‘Caza, corbatas y batidas de jabalí’, por Michel Coya

Ya andaban los hombres primitivos liados con lo mismo, que si Altamira, que si Tito Bustillo… Allí donde hubiese un asentamiento no faltaba la pintura de turno, ¿y qué buscaban? Muy sencillo, suerte, lo mismo que seguimos buscando muchos de nosotros en la actualidad.

Quien más y quien menos tiene sus manías, que si una gorra, que si un cuchillo, que si una escopeta. Recuerdo la famosa navaja de mi hermano, una simple Vitorinox multiusos que andaba rodando por los bolsillos de la cuadrilla en cada cacería “¿Onde tienes la navalla?… Hoy llévola yo”. Reconozco en ello todo lo irracional que se quiera, pero admito al mismo tiempo que formo parte de ese grupo que ansía el amuleto y aparta para siempre esos otros que parecen atraer el fracaso.

Si leyó a Yebes tal vez recuerde su comentario sobre ese enfatizado ¡suerte! con el que despedimos al compañero que ha llegado a su postura. Decía él que había quien no lo soportaba, posiblemente interpretando en ello una llamada segura a la mala fortuna. El otro día unos amigos me regalaron una preciosa corbata con estampados de liebres a la carrera. Podrá parecerle casi ridículo, pero fue verla y ponérseme una sonrisa en la cara, seguro de saber que me traería caza la primera vez que la sacara al campo.

Y es que la manía se vuelve superlativa cuando se trata de monterías y batidas. Ser precisamente nuestro puesto aquel en el que rompa el jabalí, no me negará que, en muchas ocasiones, es sólo una cuestión de suerte. Todos conocemos a ese compañero al que le entra siempre caza, se ponga donde se ponga, otra cosa es después que la mate o no. Mire, en mi cuadrilla hay uno de esos suertudos, un chaval que llega por las mañanas bien peinado y oliendo a colonia a doscientos metros. Siempre la misma y, si se le acaba, según él, no tira. Luego, hay que reconocerlo, no se le va un jabalí, pero eso sí, muy bien perfumado siempre.

Y el caso es que me fui encorbatado a Liegos, a la Reserva de Riaño, después de sopesar diferentes posibilidades para el estreno. Cazando en la montaña jabalí a traílla no es el complemento más habitual en el atuendo, pero, yo a lo mío, aguando risas, tan seguro del éxito como el que lleva un as en la manga en una partida de póker.

Se iba acabando la echada de la tarde y la corbata no acababa de funcionar. Tocó entonces un sabueso un rastro en la peña más alta. Desencamó al cochino y, tras darle fuerte media hora, volvió a perderlo. Subieron entonces, como último recurso, dos monteros a meterle presión. Soltaron cuatro perros y, al momento, el levante. De la brega a mi puesto al menos un par de kilómetros y empezaron las emisoras a arder. Se fueron uniendo perros, grifones y sabuesos, aulladores y latidores, “¡Qué no se escape, es pequeño pero que no se escape, menuda paliza le está pegando a los perros!”, y empezó a acercarse esa música medieval, sobrecogedora, que es una ladra de rastro.

Cantan entonces los rifles a la vez que el cochino comienza a pasar delante de toda una armada, sacando chispas las ondas en precipitadas indicaciones “¡Al prado de la yegua blanca! ¡A media ladera, a media ladera!”, “¡Coya, que te entra!”, “¡Michel, enfrente!” y, de repente, lo veo cumplirme al puesto dispuesto a salirse por el portillo que ocupo. No me cabe duda, de haber existido entonces también nuestros antepasados se hubieran puesto esta corbata. ¡Viva la caza!

 

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