La caza, ¿un recurso mal gestionado por la Administración?

 

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La caza es una actividad, la primera de la humanidad, bastante controvertida. Para algunos, los cazadores somos matarifes, asesinos armados; para muchos, más de un millón, somos gente normal que no ha olvidado el contacto con la naturaleza… Nadie debería olvidar que la caza fue durante mucho tiempo la principal fuente de proteínas, origen del proceso evolutivo humano.

La sociedad de hoy en día, tiende a identificar las armas con la violencia y por eso, por norma general, es contraria a ciertas actividades que, según ella misma, se realizan de forma violenta, como la actividad cinegética o la tauromaquia, entre otras.

Antes, en las guerras sólo participaban los ejércitos, pero durante las dos guerras mundiales y las posteriores, la población civil fue partícipe de un modo implacable, pasando a ser actores y sufrir en sus carnes las consecuencias (valga como ejemplo Hiroshima), los enemigos saben que se hace más daño atacando a indefensos civiles, por lo que se consigue que la opinión pública sea contraria a esta violencia organizada y, por tanto, baja la moral de las fuerzas militares.

De ahí que se haya generado un rechazo visceral hacia la citada violencia y a la propia muerte, y en la caza –como en los toros–, se mata, razón suficiente para que pueda ser aborrecida.

La naturaleza es salvaje

Sin embargo, la muerte en la naturaleza está indisolublemente unida a la vida. Para que viva un predador, deben de existir un gran número de predados, que éste controlará eliminando a los más débiles. Se ha olvidado que vida y muerte, son el principio y el fin del mismo ser, todo lo que vive ha de morir.

La naturaleza es salvaje y dura, los carnívoros devoran a sus presas vivas, todos hemos visto escenas en las que los depredadores se comen a sus presas aún con vida, empezando por el estómago en el que se acumula la adrenalina.

wood grouseUno de los autores de ficción que más daño ha hecho a la caza es el americano Walt Disney, que tuvo la ‘feliz idea’ de ‘inventar’ animales con todas las singularidades de los humanos, confundiendo especialmente a una juventud urbana que asimila a Bambi con un niño –aún recuerdo, siendo muy niño, en el cine, la escena en la que aparece el padre del dichoso personaje y se me ocurrió decir: «¡Qué tiro tiene». Los demás niños que estaban cerca de mí se echaron a llorar– y a Baloo con un tipo divertido…

 

La realidad, que nada tiene que ver con esta absurda visión de la naturaleza, es otra: el oso se come a sus hijos en cuanto se descuida la osa, porque al dejar de amamantar saldrá en celo…

Las decisiones que afectan a la naturaleza se toman desde las ciudades, por habitantes que muy pocas veces han pisado esa misma naturaleza, y quieren proteger a los habitantes de las urbes, dando ‘dosis de campo’ en parques, jardines, zoológicos… entre otros.

Sin embargo, en el campo, los pueblos y aldeas donde viven la naturaleza, sí ven nacer a las crías y enviar al matadero a los padres; por eso la cacería es una actividad más del mundo rural, placentera para unos y necesaria para todos por el necesario control del medio natural.

Y en esta dicotomía radica parte del problema y su pésima gestión. La caza, debido a nuestro Código Civil, que proviene del Derecho Romano, está considerada Res nulius, es decir ‘cosa de nadie’ o que no es propiedad de nadie y es, precisamente por esto, por lo que la Administración (desde la ciudad) decide lo que se puede cazar, la cantidad de animales y cuándo, pero sin consultar a los que verdaderamente viven y gestionan la naturaleza. Es como si uno en sus tierras cultiva maíz pero la Administración decide cuántos kilos puede cosechar al año, independientemente de que el año sea propicio o no.

Con estas premisas llegamos al corazón del asunto. Tenemos que, en España, la caza la gestiona la Administración y no los propietarios de los terrenos en los que habita, que son los que la cuidan, alimentan, protegen y saben cuántos especímenes pueblan sus tierras.

Pongamos ejemplos

Algunos de los siguientes ejemplos son bastante significativos de la gestión que realiza la Administración.

• Se prohíbe la caza de urogallo y se consigue su casi extinción.

• Se prohíbe la caza de la avutarda y su número desciende drásticamente. En la zona de Trujillo, en época de cosecha, una persona iba delante de la cosechadora para desviarla en cuanto se veía un nido.

• Se prohíbe la caza del lince y, desde que Doñana está en manos de la Administración (con muchos millones de euros invertidos), disminuye drásticamente. En el otro lado, en Jaén, por iniciativa privada, aumentan las poblaciones. ¿El secreto…? hacer majanos y criar conejos, no hay que ir a Salamanca…

• Se prohíbe la caza del lobo al sur del Duero (debe de ser que no saben nadar) y ¡qué le pregunten a los ganaderos de Ávila y Segovia…! Eso sí, antes de reconocer que hay un problema con ‘el asesino del campo’, los funcionarios de la Administración crean la Patrulla Lobo para eliminarlos donde haya problemas.

• Como el número de rebecos a cazar depende de las hectáreas y no de la población que puebla nuestras montañas, resulta que ‘son escasos’, por lo que hay una superpoblación y llegan las enfermedades como la sarna, que los diezma (hoy extendida también a los corzos).

