Cascapoco y Cabezapájaro

Calores no hace… Bulle la tierra. Está el campo socarrao del estío. Los huecos del día son tan calurosos como serenos, porque no se mueven más que las colas de los caballos quitándose los parásitos, mientras las ovejas se acarran debajo de alguna encina para formar una melé en toda regla y evitar los moscones que todo perturban.

Anda la collera de pícaros mirando las alambradas que dan al Barranco del Lobo. Alejo, alias Cabezapájaro, disimula paseando el garrote como si no llevara en el zurrón más idea que la de pasear a las cabras buscando la Fuente de la Madroña. Como pastor es bueno, como hablador, nulo, puesto que usa poco la voz y mal se le entiende. Es duro como un chinato. Cabezón cuando se le mete algo en la sesera… Cargado de hombros y corto de pies. Se ha cruzado una mirada con Demetrio Sancho, vecino del pueblo y amigo de escopeta, vaquero enamorado de sus animales, que regenta una punta de avileñas a las que tiene por semental a Gitano, charolés soberbio, que le ha cagado la mosca en la breva y ahora no puede pisar. Anda Demetrio más cabreado que un muchacho que ha encajado el balón en la casa del vecino cascarrabias. Demetrio es hombre de campo, bastante hablador, por ello todos le conocen como Cascapoco.

Total, que se han cruzado un par de miradas desde el umbral de sus casas, mientras sus mujeres, que no se hablan por un asunto de hembras, tejen sus entrehilos sentadas en una silla de mimbre, en la puerta de sus casas. Cabezapájaro se ha encendido un celta para ver el aire… La luna sale tarde. Pero tarde sale también la caza…. Y pese a que las despensas están llenas de una ternera que se tronchó una pata y la tienen en adobo, la afición es la afición. Se miran, se hacen un gesto y con las espingardas al hombro que van a lo callao

Total, ¿para qué separarse? Si ellos van de caza por estar juntos. Porque el que habla mucho, habla menos. Y el que no habla, pues no habla nada. Y prismáticos al hombro han visto una piara cerca del alcornocal. Se han metido con ella. El grupo, siempre revoltoso, permite camuflar los gruñidos y carreras con los pasos serpenteantes entre las sombras, pisando siempre lo fresco del arroyo para no marcar los pasos. Y a cuarenta pasos que se han apostado. Los examinan. Va un verraquete de cinco arrobas. “Bah, ¿pa qué? Dejemos que eche más edad, que salud lleva una poca…”.

Una partida de venados acostados en el avenal. Dos grandes… Pero ahora no es su tiempo. No olvidemos que están de estraperlo. Pero ni de estraperlo ni de legal, aquí se viene a cazar, no a hacer daño…

Otro verraquete. Esta vez, solo. Le entran y él se les arrima. Se cruzan miradas para ver quién lo tira… Se animan a hacerlo el uno al otro, pero, asimismo, niegan participar. No, yo no… Tíralo tú… Y el marrano se va… ¿Pero aquí a qué carajos hemos venido?

Ya de retirada, a punto de sentir despuntar el día, un cochino de buen porte masca avenas amparado por la sombra de un alcornoque. No se mueve apenas. Es un gran guarro. “Vámonos, Cabezapájaro”, y el aludido le dio un codazo a su compadre no escondiendo su enfado al oír el mote con el que le tienen bautizado. 

El aire está sereno, aunque, como siempre, vuela regato abajo. Tienen pocas opciones, las comentan, pero la mejor parece ser esperar, con el inconveniente de que el día está al llegar y, con él, la luz… Y con la luz se les puede ver. Hay que entrarle y que salga el sol por Antequera… “Vámonos, Cascapoco”, le dice el otro al uno recibiendo el mismo comportamiento de cabreo.

Se meten, el guarro no se separa de la sombra, se meten más, lo apuntan, no se le ve. Tíralo tú, no tíralo tú…. Se esfuma.

Ya de vuelta al pueblo, tomando café actuando como si nada hubiera ocurrido, le susurra Cascapoco a su colega Cabezapájaro: “¿Ave, y pa qué carajos vamos a ir de caza si ya no nos vaga ni tirar? Ni una poca carne para acompañar el ajoblanco…”.

El aludido, apurando el café con el obligado aliño de J&B, le mira a los ojos y le suelta: “Cazar, no cazamos… pero estuvimos cazando”.

Deja un comentario