rapaz

Fuente: eldia.com.ar

Reservada alguna vez a señores feudales y miembros de la realeza, la cetrería subsiste hoy entre unos pocos pero apasionados seguidores que llegan a ella atraídos por su belleza ancestral.

Cuenta Roberto que ya desde chico las aves rapaces le producían una extraña fascinación. Cada vez que su padre lo llevaba de pesca a la ribera, solía pasarse horas enteras con los ojos clavados en el cielo observándolas cazar. Su entusiasmo por llegar a tener una de ellas alguna vez en su puño era tal que cuando años más tarde un vecino le llevó un halcón lastimado para que intentara salvarlo, se dijo que no sólo lo cuidaría sino que además lo iba a entrenar. 

“En aquel momento no sabía de cetrería más que lo que había leído en un libro, pero me puse trabajar todos los días con el ave para ganarme su confianza y finalmente la entrené”, dice Roberto Borucki, quien con el tiempo terminó por convertirse en cultor de una disciplina tan antigua que sus orígenes se pierden en la historia de la humanidad. 

Aunque no se sabe cuándo o dónde nació exactamente el arte de cazar con aves rapaces, se cree que probablemente se haya originado en China durante la antigüedad. Lo cierto es que la cetrería recién alcanzó su apogeo durante la Edad Media en Europa, donde era practicada mayormente por señores feudales y miembros de la realeza. Y si bien luego cayó en desuso por la aparición de las armas de fuego, nunca se la dejó de practicar. 

“La verdad es que no somos muchos los que hacemos esto hoy”, reconoce Roberto, que integra la Sociedad Argentina de Cetrería, una institución fundada en 1974 con el propósito de difundir la disciplina y darle un marco legal en nuestro país. 

Entre arte y deporte, la cetrería requiere para llegar a practicarla una enorme cuota de constancia y dedicación. Y es que entrenar a un ave para que cace y vuelva al puño de su amo toma meses de un trabajo cotidiano que no se puede interrumpir. 

“Lo primero es ganarte su confianza; que se acostumbre a tus movimientos y que llegue a comer del guante -explica Roberto-. Recién entonces se lo empieza a entrenar con un fiador, una tanza que impide que se escape, y que se va alargando con el paso de los días hasta que ya no hace falta usarla más. La idea es que el ave vuele hasta nuestro puño al llamarla, para lo cual se la recompensa dándole algo de comer”. “Se las llama con un silbato y una picada de pollo, cada vez desde más lejos hasta que se vuelven confiables y ya no hace falta usar más el fiador”, cuenta también José Britez, un cetrero de City Bell que dedica al menos una hora por día a entrenar a su pareja de parabuteos o gavilanes, otra especie de ave rapaz utilizada para cazar. 

Pero además de ser entrenadas, las aves para cetrería requieren ser llevadas a su peso de caza. “No tienen que estar muy gordas, porque se vuelven lentas, ni muy delgadas, porque necesitan fuerza para cazar”, comenta el cetrero, quien dice que gran parte del arte consiste precisamente en encontrar ese peso ideal. 

“Existen dos maneras de cazar -explica Roberto-. Se puede ir con el halcón en el puño caminado por el campo y esperar a que salga una presa para soltarlo, lo que se llama `mano por mano`; o bien esperar a que el perro marque una presa, soltar al ave para que gane altura y recién entonces levantar la pieza cuando está en posición. Esta forma se llama `por altanería`, porque el halcón caza desde lo alto tirándose en picada a gran velocidad”. 

A 300 kilómetros por hora, como pueden alcanzar los halcones peregrinos cuando cazan de esa forma, es de esperar que el encuentro no dure demasiado. “Son apenas unos segundos -reconoce José Britez- pero unos segundos de enorme emoción”, asegura. 

“Verlas cazar es algo indescriptible: la velocidad, la destreza, los quiebres que realizan para posicionarse… Todo el trabajo de meses se justifica en esos pocos segundos de cacería en que el ave alcanza su punto máximo. Hay que vivirlo; no es algo que se pueda contar”, sostiene José. 

Ni a él ni a Roberto les faltan oportunidades para presenciar ese espectáculo: cuando no son ellos mismos quienes llevan a sus aves al campo, éstas son convocadas para prestar algún servicio de control aviar. Y es que lejos de los tiempos en que eran un mero entretenimiento de reyes, los halcones entrenados se han vuelto hoy un recurso efectivo para combatir la superpoblación de palomas en forma natural.

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