La escopeta debe adaptarse al cazador, no el cazador a la escopeta

Ahora, cuarenta y seis años y unas cuantas escopetas después de mi primera tórtola, me he enterado de que hay especialistas en adaptar las escopetas a sus propietarios, como el que te arregla el traje después de un año de gimnasio y te lo deja como un guante. A lo del traje me llevó mi mujer después de que pasara de una talla cincuenta y cuatro de pantalón (algo de barriguilla) a la cuarenta y seis en la que intento mantenerme a base de gimnasio y enfrentamiento moral con los sindicatos de Cruzcampo y Mahou (esto último, con harto dolor de mi corazón, por cierto).

A enterarme de que las escopetas se pueden adaptar como los trajes me llevó la casualidad, y es algo que me ha parecido tan importante que me creo en la obligación de compartirlo con mis amigos y lectores (que no siempre es lo mismo).

Ando en gestiones para organizar algunas tiradas en el Campo de Tiro ‘Las Piedras’, de Linares. Cosas puntuales para grupos de no más de seis o siete amigos, donde poder tirar en una mañana dos mil quinientos o tres mil tiros, simultaneados entre caza viva y platos de ojeo, refrendados con una comida de Ésas que quitan el ‘sentío’, con vajilla cartujana y camarero con pajarita. Vamos, un festival del que ya os informaré más adelante.

El caso es que, visitando el campo, he conocido a su maestro de tiro. Iba a decir monitor, pero tengo que rendirme a la evidencia. Antonio Marín es ‘maestro de tiro’. Además de ser subcampeón de Europa en categoría superveteranos, este hombre, que ama el tiro, es un estudioso de las armas, de sus características y de la necesidad de adaptarlas al tirador para que la simbiosis sea perfecta.

Me presenté en ‘Las Piedras’ y le comenté que quería tirar unos platos con una escopeta nueva a la que quiero adaptarme antes de salir a cazar. Antonio me miró con gesto casi compasivo y me dijo claramente: “No es el cazador el que tiene que adaptarse al arma; la escopeta hay que adaptarla al tirador. ¿Te imaginas que si te quedan cortas las mangas de un traje, el sastre te dijera que la solución es que encojas los brazos? Pues la escopeta es igual. Todas salen de fábrica, salvo excepciones, con una medida estándar y cada tirador tiene una constitución diferente. Con un diagnostico adecuado y una intervención precisa, la escopeta se te quedará como un guante, a medida”.

Mi primera impresión fue de escepticismo, así que le dije que me lanzara una serie de prueba y que se quedara conmigo para verme tirar.  Después de los diez primeros platos, me dijo: “Si hubiera un cerro delante, ¡tampoco le dabas!”.  Terminada la serie, me enfrenté a un doloroso once de veinticinco, a pesar de haber mejorado mucho, después de seguir las indicaciones del maestro de subir la guardia y levantar el tiro.

Cuando entré en la cancha, llevaba en mis manos una preciosa escopeta de caza, paralela con selector de tiro en la que había invertido mil trescientos euros, con un diseño precioso y que me parecía una ganga. Cuando salí de allí, llevaba en las manos un ‘puñao’ de madera y hierro por el que había pagado el disparate de mil trescientos euros.

Antonio, viendo mi cara de circunstancias, me llevó a su despacho y me enseñó una máquina (única en España), con la que nos midió a mí y a la escopeta.  Tengo que decir que alucinaba con el aparatito, pero mi anfitrión y la seguridad con la que evolucionaba me daban una gran confianza.

Terminado su trabajo, me indicó que, para mi forma de encarar, el largo de mis brazos y mi ojo director, era necesario aumentar un poquito la ventaja de la escopeta y adaptarle un montecarlo, además de quebrar un poco el arma. “Antonio, ¿cuánto…?”.

Siete días y ciento cincuenta euros después, volví por la cancha. En la primera serie, veintitrés de veinticinco. ¡Asombroso! Pero aún era más sorprendente que el golpeo del arma por efecto del retroceso había disminuido en un cincuenta por ciento. La satisfacción por los platos rotos era grande, pero era mayor por sentir que mi escopeta ¡se adaptaba a mí! Antonio me explicó que, al modificar el encare, el arma se adaptaba a mi hombro perfectamente y eso eliminaba la sensación del golpe del retroceso.

El domingo, de siete conejos que tiré, sólo uno ‘me robó la cartera’, pero ése sabía de escopetas más que Antonio.

 

 

 

 

 

 

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