Candelita

Mi amigo Candelita, menuda joya. Eso es para que te toque. Como el Gordo de Navidad, como el guarro de la montería o como la maciza del bar. Candelita, como su nombre indica, está más caliente que las puertas del infierno. Menudo en talla, hasta regordete, vacilón, tocapelotas profesional, se sabe todos los chistes del mundo y todos los títulos de las películas de dos rombos. Candelita, en una reunión de personajes, se le conoce como a un japonés en una plaza de toros. Candelita, para que entiendan, es un libido con patas. Y no hay más.

El caso es que el granuja, el muy truhán, hasta se atreve con una guitarra española e hilar unas canciones. Todo lo hace para llevarse al huerto a alguna gabatona. Qué arte tiene Candelita. Es un artista hasta cuando está dormido. Como él no hay par.

Tiene su público el galán. El pendejo sabe andar a siente bandas. Es como un lebrato encamado que no cierra el ojo ni para dormir. Y con dos manos, dos pies y una guitarra. Candelita es capaz de vadear nueve regatos a la vez y sin calarse.
Eso sí, algún resbalón ha pegado. Y más de una vez se ha dejado los pelos en la gatera. Apura. Apura dos palmos más allá que cualquiera. Y muy de vez en cuando, se entalla los dedos como un gándano novato en un cepo nuevo.
Qué arte tiene. Con copas o sin ellas. Con gorra o descubierto. Disfrazado o en pelotas. Candelita es un fuera de serie y anda encebollado con una lagarta de buena cuna, además de mona y de lista, pisa fuerte cuando habla y habla segura cuando camina. Menuda jaca. Y el pinganillo éste se ha encaprichado de ella.
     –A ésta le echo yo el aparejo, como que me llamo Candelita. Aunque me cueste la salud.
Total que un amigo tiene intención de montar una fiesta en el campo con las aguas de septiembre, cuando el calor ya no aprieta, a eso de la postura del sol. El festejo va con camareros, pincha discos y cena. Una fiesta de una vez. Juerga de tacones y colonias, nada de improvisaciones. Candelita se ha ofrecido a ayudar al anfitrión desde por la mañana, y allí que ha aparecido a hacer que hace algo, pero con la idea más clara que una zorra en un gallinero. Porque se escabulló con el Land Rover, de Higinio, el guarda, argumentando que iba a por unos ramos de romero para adornar las mesas. Como conoce la finca de cabo a rabo preparó el escenario estudiado en una torreta que da vista al valle de Caña Traviesa. Un taburete con una guitarra, un ramo de monte de romero, poleos, tomillos y brezo rojo. Y una vela grande sobre la mesa. La enciende y se esfuma al festejo.
Llega el personal. Copas, aperitivos, cantes. Y la gabatona más acicalada que una jaca en la feria de Jerez. Y Candelita que pasa de ella, pero no la pierde de vista. Y cuando la noche avanza se arrima, la ronea, dos tonterías. Qué golfo eres, se lo dices a todas. Qué no, tonta, que es sólo a ti. Que no te creo. Que te lo demuestro. Y se la lleva a la sierra en penumbra, prometiéndole una sorpresa.
Llegaron a la torreta, la luna brillando. La sierra entera en berrea. Una vela medio encendida iluminando el interior del cuartillo donde descansaba una guitarra española. Y Candelita allí le trazó unos poemas acariciando las cuerdas del palosanto. Y la noche voló.
Me lo confesó años después.
     –A ver, Candelita, pero ¿finalmente, cayó o no cayó la gabatona?
     –Mira, compadre, te voy a decir la verdad: aquella noche, no. ¡Pero si ésa te cuesta un año de picadero a mí sólo me costó mes y medio de cabestro!
     –¡Candelita eres un romántico!
     –No, compadre, un tío eficaz.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.