Planificación cinegética sostenible del corzo y otras consideraciones de gestión

Como ocurre en el resto de especies cinegéticas, es cada vez más importante contar con una adecuada planificación cinegética que permita gestionar de forma óptima el corzo, con el objetivo de recuperar las poblaciones allí donde la tendencia sea negativa, consolidarlas en las zonas de expansión y, sobre todo, favorecer la presencia de trofeos de calidad.

Para ello son numerosas las actuaciones que debemos considerar, entre las que destacan, por ejemplo, el eterno debate sobre el establecimiento de periodos hábiles ajustados a la biología de la especie en cada territorio, con las dificultades que eso entraña, fundamentalmente en lo que se refiere a planificación administrativa. En el caso del corzo la situación puede ser similar  a la que sucede con otros ungulados como el ciervo. Si ejercemos una presión cinegética en abril y mayo, en poblaciones poco consolidadas o donde la calidad no ha alcanzado aún todo su potencial, eliminando los mejores trofeos cuando aún no han llegado a reproducirse, estaremos provocando un efecto muy negativo sobre las futuras generaciones en ese territorio. Por ello, al menos en aquellos lugares en las que las poblaciones de corzo aún son jóvenes o poco consolidadas, debemos ser especialmente cuidadosos con los animales a abatir y tener siempre en cuenta que nuestros actos de hoy tendrán reflejo mañana.

Caza de corzas

Otra de las consideraciones es en relación con la caza de las hembras. A pesar de que los aprovechamientos clásicos del corzo, como los de muchos otros cérvidos silvestres, se basaban casi únicamente en la caza de machos, desde hace varios años se ha visto la necesidad de realizar una caza de las hembras en determinados territorios. Tras observar que el equilibrio y calidad de las poblaciones se estaban alterando, se comprobó que una de las causas evidentes de esta situación era la falta de capturas de hembras, sobre todo en zonas donde los depredadores naturales están ausentes. Esto facilitaba que machos de escasa calidad o muy jóvenes (incluyendo selectivos) pudieran cubrir a una o varias hembras, perpetuando así en las poblaciones defectos que a la larga estaban generando problemas. Por otro lado, un exceso de hembras también supone una competencia por los recursos alimenticios, por lo que también favorecía un empeoramiento de la condición corporal de los animales y, por tanto, un peor desarrollo de sus cuernas en el caso de los machos, entre otras cosas. En el momento actual la situación ha cambiado y ya todos los planes cinegéticos contemplan los aprovechamientos de hembras, la administración otorga permisos para ellas y, sobre todo, los cazadores se van concienciando ante esta necesidad, si bien, no son pocos aún los que evitan esta práctica en sus salidas al campo.

Cuando la gestión se encamina hacia la mejora de las poblaciones de corzos, no debemos olvidar tampoco el realizar un adecuado aprovechamiento de otras especies que puedan competir con ellos, fundamentalmente el ciervo y el jabalí, que suponen una competencia directa por los recursos, el territorio e incluso, en el caso del jabalí, como potenciales predadores de animales jóvenes. De este modo, la caza bien planificada de estas especies para controlar sus poblaciones tiene un demostrado efecto positivo para las poblaciones corceras, como ha ocurrido por ejemplo en las últimas décadas con la gestión realizada en el Parque Natural de los Alcornocales (Cádiz), entre otros.

Gestión del hábitat

Por último, aunque no menos importante, es hacer una mención especial a la adecuada gestión del hábitat, como ocurre para cualquier otra especie cinegética. Si el entorno no reúne las características adecuadas para el corzo, difícilmente podremos alcanzar unas densidades óptimas y de él van a depender multitud de variables que condicionarán inevitablemente el devenir de las poblaciones en el coto. Del hábitat dependerá, además de la presencia del corzo, también la aparición de competidores como el ciervo o el jabalí, de predadores como el lobo o el propio zorro e incluso algunos más despreciables como los propios furtivos.

También el hábitat, asociado a la climatología, modulará la evolución de las poblaciones en un territorio, dado que la presencia de agua o comida serán determinantes para la temporada reproductiva.

