Cazar en tiempos revueltos: ‘La amenaza de los popeyes’

Yo no sé a vosotros, pero la pegatina de Caza y Safaris de mi coche empieza a causarme pavor. No por la pegatina en sí, que me encanta, sino por el hecho de que identifica mi coche como el coche de un cazador… y a mí como cazadora. Si llevase un toro… sería, además, taurina, que lo soy, ¡menuda bomba de relojería!

Me explico: desde hace un tiempo acá, desde que las redes sociales han abierto las puertas del mundo de la libertad de expresión a un grupo de personas –que no encajan realmente con esta definición– insultantes, maleducadas, muy agresivas y violentas…, pues, sinceramente, siento cierto miedo.

No miedo de ser cazadora ni de exhibir que lo soy, tampoco miedo de que me rayen el coche, me pinchen las ruedas o me pongan de vuelta y media en Facebook; me molestaría, bastante, la verdad, pero no sentiría miedo. Cuando hablo de miedo es un miedo más parecido al caos o psicosis al que estas personas pueden llegar a inducirnos sin darnos cuenta. Pánico escénico de encontrarme en una gasolinera solitaria o en un aparcamiento poco concurrido con un individuo lleno de odio o un grupo de veganos, del tipo de ese que el otro día nos decía en las redes sociales “Cazador muerto, abono para su huerto”, que somos “repugnantes, basura”, de esos que constantemente nos desean sufrimiento y muerte. De esos que denunciamos con la mejor de las esperanzas, por derrochar odio y exponer amenazas.

Y es que presiento que esto se está yendo tantísimo de las manos, que algo, y no bueno, va a pasar.

Llegados a estos niveles que de sobra conocéis, me pregunto: ¿qué nos pasaría si ven una pegatina de caza o toros en nuestro auto, si llevamos en el espejo retrovisor algo relacionado con la caza, si bajamos del coche vestidos de cazadores? ¿Qué hará esta gente tan violenta con personas inferiores en número o fuerza? Y si vais con vuestros hijos, ¿tendrán que soportar insultos, palabras malsonantes o, incluso, alguna agresión?

Todos sabemos como somos los cazadores –no voy a ser más papista que el papa– y que dentro de nuestro gremio hay una gran diversidad, tanto en el respeto a los animales, a las piezas abatidas y al campo en general, como en publicaciones en redes sociales, en opiniones, en cultura, en fin, cada uno de su padre y de su madre, que a veces nos ayuda y las que más nos perjudica.

Pero para ellos, para los anticaza, no hay distinción, estamos todos en el mismo bombo, somos ‘’los anticristos”, sin valorar nuestros sentimientos y valores individuales, ni el respeto que algunos profesamos al campo y a los animales, sin saber que algunos sí comemos lo que cazamos… y sin recordar que Dios dijo: “Amarás al prójimo como a ti mismo”.

Y digo yo, sólo me imagino, ¡eh!, que a la interpretación del versículo se identificarán más con zorras, cerdos y astados… que con el resto de seres humanos.

En fin, es el momento de hacer piña y de cuidarnos las espaldas. No queda otra que intentar canalizar este temor y de pedir a Dios que no le pase nada a ningún compañer@.

Correré el riesgo…

Por Vanessa Barba

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