Hablando de avutardas, es necesaria y urgente su gestión cinegética

 

¡Recuperemos su caza! 

 

Es necesario y urgente su gestión cinegética

 

 

Por Carlos Enrique López Martinez.

 

¡Ea!, ya me he levantado con ganas de hacer amigos y, recordando lo comentado en algún corrillo de los muchos y buenos que se dieron en casa del taxidermista Juan Garoz, en Los Yébenes, he decidido comenzar apostando por pedir a la Administración que autorice de nuevo la caza de la avutarda. ¡Un momento, un momento…! Un poquillo de paciencia, que no estoy diciendo ningún disparate o, por lo menos, eso estoy dispuesto a demostrar con los argumentos necesarios.

 

 

Y, además, nunca mejor que en época de crisis para que el país explote los recursos a su alcance y empecemos con actividades que sumen y abandonar, de una vez, las que restan. En muchos pueblos donde se ha despilfarrado para construir un polideportivo, con la esperanza de tener algún día siete jugadores de fútbol sala, podría obtenerse dinero con una gestión cinegética adecuada. En lugar de fundir el dinero en proyectos sin sentido, fundar proyectos que, aplicando el sentido, generen dinero.

 

Vamos a situarnos allá por los años ochenta, cuando la situación de la avutarda en nuestro país llevó a tomar la determinación de prohibir su caza para evitar la desaparición de una especie emblemática. Sin lugar a dudas, la medida fue oportuna, porque los pobres bichos lo tenían verdaderamente difícil. En aquel momento fue un acierto que defendemos sin paliativos, porque, de no haber actuado así, hoy no podríamos estar defendiendo lo contrario.

 

Actualmente, los censos oficiales sitúan la población de avutardas en nuestro país entorno a unos 32.000 ejemplares, representando esta cifra la mitad de la población mundial de la especie. Es significativo indicar que en 2008, la población en España se cifraba en unos 25.000 individuos.

 

La avutarda (Otis tarda) es un ave esteparia, extremadamente desconfiada y huidiza, lo que hace de su observación una tarea ardua. No obstante, el conteo de aves arroja cifras que permiten asegurar que la mitad de la población de España se sitúa en la comunidad de Castilla y León, especialmente en la zona de las Lagunas de Villafáfila, encuadradas en el parque natural y en Tierra de Campos. A continuación, en Extremadura tendríamos un censo de unos 6.000 ejemplares, mientras en tierras castellanomanchegas tendrían asentados sus reales unos 4.500, quedando Andalucía por debajo de los 2.000 individuos, al igual que la Comunidad de Madrid, siendo muy bajo el censo en zonas de Aragón, donde hay una población testimonial en la zona de los Monegros y en torno a la Laguna de Gallocanta.

 

 

 

Nuestras otis

 

Esta singular ave es la más grande que puebla Europa. Los machos casi triplican el tamaño de las hembras, teniendo documentado el dato de un ejemplar que alcanzó en estado de libertad los 21 kilos de peso (elevaremos al capítulo de fantasmada algunos relatos que hablan de machos abatidos con 25 kilos, pero que nunca se documentaron). Son varias las referencias que tenemos de machos que llegaron a los 18 kg, aunque la media hay que estimarla en torno a los 14 kg de un macho adulto, con una envergadura de 2,40 metros y una talla que, en la mayoría de adultos machos, situaríamos sobre los 1,10 metros (casi ).

 

Los machos crecen bastante más rápido que las hembras y tienen capacidad reproductiva a partir de los cuatro o cinco años de vida. La época nupcial es, como en casi todas las aves, entre mediados de marzo y finales de abril. En este periodo los machos reunirán a las hembras en lo que se llama leks poligínicos dispersos (no pueden irse a una cuneta como to el mundo). Aunque parezca mentira, este palabro significa que los machos reúnen a sus hembras en espacios donde desarrollan su apareamiento,  defendiendo este enclave y su harén frente a la presencia de otros congéneres. Y aquí empezamos con la defensa de su caza que, a mi juicio, es perfectamente viable en las condiciones actuales.

 

 

 

La defensa de su caza

 

A pesar de pertenecer a familias diferentes, vemos que, en la época de apareamiento, la avutarda actúa como las perdices –más cercanas como especie– o como los venados –más alejados en especie, pero muy cercanos en las formas–. El macho dominante comienza el cortejo haciendo gala de sus armas y retando a los más cercanos a batirse en duelo por ‘montar’ o ‘pisar’ a las hembras de su entorno. 

 

Cuando los machos alcanzan una determinada edad, empieza –como en todas las especies animales– un declive en la capacidad reproductiva que no se refleja, más bien al contrario, en la capacidad combativa. Un macho viejo es hábil en el combate, conoce todos los recursos para doblegar al adversario, utiliza todas las artimañas, aprendidas con los años, para desplazar a los machos más jóvenes, más vigorosos, con más capacidad para la reproducción, pero menos duchos en las técnicas de combate. 

 

Ésta es una de las razones que deberían entender todos los defensores del ecologismo de charanga, manifa y paso atrás cuando quema. La naturaleza, a la que ni siquiera los perroflautas y ecolobrones se atreven a quitar el calificativo de ‘sabia’, situó al ser humano en el principal escalón de la cadena trófica, nos hizo depredadores y, con ello, al ponernos por encima de las demás especies, nos obligó a gestionar sus poblaciones. Además, nos dotó –a unos más que a otros, desgraciadamente– de inteligencia y, por tanto, de capacidad organizativa, de análisis, de observación y de obtención de conclusiones valorativas para encaminar y devolver al correcto orden, lo que, por acciones u omisiones ajenas a su propia existencia, se haya deteriorado al extremo de peligrar o de interferir en el correcto funcionamiento y desarrollo de las especies.