No debemos olvidar tampoco que el hábitat será también responsable en buena medida de la aparición de buenos trofeos, puesto que la presencia de sales minerales suficientes y de calidad en los alimentos, obtenidas a partir de los sustratos del suelo, serán determinantes para el desarrollo de cuernas de calidad.

El hábitat participa directamente en la aparición de conflictos de la especie con el hombre, en forma de accidentes de tráfico o daños a los cultivos, puesto que un hábitat bien estructurado, poco fragmentado y gestionado adecuadamente minimizará enormemente estas situaciones.

Algunos ejemplos de gestión

En este sentido hemos querido destacar un trabajo llevado a cabo por Rita Torres y colaboradores en el noroeste de Portugal en 2011, en el que se analizó  una superficie de 75.000 hectáreas a lo largo de dos años en busca de heces que evidenciaran la presencia de corzos. Cada vez que se encontraban las heces se apuntaba la estructura del hábitat (teniendo en cuenta la presencia de comida y cobertura vegetal), la composición del hábitat (campos agrícolas, praderas, matorral, bosques caducifolios, bosques de coníferas…), la estructura del paisaje, la topografía y posibles molestias originadas por el hombre.

Al analizar todos los datos se pudo comprobar que la distribución del corzo en esta parte de Portugal se relacionó de manera muy intensa con la presencia de matorral y la distancia de carreteras, mientras que el corzo rechazó por lo general los hábitats heterogéneos, con presencia de praderas o zonas de cultivo, al contrario de lo que se hubiera podido pensar a priori.

Es interesante resaltar que la cobertura vegetal escogida por los corzos se encontró entre un porte de 0,5 a 2 metros, una altura suficiente para la protección del cérvido. A su vez, los autores sugieren una doble utilidad de los arbustos como protección y fuente alimento.

Pese a que se menciona que es necesario seguir investigando y se comparan los datos con otros estudios realizados en la península Ibérica, se afirma que el corzo, como especie presa que es, podría estar muy influenciado por el riesgo de predación a la hora de elegir hábitat, más si cabe por la presencia de lobo ibérico en esta parte de Portugal.

De cara a la gestión, este estudio pone en relieve que el corzo está influenciado por un gran número de factores y que la selección de hábitat de unos corzos en un lugar concreto puede tener “poco que ver” con la de corzos de otras latitudes.

De este modo es importante insistir y darse cuenta una vez más que las herramientas de gestión y los conocimientos de que disponemos deben ser adaptados a las circunstancias y condicionantes propios de cada territorio, aunque estudios como el mencionado nos ayudan enormemente a sacar conclusiones prácticas que nos permitan decidir qué medidas adoptar en nuestro caso particular.

Por poner otro ejemplo concreto de gestión de la especie, hace algunos años, en un coto gestionado por nosotros, observamos un incremento inusual de accidentes de tráfico causados por corzos en un tramo concreto de carretera que atravesaba el acotado y que sólo repuntaba en los meses de más calor. Tras varias semanas de seguimiento pudimos comprobar que los corzos incrementaban el número de veces que cruzaban la carretera durante el verano debido a que los puntos de agua de que disponían de un lado de la vía se secaban, quedando como único punto de agua disponible en el coto un río que pasaba al otro lado. El problema se minimizó enormemente construyendo una charca permanente en el lado ‘seco’ de la carretera, que no sólo benefició al propio corzo, sino a muchas otras especies, también de caza menor. Si no se hubiera analizado detenidamente la situación, probablemente la medida planteada hubiera sido colocar un vallado en ese tramo de carretera, una medida mucho más costosa, menos eficaz y, a buen, seguro, muy perjudicial para las propias poblaciones de corzo en el coto.

A modo de conclusión, no debemos olvidar nunca una gestión óptima, para garantizar una evolución favorable de las poblaciones cinegéticas que nos interesen y sobre todo adaptada a las circunstancias propias de cada acotado, aprovechando y recogiendo para ello todos los datos que podamos recabar gracias a los ejemplares abatidos, a los censos realizados o incluso al empleo de fototrampeo o de otras técnicas cada vez más implantadas.

Un artículo de Carlos Díez Valle y Carlos Sánchez García-Abad

Equipo Técnico de Ciencia y Caza / www.cienciaycaza.org

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