El turismo rural y su impacto en el agro, por Antonio Conde Bajén

«¿Qué hacemos? O los lobos matan el ganado, o recibimos denuncias de los turistas».

Comparativa con la caza

Una de las cosas buenas de cazar en zonas de España que no son la tuya es que te permite contactar con el paisanaje en pocos días. A diferencia de los turistas ‘ordinarios’, la compañía con los guardas durante días enteros te facilita largas conversaciones, en un ambiente de camaradería, de forma mucho más natural y espontánea que los que hacen senderismo o bicicleta. Los cazadores estamos más acostumbrados al trato con las personas del mundo rural, cuando no lo somos ya, aunque de otras zonas lejanas. La empatía es rápida y muchas veces profunda, no siendo en absoluto raro acabar siendo verdaderos amigos de nuestros guías y, con ellos, de personas de su entorno.

Hace poco estuve en Riaño y tuve interesantes conversaciones con estas personas. En una de ellas se abordó un tema que, siendo yo de Toledo, no me es en absoluto extraño; el sentimiento de invasión que sienten hacia el turismo. Comentaban que, con el aumento de los lobos, a los ganaderos les era obligado tener un buen número de mastines, pero que estaban llegando muchas quejas, porque se habían dado casos de ataques a paseantes. «¿Qué hacemos? O los lobos matan el ganado, o recibimos denuncias de los turistas».

Los turistas, se trate de turismo rural o urbano, pero sobre todo los primeros, suelen tener la sensación de que están produciendo una lluvia de dinero para el lugar que visitan, por lo que consideran justo exigir que se mejoren las condiciones que faciliten su actividad. Sin embargo ¿es esto cierto? Por regla general, no; en absoluto. El turismo rural suele beneficiar en exclusiva a la hostelería y, como mucho, a algunas empresas de servicios, del tipo de guías para avistamientos o alquiler de material. No es para despreciarlo, pero ¿implica ello que contribuye al mantenimiento del medio rural? Pues creo que de forma muy limitada y en beneficio de pocas personas y/o empresas que (estas últimas) podemos calificar de parásitas del agro y que, en buena manera, le perjudican en su funcionamiento. Me explico: los visitantes turistas del agro vienen atraídos por una concreta realidad, que nunca es virgen, sino resultado de una correcta y conservadora gestión de ese mismo agro. Los prados, las vacas, ovejas… Las cercas, casas y establos. Los caminos, los bosques… Todo eso es fruto de una gestión humana. Dicho de otro modo, los turistas no llegan a disfrutar de la obra de Dios recién parida, sino de la manufactura humana de la materia prima divina, en la que en nada contribuyen las empresas que dan esos servicios turísticos.

Los turistas, por otra parte, consideran que, como la vista no desgasta, su presencia es netamente positiva porque, por poco que se dejen (y suelen dejarse muy poco), es un beneficio neto. Pero no es cierto. Ya existen quejas sobre las puertas en caminos públicos, que molestan su deambular, pero permiten el aprovechamiento ganadero; sobre la existencia de perros, la ocupación de caminos por el ganado… De igual forma, protestan contra la práctica cinegética, porque les da miedo oír tiros en su entorno, o simplemente no les gusta esta actividad, tan del agro como la propia agricultura.

Por el simple hecho de su mayoría (porque los urbanitas son capaces de triplicar la existencia humana a poco que se muevan a zonas rurales), aunque esta sea muy limitada en el tiempo (apenas unas horas o días puntuales), los turistas urbanitas en el agro vienen presionando para que determinadas actividades rurales cesen o se limiten, siendo el ejemplo más claro en los parques nacionales. Ahora bien ¿en qué contribuyen para la conservación de ese agro? El dinero que se dejan en hostelería no va a precisamente a sufragar las actividades rurales, porque estos no mantienen los montes, ni limpian los prados, ni mantienen el ganado que, en su justa medida y sin mastines, les gusta ver. No sufragan los empleos que se pierden por las dificultades que su presencia impone. Es más, las empresas que dan los servicios que ellos requieren, muchas veces no tienen presencia permanente en el agro, porque les basta abrir en las temporadas o días de turismo. De ahí mi calificativo de ‘parásitas del agro’.

