La montura de la suerte

Polvorilla - La montura de la suerte

No me llega la ropa al cuerpo, que mal ando. Será por el cambio de tiempo, por la caída de la bolsa o por la subida del PIB. Pero vamos, lo que me pasa es que comienzan las monterías. Y no me apetece. Deseando estoy que pasen. Porque a mí –y a mi caballo- lo que nos gusta es andar por el campo perfumando los remos con poleos y cantuesos. Escuchar el zumbido de los abejorros y ver las hembras a boca de parir. A nosotros –a mi caballo y a un servidor- lo que nos gusta es la paz.

Pero la paz sólo se alcanza pasando el barullo. Y ahora toca. Faltan pocos días para comenzar con las primeras. Qué mal se pasa. Salgo de la oficina y voy de seguido a casa. Sin parar. Hoy es como todos los días. Por ello quiero hacerlo distinto. Llevo conmigo un encargo de hace meses. Asesino me ve desde la cerca. Me brinda un relincho. Me pongo pantalones de brega, una camisa fuerte y me calzo las botas. Le echo el guante al caballo. Hoy no puede ser cualquier día. Asesino lo supo cuando le afeité flequillos, orejas y hocicos. Lo secundó cuando le sobé las manos con alcohol de árnica y romero. Le atusé bien, cepillé su gallardía a punta rasqueta. Y le puse su montura nueva, hecha a mano con el único fin de privarla de peso y tamaño. Le anudé el macho y por sorpresa bordé el nudo más bonito que he hecho. Hoy, por seguro, no puede ser un día más.

Subí a su lomo. El caballo no esconde sus ganas de comerse la Sierra. Nos vamos de paseo, a exprimir la tarde. Pero de pronto se detiene y me mira. Asesino me estaba diciendo que nos faltaba algo en esta tarde de berrea. Para convertirla en un día señalado, y no uno común. Volví al guadarnés y desenfundé la lanza. Ahora sí.

Va directo al alcornocal. El caballo quiere guerra. Y la guerra hay que ir a buscarla de frente. Los venados están ya bastante pasados. Pero Asesino no perdona no haber roto los escudos de aquel palmero hace unas pocas tardes. Y quiere más. Y yo también. Y siento dos venados cantar a los cielos con su piara de hembras. Y Asesino se carga de aire y da un rodeo para entrar con el viento en su lucero.

Veo un gran venado. Uno bueno. Pero está muy fuerte. Con ése en frío no podemos. Ni de coña. Tengo una alambrada arriba en la que podría encontrar ayuda. Pero para mí que es complicado. Más venados siguen berreando y más reses se siguen moviendo nerviosas por la presencia del caballo. Asesino va horquillado a la moheda, pero las reses están a nuestra derecha. Asesino avanza nervioso recto, casi en dirección a la alambrada. Le insisto con la espuela que la caza la tenemos a la derecha. No obedece, sale a correr de frente nervioso. Pero dónde vas granuja. Y lo vi. Un gran venado viene a encontrarse con nosotros, rodeado de un piano de ciervas de todos los tamaños. Nos ven y buscan la huída. Asesino no necesita órdenes. Ni yo tampoco. Es una carrera corta, muy veloz en la que se estrecha el camino. La alambrada pasa por un embudo que hace con una charca. Asesino lo sabe y me lleva volando ahí, a dar caza al grupo. El venado vierte las palmas sobre las nalgas, huye veloz como un azor. Monto el palo. Estoy llegando al embudo. Vamos a tumba abierta. La cierva puntera pasa, también el resto. No llego al venado que también se cuela. Viene zaguera una gabatona que salta por encima de nosotros. Qué descontrol. Estoy inmerso en segundos de adrenalina, eufórico y enajenado. Se me ha ido el gordo del grupo pero una gabatilla viene siguiendo la comitiva, aquerenciada, muy veloz. Veo que vamos a chocar, monto el palo, apoyo con las espuelas, la voy a enganchar aunque me parta el hombro.

Voy camino de la casa, con el compás de unos cascos camperos y un mosquero que se balancea armónico. Miro un horizonte oscuro, con sombras de luces coloradas, un aire frio que nos llega, y un atardecer sólo para los privilegiados. Vengo feliz porque mi caballo, una vez más, me ha dado una lección de hombría y honor. Pues cuando la gabata llegaba a nosotros, a distancia de lanza, mi caballo frenó su empuje y, por ese gesto, mi instinto también se detuvo; preferimos no regalar una muerte inmerecida a un animal aún joven y que huía sin criterio ni bravura.

Ya en la casa acaricio mi caballo. Le quito la montura y, justo antes de meterla en el guadarnés, Asesino acercó su hocico para olerla, ambos sonreímos. La montura que hace que todos los días sean distintos. La montura de la suerte.

Ojalá que así sea.

Por Lolo de Juan.

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