Y… nos olvidamos de cazar

Es lo que suele ocurrir con nosotros, los humanos, que tenemos un especial empeño en complicarlo todo. No nos basta con la complejidad que, a menudo, trae aparejada la circunstancia que nos condiciona: ¡necesitamos más!

La caza no deja de ser como la vida misma, que diría ‘el otro’. Es un vivir dentro de nuestra existencia, un modo de existir, una faceta –más o menos profunda y determinante, según de quien se trate– en el mosaico de nuestra humana condición.

No somos cazadores cuando nos calzamos las botas, nos ponemos canana y chaleco y echamos mano al arma, para dejar en suspenso tal estado al regresar a casa y volver a asumirlo cuando, de nuevo, toque. ¡No!, la caza es parte de la naturaleza del hombre, no una actitud de la que se prescinde, o no, a nuestro antojo y, como tal, debe de ser considerada.

Es, por lo dicho, más grave y preocupante el hecho de permitir –dejar que suceda– desafortunadas injerencias que, de modo irremediable, terminan por prostituir la pasión que nos mueve.

Sabemos que la norma que regula nuestra convivencia –la ley– es un mal menor –no tanto, pero… bueno–, aunque necesario. Sabemos –debiéramos saber– que nuestra libertad se acaba donde comienza la del vecino. Sabemos –¡ojalá!– que la educación y el respeto a los demás son unas de las condiciones que nos separan de las bestias. Pero también debiéramos saber que hay incompatibilidades sustanciales: el agua no se mezclará, de modo homogéneo, con el aceite, por muchas vueltas de cuchara que demos en la perola que las contiene.

Deberíamos ser capaces de saber discernir qué es lo que ayuda a la caza y qué es lo que, con esa apariencia, pero muy otra intención, la hiere de gravedad. Las debilidades que nos caracterizan: vanidad, soberbia, avaricia o envidia, no son compañeros deseables para ningún rececho. Si cargamos con ellas en el morral, el inevitable resultado de la cacería será la oscuridad, la mentira, el odio y el fracaso.

Es propio de nuestra especie –aparte de la supina estupidez, siempre presente– confundir churras con merinas, libertad con libertinaje o, simplemente, butifarra blanca de Lérida con velocidad. Por un, al parecer, irrefrenable impulso de egocentrismo suicida, los humanos olvidamos, con pasmosa facilidad, por qué hacemos lo que estamos haciendo, para qué estamos donde nos hemos querido colocar, o hacia dónde decimos que va nuestra intención y a qué lugar se dirige, en realidad.

La habitual consecuencia, grave, de esta esquizofrenia adquirida es que, aunque la practiquen unos pocos, perjudica a muchos. Y, esto, no es de recibo.

nos enseña el refranero español –fuente inagotable de sabiduría, ¡de la buena!– que «A perro flaco, todo son pulgas». La situación por la que atraviesa la caza no es de hambre: le faltan un par de puntos para alcanzar la inanición.

En España, tierra de quijotes y de imbéciles, la costumbre al uso sigue siendo mirarnos el ombligo, deleitarnos en ello y, para colmo de presuntuosos males, pensarnos que ese feo agujero, a menudo cubierto de pelos muy feos –señoras y señoritas, al margen–, es único y, además, ¡hermoso…!

Esto se tiene que acabar. Vamos a tener, todos, que tomar parte y acción en un asunto que no hace más que causar daño, que merma las escasas fuerzas con las que contamos y que nos priva del único recurso que nos garantiza el futuro: la unión.
Y es que, muy apreciados cazadores, cuando las aguas bajan revueltas, estamos en lo que no debiéramos y nos podemos olvidar hasta de cazar.

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