En las ciudades turísticas (mi ciudad, Toledo, lo es y mucho) lleva tiempo la idea de que el turismo no debe ser de tal intensidad que perjudique la vida de sus vecinos. La gran aglomeración de personas y vehículos hace muchas veces invivibles esas ciudades, de tal forma que acaban estableciéndose limitaciones de circulación. Y fíjense que en esas ciudades el turismo sí contribuye de forma directa a sufragar una buena parte del espacio físico que lo sustenta, como son los museos o monumentos. Pero incluso en estos casos, cuando lo que se visita es algo más que edificios o museos concretos (me refiero al espacio urbano histórico-artístico en el que estos se encuentran) lo que se plantea es que este turismo también sufrague (al menos en parte) las actuaciones necesarias para que, de alguna forma, se compense esa intensidad de uso. La razón es evidente y, poniendo como ejemplo a Toledo, lo entenderán: cada vecino del casco histórico que pueda abandonar este espacio por las molestias generadas por el turismo, implica una casa vacía más, un cliente menos para comercios o negocios no turísticos, una persona menos que ayuda a mantener, en forma de ciudad viva, a Toledo. Sin vecinos no hay ciudad porque, por mucho que se mantuvieran artificialmente los edificios, eso lo convertiría en un museo, en un artificio, en un fósil urbano al que habría que inventarle figurantes.

Desde el ecologismo se insta al mundo urbanita a reclamar, como un axioma, «la compatibilidad de ese turismo con las actividades tradicionales»

Pónganse ahora en el pellejo del hombre rural que recibe legiones de ciclistas, paseantes, moteros; casi todos con una cámara o teléfono para hacer fotos a todo lo que se menea o se queda estático ¿en qué contribuyen ellos a ayudar la vida diaria del campesino? Por ejemplo, exigen la desaparición o minimización de actividades que dicen perjudicar su disfrute, porque ellos quieren, en una o dos horas, ver animales sin moverse del todoterreno que les hace una tourné por ese espacio y eso requiere la existencia de un número de ejemplares incompatible con las prácticas agroforestales ¿Cuánto de su dinero revierte en los ganaderos afectados por el oso Gothiat? ¿Cuánto en aquellos que sufren el ataque de los lobos en sus rebaños?

Por el contrario, la caza contribuye a la economía de la zona, porque aporta de forma muy directa fondos económicos a un control de poblaciones que, en caso contrario, supondría un coste neto. Porque implica el mantenimiento y asentamiento de población rural (de los de 365 días al año, con casa abierta 12 meses y compra diaria a los pocos comercios de la zona). Porque una parte importante de lo que pagan va a las arcas municipales.

La caza, en fin, es el único turismo que aporta dinero a las arcas municipales, como también a las empresas agropecuarias. Es el único que compensa con creces a los propietarios el uso de sus terrenos, como también el único que exige que buena parte de lo que invierte se dedique a la conservación de lo disfrutado.

El fomento del turismo rural, no se engañen, no fomenta otra cosa que la satisfacción urbanita. Y si está obteniendo tanto apoyo institucional es porque los que lo disfrutan son más y votan más que los habitantes que lo sufren. Para los paisanos con dedicación agropecuaria, los turistas son una rara avis que pasa por sus zonas como si fueran el propio viento; si es poco hasta satisface, pero si es intenso hastía.

Desde el ecologismo se insta al mundo urbanita a reclamar, como un axioma, «la compatibilidad de ese turismo con las actividades tradicionales». Pero muchas veces lo hacen como primer escalón para atacar, entre otras, a esa parte tan importante de la actividad rural como es la caza. Empiecen en primer lugar, como hacemos los cazadores, a contribuir tanto y de forma tan directa en la economía rural, en el asentamiento poblacional, en las labores de conservación. No digo ya que lo superen; basta con que me lo igualen, que diría mi paisano Mota.

Por Antonio Conde Bajén

 

 

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