‘La novela más corta del mundo’, por M. J. Polvorilla

No sé si sabes, que la novela más corta del mundo es la siguiente:

Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. (Augusto Monterroso)

https://www.actualidadliteratura.com/desperto-dinosaurio-all/

 

Anda por el mundo una piara de locos, de gentes serenas y señeras, que no se rigen por las leyes de la vanidad. Y como una piara de dinosaurios, de extraños anclados a sus raíces, reman hacia el futuro sujetando el equipaje heredado de sus mayores. Quedan pocos de esos bichos jurásicos. Hoy en día abundan las subespecies de todo y todos, convirtiendo su existencia en la supeditación amarga de la especie común, bastarda, que como ovejas merinas, corrompidas de mosquera, corren y brincan siguiendo a la masa genérica. Sin criterio. Y el desarrollo del subdesarrollo lleva a que los de pura casta –los dinosaurios– estén condenados a la extinción. A que se hable de ellos como enigmas del pasado. A que, una vez colocados sobre pedestales, se les adule y admire, se sueñe con los tiempos en los que caminaron por nuestro mundo. Y se fotografíen sus fósiles, se escenifiquen sus costumbres y se hagan peluches simpáticos sobre su inexistente existencia. 

El dinosaurio, ese energúmeno raro que se rige por los instintos del alma, no sabe de traiciones y de lucros. Sabe de ilusión, de dar su mano firme y de ser fiel a una palabra dada, sea cual sea el precio a pagar. No se camufla con el entorno hostil creado en las ciudades. Ni quiere ni sabe. El dinosaurio sólo caza y se mueve en los lugares donde se siente él mismo. Se vuelve torpe y vago en esos escenarios donde los parásitos, los borregos y las razas híbridas encuentran escondrijo y soltura reptando sobre sus complejos y envidias. 

Uno de esos últimos fósiles vivientes tuvo la torpeza o valentía de enamorarse perdidamente de una hembra de igual casta, pero híbrida de pensamientos y, por tanto, condenada a lapidar también sus raíces. El bicho jurásico le mostró su mirada retrógrada, sus nerviosismos al ver un amanecer ilusionándose por la incertidumbre del qué pasará… Sus suspiros y calmas al serenar pulsaciones con la única escena de un sol herido de muerte. Mostró a aquella hembra que en el mundo, más que sobrevivir, hay que exprimir cada segundo para sacarle el jugo del disfrute. Que la nobleza no se demuestra con una partida genealógica y que del peor asno y la peor yegua puede salir un equino que haga historia. Aquella hembra, amigo, olvidó por un instante sus razones sociales, sus presiones familiares y su atracción mundana por los híbridos de los se rodea la masa. Pese a tener concertada fecha de enlace y un futuro medido y comedido con un urbanita, se dejó seducir por ese dinosaurio que una noche la secuestró para llevarla a galopar bajo la luna de marzo, esa que otea más cercana al planeta que ninguna otra… Y durmió entre sus garras ásperas y cariñosas…

Cuando se despertó de su sueño boreal y ese mundo tan irreal que ella había creado la azotó con su presencia, lo vio desnudo con la mirada perdida sonriendo al amanecer… El dinosaurio, por mucho que el mundo intente cambiarlo, seguía allí…

Por M. J. “Polvorilla”

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