 

No hay que ser Séneca para entender que cuando la capacidad de fertilización de las hembras ha pasado a un segundo término, la especie frena en seco su capacidad reproductiva y, en consecuencia, pone en peligro su propia existencia. Esto, en el caso que nos ocupa, es decir, las avutardas, tiene una especial significación. Nosotros, los españoles, somos los responsables del mantenimiento y conservación del 50% de la población mundial de la especie, pero hacemos frente a una época en la que no podemos destinar ni un euro más a gastos generados por la conservación de ningún ser que no sea el españolito de a pie con todas sus consecuencias. ¿Quitamos dinero de las pensiones para conservar las avutardas o lo quitamos de la sanidad?, ¿dejamos de invertir en educación para mantener intactos los leks poligínicos?

 

Vamos a abordar una política de sostenibilidad responsable y, para que cada palo pueda aguantar su vela, vamos a proporcionar a cada mástil la capacidad de generar los ingresos necesarios para su propio mantenimiento.

 

La crisis que atravesamos debe llevar a más de cuatro a situar los pies en el suelo, bajarse de la nube, apearse de la silla transportada en vilo por doscientos ujieres y darse cuenta que no vivimos en la época de los emperadores. Comprender, de una puñetera vez, que el político está al servicio del pueblo y no al revés. Entender que les hemos votado porque les hemos creído capaces de gestionar un país maravilloso, que vive una situación absurda provocada por la incapacidad administrativa de gobiernos anteriores.

 

Señores administradores, yo sólo soy un administrado que sigue viendo como ustedes son incapaces de aplicar el necesario torniquete que palie la hemorragia, con el  suficiente tacto y conocimiento para evitar la gangrena.

 

La caza, y su autorización reglada, no es el bálsamo de Fierabrás, pero con ella podríamos conseguir ingresos que pudieran repercutir en conservación y, de paso, ayudar a mejorar las maltrechas arcas estatales.

 

Hemos visto cómo, con unas medidas adoptadas en los albores de nuestra  democracia, la población española de avutardas se ha recuperado hasta el punto de significar la mitad de todas las aves de esta especie que habitan el planeta.

 

Que en la actualidad tenemos una población estable y en expansión es evidente, y que las medidas que entonces se adoptaron carecen ahora de sentido, también.

 

Los datos

 

Vamos, por tanto, a hacer gestión, a poner al servicio de la conservación racional de la especie los medios de que la naturaleza nos dotó. Y vamos, sin miedo, a adoptar medidas encaminadas a mejorar la reproducción y a conseguir unos ingresos que nos permitan seguir invirtiendo en conservación y mantenimiento.

 

Disponemos de unos datos con los que poder jugar que son aplastantes:

 

-En España tenemos unas 32.000 avutardas. Un macho puede fecundar a varias hembras, pero no contribuye a la incubación ni protege a la pollada ni al nido. Por tanto, una vez finalizada fertilización, ya no contribuye al desarrollo de la especie hasta el año próximo.

 

-Los machos pasados de años influyen negativamente en el desarrollo de la especie, dando lugar, con su pisa, a nidos de uno o dos huevos. Nidos que si fueran el resultado del apareamiento de un macho en plenitud, con una hembra de sus mismas características, hubieran dado lugar a cuatro o cinco huevos.  Consideremos que una hembra, por vieja que sea, si está pisada y pone un huevo, bueno es. Pero un macho que cuando pisa está condenando el número de huevos fértiles y, además, impidiendo padrear a otros más jóvenes y con más posibilidades de éxito en sus polladas, es un macho que puede ser objeto de gestión, antes de esperar a que, cuando se muera de viejo, después de haber jodido las posibilidades de procreación de un puñado de machos en plenitud, se lo coma un zorro.

 

-Situemos la población española en 32.000 ejemplares. Si abatiendo los machos de mayor edad conseguimos que padreen machos más jóvenes y con más capacidad, aumentando así las polladas, podremos paliar la merma por efecto de su caza, con el éxito en el mecanismo reproductivo.

 

-Ahora pongamos unas tasas de abate de 500 euros por macho, con la compañía y visto bueno de un guarda experto en el tema. Imaginemos que el primer año, debido al tiempo que llevamos sin gestionar, y a la necesidad imperiosa de generar ingresos, facilitamos el aguardo de 1.000 machos. Después, si las estadísticas lo aconsejan, se puede modificar el cupo.

 

-Los derechos de abate se pagan por adelantado y, en consecuencia, son  limpios y no cabe la mora. Por tanto, el Gobierno ingresaría 500.000 euros limpios de polvo y paja. Los guardas ya están y, por ello, no habría que sumar sus sueldos a la partida; de manera que ingresos, 500.000 euros, gastos, 0,00 euros. Además, los cazadores siempre dejan unas perrillas por los pueblos que recorren y, en el caso de caprichosos que quieren tener un trofeo excepcional en sus galerías, suelen disponer de medios económicos para dejar propina.

 

Así, que con una gestión adecuada, no sólo se puede mantener lo que hasta ahora se ha conseguido, sino mejorarlo con creces y conseguir unos ingresos extra que vendrían muy bien al Tesoro Público y a todas las gentes implicadas en la cacería de grandes machos de avutarda.

 

Habrá quien me diga: «¡Joder!, un corzo en Hungría vale…», sí, pero te tienes que ir a Hungría, pasar allí unas noches, que no son gratis y, al final, traerte un corzo que no sabes si lo han criado en una granja. Y, además de todo, cazar en España es un privilegio y si encima es un trofeo excepcional de una especie emblemática… ¡barato es! Que nos sirvan un buen vino, que lo pagas tú. Esto… ¿quién le manda este artículo a Arias Cañete

 

Un abrazo, Sr. Ministro.  CyS

 

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