El sistema de examen del cazador en Castilla-La Mancha: otro torpedo contra la caza

«Que no nos engañen. A la caza se la quiere o no, pero que no me venga nadie con alabanzas al tiempo que pone zancadillas».

 Últimamente a la caza le salen más novios que a la niña guapa del instituto. Si hace no tanto la actual presidente del partido en el gobierno (entonces ministra del ramo) se reía de los cazadores, motejándolos de ‘culata de marfil’ y anteayer la actual ministra de… algo así como ‘transición ecológica’, se convertía en martillo de herejes de caza y toros, hoy, cuando se ha demostrado por fin que la caza también vota, casi todos los partidos se suman al carro de las alabanzas a la actividad cinegética y se erigen en los mayores defensores de la venatoria, afirmando que los cochinos no votan a ningún partido concreto. ¡Claro que no! La caza no es de nadie, salvo de la caza. Otra cosa es que los que la practicamos seamos capaces, por fin, de distinguir entre los que nos quieren o nos odian.

Mal haremos los cazadores si nos dejamos cautivar por cantos de sirena, tan falsos como la mítica figura, medio carne, medio pescado. Desde siempre se ha dicho que «obras son amores y no buenas razones». Y a las obras me remito para enjuiciar las, ahora apresuradas, alabanzas a nuestra querida actividad.

Dejaré las discusiones mayores a los representantes cinegéticos; me refiero a las que se relacionan con nuestras reclamaciones sobre modificaciones normativas de primera categoría, que ya empiezan a ponerse sobre la mesa.«Dejad que ellos hagan las leyes; yo haré el reglamento», dijo hace mucho el conde de Romanones. Esto es lo que parece que han decidido los enemigos abiertos de la caza que, de forma más o menos encubierta, pululan por la Administración y la política. Los piojos y las pulgas no son fáciles de ver, pero pican. Y mientras lo hacen, mientras no se hagan visibles, los altos políticos que ahora se dan golpes en el pecho diciendo que defienden la caza, miran a otro lado. Ya se sabe eso de poner un cirio a Dios y otro al diablo…

Los enemigos de la caza no descansan y, aunque últimamente han ralentizado su reprise, son conscientes de que su objetivo es a medio/largo plazo. Llevan decenios en esto, por lo que no desesperarán por perder otros más. Lo suyo es sembrar, mientras que nosotros, sin darnos cuenta de ello, en vez de arrancar la mala hierba, nos limitamos a defender la parcela de cereal en que nos han rodeado, como último objetivo, como si fuese el castillo de Salvatierra, sobreviviendo heroicamente al asedio… hasta que fue tomado.

De igual forma que los nacionalismos pusieron su ficha de apuesta en el adoctrinamiento a las nuevas generaciones, como forma de impedir o limitar la incorporación de nuevas generaciones amantes de España, los anti caza llevan mucho tiempo poniendo palos en las ruedas de la incorporación de nuevos cazadores. Y quien no lo vea está ciego, o no quiere ver. Esta labor se puede hacer de forma callada y discreta, sin que implique grandes escándalos y reclamaciones, además de poder revestirse de falsas, pero vendibles, razones.

La imposición del examen del cazador se vendió por la necesidad de la seguridad en el uso de las armas, pese a que eso ya viene respaldado por los exámenes para obtener la licencia de armas. Poco a poco, de forma callada, sin algarabías, ya es una realidad. Faltaba una vuelta de tuerca; implantarlo de la forma mas obstruyente. Y así se ha hecho.

En Castilla-La Mancha se estableció este examen con unas muy complicadas pruebas sobre la normativa de caza, que aseguro que no podrían superar de improviso la mayoría de forestales y sepronas. Y el nivel de suspensos se hizo tan absolutamente insoportable, que por fin se elaboró una especie de manual que, de alguna forma, limitaba ese enorme contenido que conforman Ley y Reglamento de Caza. Menudo chasco se debieron llevar los anti caza (¡los que hay entre la Administración ambiental…!). Pero a los actuales piojos ya no los mata el vinagre (es una metáfora, claro) y son persistentes. La siguiente medida; limitar las convocatorias, de tres al año a sólo dos. Sus razones; que prácticamente no había solicitudes de exámenes.

