El cantadero

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El cantadero
Por Carlos Enrique López

Cantadero,  es el lugar elegido por los machos de muchas especies, para lanzar al viento la fiereza de su canto, retando a otros machos al desafío. El sitio desde donde desarrollan el mejor repertorio de sus notas para iniciar la conquista de sus hembras, o el púlpito desde el que declaran su intención de defender aquel entorno de la presencia de intrusos. En definitiva el espacio desde el que dejarán constancia de su presencia.  Por eso y porque desde aquí daré ‘el cante’ a mas de cuatro, he querido titular de este modo mi columna.
Desde el agradecimiento y el respeto que me inspiran todos los que en algún momento han dedicado unos minutos de su vida a leerme, comienzo mi andadura por estas páginas en las que sin duda generaré controversia con algunas de mis opiniones, y con otras, afectos inquebrantables. Espero que sean más de los últimos. Es difícil pensar como a todos les gustaría, del mismo modo que difícil es no contaminarse de opiniones de los ambientes más frecuentados. Mi ambiente es el de los cazadores, el de los aficionados al campo, la reunión de los que siembran para recoger, la del grupo donde el cazador ya no ejerce como depredador, sino como gestor equilibrado del medio natural. 
Aprendí a cazar cogido de la mano de mi padre, al que rindo un homenaje con cada letra que escribo. No era un gran cazador, pero era un enorme aficionado. La importancia de sus lecciones en el campo, no estribaba en hacerme mejor conocedor de las piezas de caza o de la forma de abatirlas, eso era secundario y ya lo aprendería más adelante, su máxima preocupación era hacer de mí una buena persona, respetuoso con el medio, con las piezas y con los rivales. Muchos de los que me conocen piensan que lo consiguió.
A estas alturas, con abundancia de canas y de recuerdos, son muchas las conclusiones a las que he llegado a través de la experiencia. Una de las principales, posiblemente, sea mi convencimiento de que la caza no es sólo un fenómeno social, no es únicamente una afición, no es un deporte. La Caza, además de ser una actividad que genera fuentes de ingresos, que origina turismo deportivo, que ofrece jornales en sitios muy necesitados de ellos y que todavía está por descubrir por muchos que la ignoran, es una actividad donde se puede disfrutar enormemente de la relación con los hijos y con los padres.
 LA CAZA, con mayúsculas, en cualquiera de sus modalidades, propicia el dialogo, la referencia , el recuerdo unido al lance que luego se comparte, reunidos en la misma mesa.
En los tiempos que corren, y que corren mucho, somos víctimas de la falta de tiempo. No tenemos ocasión de encontrarnos con nuestros hijos,  de establecer un dialogo con ellos lo suficientemente extenso como para que sea satisfactorio. Las pocas horas que nos vemos, nuestro tema de conversación serán los estudios, las notas, la presión. Y nuestra mayor preocupación las compañías, los problemas que pueden generarse con las nuevas amistades, la falta de respeto, la falta de camaradería entre los propios compañeros, y las horas de regreso a casa.
Por esta razón, analizando lo que mi padre había hecho conmigo, empecé a ver La Caza, como un espacio ideal para entablar una relación de amistad, de camaradería y de compañerismo con mis hijos. El tiempo de desplazamiento al cazadero nos permitía hablar de cualquier tema. Después de la jornada, reunidos en torno a una mesa, o a una piedra, compartimos viandas, vivencias y anécdotas. Reímos y disfrutamos juntos. Les enseño valores fundamentales utilizando la caza como instrumento, y adaptando a cada etapa de su vida, las jornadas cinegéticas y los horarios. Han aprendido a madrugar para disfrutar de los amaneceres, y ahora tienen muy claro que no se puede estar tomando alcohol a las cuatro de la madrugada, si a las seis hay que estar  camino del cazadero. La Caza me ha servido para establecer lazos de unión con mis hijos, que no habría logrado –creo– alrededor de cualquier otra afición.  Por esta razón y otras muchas me siento orgulloso de ser cazador, de haber sabido administrar la herencia que recibí de mi padre, para compartirla con mis hijos y de intentar desde cada columna que escribo transmitir lo hermosas que pueden ser las jornadas cinegéticas y todo lo que las rodea. Incluido el espacio ideal para disfrutar de una relación más cercana con los hijos. Pruébenlo y luego me comentan.


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