Algo se muere en el alma…

Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va… Y tanto. Porque, en esta vereda que llamamos vida, pasan por ella muchos que se llevan todo nuestro entusiasmo momentáneo. Otros tantos lo hacen de puntillas, pero pasan, y comparten episodios divertidos, melosos o cotidianos. Y otros siempre están allí, en la sombra y reciben un homenaje en muerte, que habían de recibir en vida.

Lleva dos días sola, apartada del resto, sabiendo lo que todos sabíamos. Cometa, española de pura raza, lleva un tercio de siglo por El Zumajo, ya que llegó de potra con pocos días y desde entonces no se ha separado de aquellas sierras bravías. Siempre tuvo genio, carácter y excesiva nobleza. Torda oscura primero, rodada después y blanca en su recta final. Grande de talla. Fuerte de suelos y culatas. Pisaba con garbo. Meneaba el mosquero. No corría, volaba. ¡Qué gran animal…!

No olvidaré cuando se ‘enjaró’ en la Solana de los Canalizos y casi queda tullida. A base de baños con alcohol en su mano herida pudimos expulsar la esquirla de monte que casi la invalida. No hubiera servido como madre, ya que la sierra no le concedió el privilegio de parir.

Soltamos en la Solana del Morro de los Corchuelos, como siempre. Soltamos con más ilusión que nunca. Cazamos toda la Corrida del Marqués, la Garganta del Molino, los bordes del Matón del Buitre, el Poyar de Zorolla… Y yo iba más contento que nunca, pues tenía pocos años y mucha ilusión de montear a caballo. Iba sobre Cometa, experta en la materia, herida por mil derrotes del monte. Cometa sabía entrar a los agarres, imponerse sobre los perros y galopar veloz para meter un venado en un puesto. Parado en el alto de los Cuarterones la yegua horquilla orejas y se gira violenta hacia la Hoya de los Chozos… La dejé hacer, a galope tendido por un camino. Sabía que me llevaba a la Gloria. Mientras volaba, amparado por un montarral comencé a escuchar lo que ella llevaba oyendo un rato: el agarre de mi primer cochino a cuchillo en solitario. Se paró a unos metros, bajé de un salto. Ella se quedó quieta y con la mirada me dijo: “¡Ahí lo tienes!”. Los perros me conocían y se crecieron ante un cochinete que pintaba maneras. Lo vi hacer mil veces y lo hice otras tantas con ayuda. Saqué mi cuchillo de monte y, entrando por atrás, me subí a él para ajusticiarlo. Calmados los ánimos, cogí la yegua y subí al cochino sobre la perilla con no pocos esfuerzos. Llegué al puesto más próximo que me fotografió y aplaudió la hazaña de caballo, jinete y canes. De pronto, toda la mano de los perreros la vitorearon; sentí vibrar sus costados, menear su mosquero más zalamero que nunca y ella sintió vibrar mi corazón. Tenía dieciséis años y me acababan de regalar el mejor momento de mi vida.

Querida amiga, entraste en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en repetidas marchas con muchos de nosotros, nos enseñaste a cabalgar sobre tu lomo y a montear. Corrí cochinos en los rasos de mi infancia, paseamos bajo la luna… Hemos vivido tanto contigo… y no hablo de mí, sino de toda mi gente.  No podemos menos que agradecértelo ante todos los hombres.

Te encontré al atardecer, mientras la luna salía por el horizonte. Fuiste al Alcornocal de la Gargantilla donde se divisan bien tus dominios. Junto al agua, amparada por un buen alcornoque, te echaste a dormir para descansar por siempre… Me acerqué a acariciarte por última vez. Palpé tus carnes prietas y sanas, pues aunque habías muerto de forma natural, tu final fue lustroso, lleno de vida y color, en un lugar fresco y hermoso, amparado por la luna de agosto, y en tu casa, más tuya que de nadie… En silencio no pude evitar rezarle a Dios para agradecerle los momentos contigo vividos, el haber podido subir a mis sobrinas sobre tu lomo, a tanta gente que quiero y que contigo tomó prestada la libertad.

¡Qué Dios te tenga en la gloria de los caballos, que es, sin duda, la que soñamos los hombres! ¡Gracias por tantos momentos, querida Cometa!

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