• En el Sueve (Asturias) hay superpoblación de gamos y se encargó a la guardería, con un sobrecoste económico importante, la eliminación de 1.000 ejemplares, que al módico precio de 100 € –hubiera habido ‘tortas’ por cazarlos– habrían generado unos ingresos directos de 100.000 €, además de ingresos indirectos a gasolineras, hoteles, bares, restaurantes…

• En la Sierra de Guadarrama, en Madrid, hay superpoblación de cabra hispánica, pero son capaces de cualquier cosa –incluso regalárselas a Francia– antes de intentar recuperar la inversión de la repoblación y vigilancia a través de la caza comercial.

• La única excepción, la que confirma la regla, es el oso, que, defendido por la Fundación Oso Pardo, ha conseguido que aumente su número hasta unas cifras superiores a las de los años 1962 y 1963 en los que se podía cazar. Hoy en día, en algunas zonas, se debería permitir la caza de algún ejemplar, por control de la población, que generaría unos ingresos importantísimos (en subasta pública superaría los 30.000 €) evitando la eliminación por parte de pastores y agricultores a los que no se les pagan los daños. Además, al tener valor económico, es la forma más eficaz de protegerlo de furtivos. Aunque lo más seguro es que, como en el Sueve o al sur del Duero, esta labor se encargue a la guardería renunciando a estos ingresos.

Atropellos y guardería

Caso aparte son los atropellos de la fauna en las carreteras, unos por la imprudencia de ir demasiado rápido en zonas de hábitat de la fauna silvestre, otros por intentar matar al animal con el coche y… todos con grandes daños y pérdidas de vidas humanas.

360 - Opinión (1)Pero aquí, curiosamente, la Administración, que es quien regula la fauna dando cupos y temporadas de caza, le pasa la patata caliente a los ciudadanos: antes al dueño del coto colindante y, ahora, a los conductores, olvidándose que los atropellos son producidos en una carretera o autovía propiedad del Estado, por tanto, y teniendo en cuenta que la caza es Res nulius, es su responsabilidad.

 

Otro punto interesante de esta gestión es la guardería. En los casos en los que depende de la Administración, su labor no deja de ser la de un mero funcionario, muchos sin pasión por la naturaleza y menos aún por la caza, y con horario de un funcionario, independientemente de a qué hora amanece y anochece, y con muy pocas ganas de evitar y enfrentarse a los dichosos furtivos.

Se ha llegado a absurdos tales como que, cuando hay que eliminar lobos en Asturias, se trae a la guardería de otras comunidades para hacerlo.

Por otro lado está la guardería privada, que realmente ama la naturaleza y sabe a qué hora tiene que estar en el monte. Aquí es interesante observar como la caza, como actividad, defiende a la naturaleza y a las especies cinegéticas de su mayor depredador: el furtivo.

Gestión privada

El espectacular aumento, en cantidad y calidad, de la caza y de la fauna es debido a la gestión privada, que la ha protegido, alimentado, facilitando zonas de siembra y aportando comida en los meses que escasea, y limpiado fuentes y construido charcas y bebederos para que tengan agua.

Siempre he dicho que en los lugares de España donde hay arbolado es porque durante generaciones distintas familias han dedicado tiempo y dinero a cuidarlo y defenderlo, luchando contra la especulación, con poca ayuda del Estado y, si el paraje es especialmente bonito, con la amenaza de convertirlo en parque o reserva, donde todo son inconvenientes, impedimentos, limitaciones y ninguna ventaja.

Por supuesto, sin compensar el lucro cesante y apuntándose la Administración el tanto de ‘proteger’ un espacio que ya lo estaba por la iniciativa privada.

Un predador…

Para la Administración la caza es un deporte, «recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre» (definición en el Diccionario de la RAE). Para los cazadores, sencillamente, se trata de un instinto primario del hombre, que está en sus genes, el instinto depredador, y el disfrute del contacto con la naturaleza.

muzzle of wolfEl hombre es, morfológicamente, por la posición frontal de sus ojos, un predador. Los animales predadores tienen los órganos visuales en el mismo plano para conseguir una visión con relieve y poder así evaluar las distancias y hacer más eficaz su ataque; en cambio, los animales presas los tienen dispuestos lateralmente para abarcar un mayor ángulo de visión, dominar más horizonte y descubrir los peligros a tiempo para huir de ellos.

 

El que sea un instinto explica la satisfacción que experimenta el ser humano en la acción cinegética, como tantos habitantes de las urbes que tienen sus dosis de naturaleza cada vez que salen al monte a cazar. Pero este instinto ha de estar condicionado por unas pautas para que toda cacería tenga una dimensión humana y ética. Usaré las de mi maestro en el mundo natural y en la caza, mi padre:

– El silvestrismo de las piezas es la justificación de la muerte en la caza, porque el animal salvaje es tan indómito que sólo se le puede aprehender con su muerte, pues prefiere ésta a la pérdida de su libertad.

– La incertidumbre es tan fundamental que, cuando la abundancia es mucha, el cazador modifica esa situación individualizando una sola presa entre todas, elevándola a único objeto de su persecución.

– La dificultad, por último, es la expresión del desafío que existe entre la inteligencia del hombre y las superiores condiciones físicas del animal; es la medida del esfuerzo que ha de vencer el cazador.

– El respeto por la presa es el fin último de la condición ética de la caza.

 

Por Rodrigo Moreno. Director de Cinegética.

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