Y tras este largo prólogo, entro en honduras. Hablemos de lo absurdo del actual sistema de exámenes de cazadores en Castilla-La Mancha, de cómo constituye una trampa, un sistema que persigue obstruir la llegada de nuevas generaciones.

Los números y estadísticas son tan reales como los parámetros con las que se los relaciona. Ya saben que si yo me como un pollo y mi vecino ninguno, la estadística dice que cada uno nos hemos comido medio pollo. Así, el argumento de la falta de solicitudes para ese examen, debe ponerse en relación con el número de personas que se examinan todos los meses en cada capital de provincia para obtener la licencia de armas. Se lo digo; 40 por examen y provincia. En Castilla-La Mancha casi siempre hay overbooking, de tal forma que muchas veces los aspirantes tiene que esperar dos y tres meses para poder realizar el examen. El porcentaje de aprobados ronda el 60%, como muy poco. La inmensa mayoría de estos examinandos quieren la licencia para obtener las licencias E o D (escopeta y rifle, respectivamente), lo que nos da cerca de 1.000 personas que pretenden incorporarse a la actividad cinegética. Sin duda lo hacen, porque en caso contrario perderían también la licencia de armas ¿Cómo lo hacen? Acudiendo al sistema de examen de otras regiones (mucho menos absurdos que los de la antigua Castilla La Nueva) y luego validar esas licencias con la de Castilla-La Mancha.

No es admisible un sistema de examen en el que haya dos convocatorias al año, en las que para apuntarse al examen haya a su vez que estar pendiente de leer el diario oficial y saber cuando se ha publicado la convocatoria, porque soy testigo de que en muchos casos, incluso cuando se llega a conocer que existe, ya ha pasado el plazo. No es admisible que un nuevo cazador pueda perder toda la temporada esperando el examen de marras. No es admisible que se alegue un número mínimo de examinandos, cuando de ello no depende la posibilidad de celebrarlo. Tampoco es admisible que el ‘temario’ de Castilla-La Mancha sea mucho más exigente que el de otras regiones (Aragón, por ejemplo). Como tampoco que se establezcan tasas insólitas, cuando se trata de cumplimentar un test, vigilado y corregido por los propios funcionarios en horario de trabajo (para que se hagan una idea, no son mucho más baratas que las del examen de armas, que cuentan con una parte práctica, con reserva de campo de tiro y asistencia de ambulancia y personal sanitario).

Que no nos engañen. A la caza se la quiere o no, pero que no me venga nadie con alabanzas al tiempo que pone zancadillas. Y empeñarse en entorpecer la existencia de nuevos cazadores es lo mismo que lanzar un torpedo por debajo de la línea de flotación y a la altura de la santa bárbara. Nadie puede decir (y nadie dice) que los cazadores de Aragón estén peor preparados que los de otras regiones y, sin embargo, el examen de Aragón se puede hacer on line, a cualquier hora del día, con una simple reserva por internet, facilitando la Administración un sistema de autenticación del examinando. Sus estudiantes no tienen el grave problema de trasladarse (otra vez más) a la capital, sin poder elegir con una mínima previsibilidad la fecha de examen (curiosamente, siempre coinciden con los exámenes lectivos ¡otra causalidad, mire usted que pena!). Y, si es posible en Aragón, ¿por qué no en Castilla-La Mancha? ¿Habrá que reconocer que la Administración de Aragón sí defiende y apoya a la caza y que la de Castilla no?

Para mí esto es una cuestión fundamental, porque para que haya caza tiene que haber especies cinegéticas y cazadores. Los anti caza se relamen cada vez que nos recuerdan que tenemos 200.000 licencias menos que hace 20 años. Y reconozco que tienen razón para ello. Nuestros hermanos taurinos no han admitido que se establecieran limitaciones a menores a la asistencia a corridas de toros, sabedores que eso era cortar la afición desde la raíz. Aprendamos de ellos, o ayudaremos a cavar la tumba de nuestra afición.

Un artículo de Antonio Conde Bajén

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